lunes, 31 de diciembre de 2007

Árbol


Por estos días subirse a los árboles ya no significa ningún goce para los Malandras y los Pajenrys. Para mí sigue siendo la misma experiencia de tiempo atrás; a veces paso horas mirando el horizonte entre las ramas y las hojas y sólo bajo para comer y dormir por las noches. Desde niño descubrí el placer de las alturas, la sensación volátil de un pájaro que observa apoyado desde su nido, los seres que incursionan en su ambiente. Sentir esa particular libertad es aún mayor cuando se vive frente a un parque lleno de todo tipo de árboles.
Sin duda no todos los que nacimos con esta ventaja, natural y llamativa, concluimos en pensar los mismo acerca del goce que provocaba subirse a los árboles; para el resto de los camaradas fue tan sólo una etapa en sus vidas, una rutina viciosa y la larga aburrida. En el parque la mayor atracción era el “Árbol negro”, oscuro en sus ramas y hojas que simbolizaban una presencia misteriosa en toda su frondosidad. Sin creer demasiado en esto, permanecía sentado toda la tarde en sus ramas, y más que nada compartía esa experiencia con amigos porque inusualmente el árbol se encontraba vacío; entonces nuestros horarios de subida comenzaron a toparse diariamente.
No sé hasta que punto habrá influido la ausencia de mujeres en el desarrollo de nuestra imaginación. Habiendo tantos hombres en el barrio era raro sentirse solo en el parque; sino eran los partidos en la cancha eran las luchas insostenibles en los césped. Durante las noches los más grandes se quedaban tan sólo para conversar, otros parecían callar hasta el otro día; y esto no reflejaba el más mínimo aburrimiento, ni siquiera la ausencia de una chiquilla a la vista. Los Malandras fueron los primeros en romper con estas ingenuas suposiciones; tardes enteras solían encaramarse al árbol negro y ya las risas no eran solamente masculinas. Habían profanado nuestro espacio de goce y juego. No había forma de impedírselos, eran los Malandras, los más temibles del barrio.
A mí y a mis amigos nos llamaban los Pajenrys. Así éramos conocidos por todos los vecinos, y ninguno de nosotros se escapaba de ser reconocido como tal. Para mí fue difícil desligarme de ese nombre por mucho tiempo, ya que había días en que la necesidad de subirse a la copa de un árbol y disfrutar del viento en la cara era tan inmensa, que corría velozmente, sin la compañía de los Pajenrys, hacia el árbol negro. Las malas caras y las bromas que no entendía, de un momento a otro me convirtieron en el mayor de los Pajenrys, una especie de líder de las avecillas que pasaban la tarde encumbrados en las ramas de los árboles. Así comencé a ser excluido de todos los juegos de mis camaradas, que secretamente se reunían para disfrutar de sus rituales personales, y que según ellos, yo disfrutaba a mi manera.
Vagué solitariamente por las ramas, hasta conocer alturas inimaginables. Me di cuenta que la atracción del árbol negro era tal, que había adeptos de muchos lugares; en esa mítica soledad reconocí a varios compañeros de curso, todos buscaban al famoso árbol. Decían que a veces se podía estar horas en las ramas con el viento en la cara y que no llegaba a molestar ningún otro angustiado. Ni con ellos pude compartir, seguía excluido por mis actitudes infantiles, porque eso era lo que más les perjudicaba, que fuera un niño jugando a cosas de grandes adolescentes. No comprendí sus razones, puesto que para mí el “árbol negro” lo era todo y sentarme en sus ramas era una experiencia única, aún cuando la gente hablara de cosas incomprensibles. “Juventud prematura y degenerada”, tales palabras provocaban estupor en mí; “acto natural, pero pecado”, palabras que mi oído grababa, pero que mi cabeza no comprendía.
Y quizás pensé que en realidad ser un Pajenrys, no era lo mismo cuando se subía a un árbol común, que cuando uno se encaramaba al “árbol negro”. La oscuridad de su frondosidad siempre ocultó bien las malas enseñanzas; y la ignorancia supo sacar los peores juicios de las personas. Por estos días subirse a ese árbol ya no significa ningún goce para Malandras y Pajenrys, porque quizás perdieron la grandeza de la imaginación, y tan sólo fue una lejana época.

sábado, 15 de diciembre de 2007

miércoles, 12 de diciembre de 2007

La danza de las gallinas negras



Al caer estrepitosamente al suelo desde las ramas de su árbol preferido, comprendió que aún no era el momento para seguir el rastro de las aventuras de sus camaradas volátiles, que con un vuelo prodigioso alcanzaban las más altas ramas de los árboles sin el mínimo vértigo. Recostado en la tierra con su espalda molida y sus brazos extendidos, miró como aquellas bestias se trasladaban de rama en rama con el ritmo milenario de las acrobacias orientales y la danza de las aves. No pudo evitar sentir temor y vergüenza por aquella escena, así que se levantó con el dolor encima para retirarse del lugar, mientras las miradas de sus camaradas se apreciaban sobre la altura de sus hombros, como tratando de consolar el espíritu de un niño, para que no se rompiera en lágrimas. Decidió volver al día siguiente.
Al abrir los ojos sintió en su pecho una gran angustia. Se levantó, recogió su bolso verde y salió corriendo por la puerta sin mirar atrás. En cuanto llegó a una esquina, se sentó en el suelo para aliviar la extraña presión cardiaca de su corazón, síntoma de un inminente colapso. En el interior del bolso traía consigo una novela y unos escritos personales, que revisó unos segundos sin leerlos, tan sólo quería verificar que allí estaban todos. Una vez que la presión y la angustia bajaron, se dirigió hasta un parque cercano al cual solía ir cuando era niño. Al llegar hasta allá, caminó por el césped con la memoria un poco nublada y las manos frías; una extraña sensación le provocaba subirse a un árbol cualquiera para superar aquel repentino aburrimiento por sobre los techos de las casas. Pero no podía encaramarse tan fácil como él lo quería; en cuanto le vino la idea a la cabeza, recordó además las veces que se fracturó los brazos y las piernas cuando caía de la ramas. Así que prefirió sentarse sobre el pasto, mientras el día acababa.
Sobre la sombra de su árbol preferido se encontraba nuevamente con su disfraz, para superar la última caída. El panorama esta vez era desolado; no estaban sus camaradas, ni rastros de danza alguna en las copas de los árboles. No podía hacer mucho sin ellos, tan sólo esperar una señal de los cielos oníricos. Estaba solo, nadie podía ayudarlo a subir hacia la magnitud de las alturas. Sus camaradas le habían dado el primer empuje para que subiera rápidamente, y luego afirmarse de las primeras ramas para acostumbrase a las acrobacias. Pensó en que podía lograrlo sin esa ayuda inicial, tan sólo tendría que acomodar su disfraz de gallina negra y cresta roja, aletear unos metros hasta llegar al tronco de su árbol preferido. Intentar con los brazos extendidos alcanzar las ramas bajas, y con las patas impulsar su subida apoyandose en el tronco, y permanecer ahí sujeto con fuerza, para luego trepar hasta la anhelada cima. Tan sólo habría que intentarlo. Pero decidió quedarse ahí mismo, porque no contaba con suficiente entusiasmo y cobardía.
Volvió a casa. Sintió una gran sofocación sobre su cuerpo, como si tuviera puesta mucha ropa. Se desnudó y se echó a dormir bajo la oscuridad de su cuarto, con la idea de terminar la novela y los escritos personales. Despertó recordando las ramas, los viajes, y luego a las tres de la tarde debido al insomnio, se levantó con la misma angustia del otro día. Lo único que podía consolarlo en estos momentos era la lectura de su novela favorita “El Barón rampante”. Así que decidió salir una vez más con su bolso verde al parque para terminar la novela. Quería saber si el protagonista bajaría algún día de los árboles para asumir la condena de vivir con los pies en la tierra. Añoraba con cierto escepticismo viajar por el mundo a través de las ramas, y así conseguir la experiencia suficiente para superar los miedos. Si tan sólo conociera a alguien que lo sacara de este aburrimiento, comprendería al fin su destino.
Creyó que sería la última vez que caería al suelo. El dolor lo remeció desde dentro, como si su orgullo se rompiera en pedazos. Quería llorar de rabia, al ver que sus camaradas seguían su danza sin la mínima preocupación. Las gallinas negras con sus crestas rojas, trepaban por el tronco con la más bella coreografía, para luego saltar al aire y llegar hasta otro extremo de la escena. Algunas veces caían al suelo en sus dos patas para formar un círculo y aletear como verdaderos bailarines. Cuanta magia, con cuanto miedo a la vida, no había forma de no pertenecer a ese arte. Así nuevamente trepó a su árbol preferido a las primeras ramas, se aferró a éstas fuertemente y comenzó a subir. Cuando llegó a la mitad, quitó de su vista algunas ramas para observar a sus camaradas; estaba preparado para saltar hacia el otro extremo de la escena.
Pensó que el insomnio se debía a sus íntimos miedos que alargaban por más horas su tortura. Quería escapar de algún modo, para no enfrentarse a esa existencia enfermiza que sentía como condena. No podía seguir con este insomnio, así que trató de cerrar los ojos y dejarse llevar por la música. Escuchó unas trompetas al unísono, y unas risas a lo lejos; parecía estar soñando con un espectáculo circense. Se entusiasmó, quería descubrir más. A pesar del extraño terror que sentía con el ruido de personas y animales, decidió seguir escuchando aún más. ¡¡¡La danza de las gallinas!!! Eso fue lo último que escuchó, como un grito seco y atrayente. Despertó temprano, se duchó y salió a buscar su árbol preferido para treparlo y mirar desde la punta los techos de las casas y quizás la cruz de la catedral que se encontraba llegando a la frontera. Una vez arriba, sus párpados tendían a cerrarse a causa del cansancio que empezaba a sentir en sus brazos y piernas. Trató de permanecer despierto, pero cayó al suelo junto con su disfraz de gallina negra y se durmió profundamente.
Su árbol preferido era inmenso, frondoso y aparentaba ser una bestia negra. Cuando niño solía encaramarse toda la tarde sin preocuparse de nada, hasta que un día cayó de una de sus ramas, a causa de las piedras que sus amigos le tiraban, por habeles quitado supuestamente su guarida. Ensangrentado y mugriento tenía los brazos, mientras las piedras desaparecían para transformarse en miedos, de los cuales había querido liberarse hace mucho tiempo. Ese árbol negro era su refugio, y su esperanza de mirar la vida por sobre las cabezas. Adoraba las alturas y quería llegar a éstas superando los miedos. Otra vez lo tenía frente a él y ahora nadie lo apedrearía si razón alguna, así que caminó hasta el tronco de su árbol preferido, y buscó la forma de encaramarse por las ramas bajas; se quedó meditando por varios segundos, hasta conseguir estirar sus brazos y afirmarse de aquellas ramas. Cuando pudo alcanzar la subida, descansó unos minutos con la cara llena de alegría.
Al cerrar los ojos, se encontró tirado en el suelo con un extraño disfraz de gallina. Tomó conciencia de sus miedos y aquello era la imagen más clara de la cobardía que poseía ante la vida. Pero que más daba, si ya había conseguido su objetivo y era lo único que importaba. Al menos eso creía. Por qué ahora llevaba un maldito disfraz de gallina negra, y que pretendía obtener aleteando y cacareando en el parque. Quiso volver a sus escritos para entender lo que estaba sucediendo; tal vez era una pesadilla. Recordó: La danza de las gallinas. ¿Y dónde estaban las trompetas? ¿Y las risas? Trataba de superar un problema que parecía confuso; quería que sus camaradas observaran que podía llegar a la cima y danzar como las otras gallinas. O bien, quería llegar a la cima para superar sus miedos de infancia. Entonces abrió los ojos, extendió sus brazos hasta el árbol, se encaramó por el tronco hasta llegar a la parte más baja. Sintió vértigo, entusiasmo y luego se perdió trágicamente en la subida.
Quiso volver a sus escritos para entender toda esta parafernalia. Abrió los ojos nuevamente, sacó de su bolso verde unos papeles, comenzó a leer y su corazón sintió la anterior angustia. La danza de las gallinas, el nuevo arte de los miedos, el espectáculo de las acrobacias volátiles, la escena comienza. No quiso seguir leyendo, pues ya había comprendido su destino y era preciso despertar para concretarlo. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por la música sin pensar en que quizás él era el sueño de otro, o bien, todo era parte de la misma situación onírica. Despertó recostado sobre el suelo de una carpa gitana, junto a unas jaulas, tras bambalinas. Llevaba puesta una máscara de lana negra, que asemejaba una gallina.
Los artistas circenses habían llegado hace dos días al pueblo y traían consigo un show inigualable. “La danza de las gallinas negras”, un show con grandes acróbatas disfrazados de gallinas como símbolo del arte de los miedos. El show debía comenzar y la multitud esperaba ansiosa al sonido de trompetas y al ritmo de malabaristas. Las gallinas negras con sus crestas rojas saldrían a escena en tan sólo unos minutos y él era la estrella emergente de todo el circo. Comprendió que era el momento para alcanzar el ritmo prodigioso de las aves.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Viaje por la carne

Texto a partir de "Viajar" de Lucybell


El viaje por los poros y por la profundidad de los orgasmos, le recuerda el trayecto tímido de su mirada hacia el lóbulo de la oreja, que recorrió mientras sus manos hilarantes trataban de aniquilar entre los dedos la impaciencia con un cigarrillo. Recordó el ingenuo placer de la risa y los nervios en su vientre, cuando los suaves roces se volvían caricias constantes, y aquellas, mudas plegarias para iniciar el viaje por toda la carne. Lo recordó nítidamente mientras su cuerpo entero divagaba a la orilla del muslo de su acompañante, como cayendo en un precipicio alfombrado con detalles orientales. Temblaba de entusiasmo, no por el aire sofocado en el ambiente ni por la suavidad de la piel en la arena, sino por la sangre que alborotaba sus entrañas y provocaba en su ser la locura a través de su boca. Se inicia el viaje del pecho por la espalda, de la lengua afilada por la garganta, mientras sus risas se entrelazan olvidando el inminente regreso por la orilla de la soledad. Las piernas se expanden como dos extremidades infinitas, y la risa se vuelve lágrima, y esta última en semilla. El viaje por la sangre, le recuerda el trayecto de sus lágrimas bajo la tierra, que al regresar sus brazos recogieron lo que ha dejado en el camino como cosecha. La suavidad de la piel se le resbala como cosa espontánea, porque su carne está desgastada y a su acompañante le esperaban nuevos trayectos, en otras carnes. Si tan sólo pudiera recordar aquella existencia que los desbarató mientras su lengua afilada salía de su garganta, tal vez el regreso a la soledad no sería una tragedia.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Regreso al origen Infante

Texto a partir de "Yetosai" de Glup



Volver al lugar mítico de nuestro origen, en donde la memoria se despoja de su droga diaria para adormecer la angustia, y así poder sentir alguna vez la desnudez como cosa espontánea, jamás pervertida. Llegar a ti, como acto de magia y respirar mirando al cielo, con los pies puestos en la tierra. Aunque quisiera volver, no hay forma alguna; porque estoy atrapado en este otro lugar que es la vida. 25 minutos me bastarían para llegar hasta las ruinas de ese origen infante, que echó sus raíces en una tierra de ciruelos y almendros y que perdió su esencia con la primera bofetada de la rutina. Aunque quisiera volver a este origen, no hay forma alguna. Porque me acostumbro inevitablemente a este fuego que me cae bien y que adormece mi memoria. Me acostumbro a olvidar lo que han sido las escenas de los primeros pasos que ansiaban salir al encuentro con la música. Al olvidarlo a veces me resulta difícil reconstruir aquellos rituales del oído con las primeras melodías, que propagaron mis ideas a través del universo cósmico de la genialidad primitiva. Ahora es lo único que conservo como existencia; aquellos rituales en la desolada estación sonora de la infancia, Yetosai. Todo se condensa a ese episodio en aquel lugar de la eterna felicidad anhelada; de donde extraje las primeras agallas para iniciar este trayecto hacia la trascendencia, que se perdió cuando la famosa anestesia adormeció mis dedos y mis palabras cuando intentaba comunicarme con el lenguaje de los muertos vivientes. Por eso, no hay forma de volver a Yetosai, la estación sonora que quedó atrás; porque incuestionablemente perdimos nuestros pasos, tambaleándose atolondrados sobre los rieles humedecidos por la lluvia blanca de la nieve. Ya no quiero volver, aunque hubiera forma alguna. Tan sólo quiero recostarme sobre el césped con la memoria adormecida, y creer en el destino para soportar la pérdida de la desnudez espontánea.