
Sin duda no todos los que nacimos con esta ventaja, natural y llamativa, concluimos en pensar los mismo acerca del goce que provocaba subirse a los árboles; para el resto de los camaradas fue tan sólo una etapa en sus vidas, una rutina viciosa y la larga aburrida. En el parque la mayor atracción era el “Árbol negro”, oscuro en sus ramas y hojas que simbolizaban una presencia misteriosa en toda su frondosidad. Sin creer demasiado en esto, permanecía sentado toda la tarde en sus ramas, y más que nada compartía esa experiencia con amigos porque inusualmente el árbol se encontraba vacío; entonces nuestros horarios de subida comenzaron a toparse diariamente.
No sé hasta que punto habrá influido la ausencia de mujeres en el desarrollo de nuestra imaginación. Habiendo tantos hombres en el barrio era raro sentirse solo en el parque; sino eran los partidos en la cancha eran las luchas insostenibles en los césped. Durante las noches los más grandes se quedaban tan sólo para conversar, otros parecían callar hasta el otro día; y esto no reflejaba el más mínimo aburrimiento, ni siquiera la ausencia de una chiquilla a la vista. Los Malandras fueron los primeros en romper con estas ingenuas suposiciones; tardes enteras solían encaramarse al árbol negro y ya las risas no eran solamente masculinas. Habían profanado nuestro espacio de goce y juego. No había forma de impedírselos, eran los Malandras, los más temibles del barrio.
A mí y a mis amigos nos llamaban los Pajenrys. Así éramos conocidos por todos los vecinos, y ninguno de nosotros se escapaba de ser reconocido como tal. Para mí fue difícil desligarme de ese nombre por mucho tiempo, ya que había días en que la necesidad de subirse a la copa de un árbol y disfrutar del viento en la cara era tan inmensa, que corría velozmente, sin la compañía de los Pajenrys, hacia el árbol negro. Las malas caras y las bromas que no entendía, de un momento a otro me convirtieron en el mayor de los Pajenrys, una especie de líder de las avecillas que pasaban la tarde encumbrados en las ramas de los árboles. Así comencé a ser excluido de todos los juegos de mis camaradas, que secretamente se reunían para disfrutar de sus rituales personales, y que según ellos, yo disfrutaba a mi manera.
Vagué solitariamente por las ramas, hasta conocer alturas inimaginables. Me di cuenta que la atracción del árbol negro era tal, que había adeptos de muchos lugares; en esa mítica soledad reconocí a varios compañeros de curso, todos buscaban al famoso árbol. Decían que a veces se podía estar horas en las ramas con el viento en la cara y que no llegaba a molestar ningún otro angustiado. Ni con ellos pude compartir, seguía excluido por mis actitudes infantiles, porque eso era lo que más les perjudicaba, que fuera un niño jugando a cosas de grandes adolescentes. No comprendí sus razones, puesto que para mí el “árbol negro” lo era todo y sentarme en sus ramas era una experiencia única, aún cuando la gente hablara de cosas incomprensibles. “Juventud prematura y degenerada”, tales palabras provocaban estupor en mí; “acto natural, pero pecado”, palabras que mi oído grababa, pero que mi cabeza no comprendía.
Y quizás pensé que en realidad ser un Pajenrys, no era lo mismo cuando se subía a un árbol común, que cuando uno se encaramaba al “árbol negro”. La oscuridad de su frondosidad siempre ocultó bien las malas enseñanzas; y la ignorancia supo sacar los peores juicios de las personas. Por estos días subirse a ese árbol ya no significa ningún goce para Malandras y Pajenrys, porque quizás perdieron la grandeza de la imaginación, y tan sólo fue una lejana época.

