viernes, 19 de junio de 2009

La noche anterior


No recuerdo nada de la noche anterior. Siento un intenso dolor en las sienes, que no me permite hilar ninguna secuencia de hechos; lo he olvidado. Tengo el estómago vacío, el aire que entra, poco y nada, me oprime las costillas y mi garganta está seca. Mi respiración es lenta, como si hubiera perdido el ejercicio de situarme en el mundo. Me sumergo bajo las sábanas pretendiendo refugiarme de la vida; he perdido el olfato. Me he compenetrado en mí, pues he olvidado a los demás.
Hablo desde una posición compleja; no estoy presente. Tal vez ni siquiera me importe recordar lo que ocurrió, es sólo una excusa para retomar un camino destruido, para reencontrarme con mis propios silencios. Mis párpados se cierran, el tiempo se detiene. No recuerdo la noche anterior. En algún momento me habré quedado petrificado, desechando un siglo de sacrificios. Mi voz ya no vibra, se apaga antes de salir a flote. Me callo.

jueves, 17 de julio de 2008

Viaje hacia el universo


Nadie sospecha que somos asesinos. Sigamos el rumbo que nos muestran las estrellas, dejemos que nuestras risas sangrientas se pierdan por un instante y entreguémonos al universo. Nos han perdido el rastro hace unos minutos; la carretera se muestra vacía y a esta velocidad la oscuridad de la llanura se muestra congelada. Debemos adentrarnos hacia el bosque, tarde o temprano recuperaran el rastro, y cuando nos atrapen, nos llenaran los dientes de balas blindadas. Doblemos bruscamente hacia el rumbo de los árboles, perdámonos en el crujir de las baratas, nadie sospecha que somos asesinos. Te he de seguir ensangrentado por el camino que nos han trazado los dioses del celuloide; generemos el suspenso necesario para que nos recuerden cuando miren al cielo. Nadie sospecha que hemos matado hace unas horas.
No debimos volarle los sesos. Ni a su hija, ni a su triste esposa, pero nos debía tanto. La mitad de nuestro cuerpo, y el universo entero. No debimos matar a tanta gente hace un momento, pero ellos se entrometieron y pagaron con sangre. Les volamos los sesos y les quitamos las entrañas, como verdaderos asesinos. Tuvimos el coraje para traspasar las puertas de aquél palacio para recuperar los que nos habían quitado hace años. Te miré de reojo y supe que alcanzaríamos nuestro anhelado universo. Allí estaban los bastardos, seguros en su fortaleza; jamás sospecharon que seríamos capaces de matarlos a todos ellos.
Cuando nos dirigíamos desde el pueblo hacia ese lugar, dudé por momentos que nuestras flaquezas sacaran fuerzas, es que nos hicieron la vida imposible hasta que desapareciéramos del mapa. Miré hacia fuera por la ventana del auto y el atardecer me hacía recuperar el ímpetu que nos motivaba hace unos días, cuando planeamos este asunto. Apretabas con fuerza el manubrio como si vislumbraras el destino que nos habían trazado los films de gángster, luego encendiste la radio para que nuestra banda sonora iluminara nuestro camino. Habías grabado ese casette hace tres días cuando planeamos recuperar nuestro universo. En ese momento nadie sospechaba que le volaríamos los sesos al gran jefe.
Hace tres días dijiste que nuestro crimen merecía una banda sonora como las películas de Tarantino. La canción que daría inicio a nuestro golpe sería Hey Joe de Jimmy Hendrix; esta sería la quinta del lado A. Esto debimos haberlo conseguido hace años, pero la determinación siempre nos faltó cuando se trató de elaborar nuestros argumentos. Nos quitaron el éxito, en cuanto supieron de nuestras estrategias de independencia cultural; ya no podían contenernos bajo su dominio totalizador y exasperante. Fue preciso correr para no caer muertos en sus mugrosas manos; el universo nos fue arrancado de nuestros corazones y perdimos el encantamiento, el show debió terminar. Nos escondimos por tres años, sin saber adonde nos habían llevado los sueños.
No debimos matar a tantos inocentes. Es mejor que doblemos hacia la oscuridad del bosque y nos ocultemos, mientras ellos nos pierden el rastro. Condúcenos hacia el encuentro con la trascendencia, olvídate que somos miserables, nosotros somos asesinos. Durante esos tres años nos volvimos asesinos. Durante ese tiempo nuestros enemigos cayeron en silencio; jamás quisiste dispararles, así que los acribillé contra el muro; nos debían el respeto que perdimos cuando no generamos éxitos. Sus caras palidecieron en cuanto se percataron que aún seguíamos vivos y estábamos dispuestos a recuperar nuestro universo. Ninguno de esos días fue igual al resto, había tantos cobardes que nos habían traicionado, que resultaba difícil encontrarlos a todos, así que nos alejamos.
Te miré de reojo cuando le disparaste a la mujer, al recordar que te habías ido. No sé que te habrá sucedido allá afuera para que volvieras tiempo después; quién te habrá hecho daño, para que descargaras tus balas contra su hija. No supe de ti hasta que apareciste moribundo, casi muerto en la entrada de nuestro refugio; traías contigo tu ropa ensangrentada, y en los bolsillos un casette virgen. Allí volvimos a planear todo, tus ideas emergieron como antes; la claridad de nuestros objetivos nos había convertido en profesionales. Recuperaste el aliento en esos tres días, pero nunca me contaste lo que te sucedió allá afuera; por eso cuando remaste a su esposa en el suelo, no supe bien si sonreír o entrar en pánico, pero estabas claro, sabías lo que estabas haciendo, pese a todo el odio acumulado desde nuestra derrota. Nos habían quitado el talento musical, y ahora nos convertían en asesinos. Tuvimos que deshacernos de nuestros instrumentos, para optar por rústicos elementos de sobrevivencia; cambiaste la guitarra por un revolver, y yo mi voz por un cuchillo.
Cuando comenzó a sonar Hey Joe desde el auto, nuestra matanza se hilaba como una de nuestras grandes composiciones. Nos habían quitado los sueños de raíz y quedamos en el aire, sin nada más que silencios entre nuestros vacíos acordes de existencia. Le disparaste a todo aquél que se interpusiera en nuestro camino a la gloria, yo mientras tanto los remataba en el suelo y la sangre se me impregnaba en la vestimenta escogida para esta ocasión; camisa blanca, corbata y traje negros emulando siempre a nuestro ídolo Tarantino. No sé si habrás perdido tus miedos en el momento de entrar al palacio, o cuando nos subimos al auto para emprender la huída; parecías preocupado por otras cosas, siempre con la mirada fija en el horizonte, viendo el desenlace final de nuestras vidas.
Doblemos entre medio de los grandes árboles y desaparezcamos de una vez por todas. Adentrémonos al encuentro con la eternidad, y que esta huída no sea símbolo de cobardía, sino el inevitable cierre de una época de aciertos e inciertos. Aquél bastardo nos llevó a la cima y luego nos robó lo que habíamos ganado con nuestro sacrificio; aún recuerdo cuando lo conocimos en un subterráneo maloliente de alguna sede oculta en la capital. Interpretábamos nuestras mejores canciones cuando detuvo el show para ofrecernos una tenue luz que salía de su pecho; nos dijo que introdujéramos nuestras garras rockanrolleras y le extirpáramos de cuajo un pequeño universo que yacía dentro de sus pulmones. Gritó éxito y fama, se nos paralizaron las entrañas y caímos en el juego; fuimos líderes de una minoría absorta de artistas inteligibles y musas conspiradoras tras bambalinas. Nos cayeron rosas y también granadas desde el público; no tuvimos miedo de enfrentar a las multitudes de la lírica de los poetas suicidas. Más tarde ellos propiciarían nuestras primeras tácticas asesinas.
La sangre de una bala me alcanzó cuando nos subimos al auto. Doblemos hacia ese obscuro bosque y busquemos un mítico río para purificar nuestras heridas; usemos el universo para inscribir nuestros nombres en las estrellas. No tenemos mucho tiempo, pierdo la respiración al igual que los últimos recuerdos de esta dolorosa travesía por la música. Todas esas canciones que hemos escuchado desde que pusiste un pie de regreso en la guarida, nos han fortificado los flácidos deseos de venganza. Durante tres días planeamos este anhelado crimen contra quiénes vivieron de nuestros huesos, jamás se lo imaginaron. Desde el profundo padecimiento te miro de reojo, y aún mantienes tu mirada fija en el horizonte sin doblar hacia la oscuridad del bosque. A lo lejos las víctimas de nuestra violencia han recuperado el rastro, han dispuesto la dolorosa venganza.
Durante esos tres años recuperé la voz, junto con el aprendizaje del cuchillo. Tú en silencio recuperaste la habilidad con la guitarra, pero ya era demasiado tarde. Cuando regresaste moribundo, prometiste recuperar nuestra felicidad; habías averiguado donde se encontraba nuestro manager, y donde ocultaba nuestro universo. Un inmenso palacio a las afueras de un pueblo, al sur de nuestra ciudad de origen. Con lo último de dinero que nos quedaba, compramos pasajes hacia el distante pueblo y allí robamos un auto de segunda mano. Casi al anochecer emprendimos el viaje hacia el universo, nada se nos había olvidado. Escribimos cartas a todo el mundo, a nuestros padres y a nuestros fans; trajiste tu revolver y el casette previamente grabado para nuestra banda sonora; mi voz y mi cuchillo. Nos estacionamos cerca del palacio, esperamos unos minutos, mientras escuchábamos cada canción del lado A. A la tercera canción reanudamos la travesía sangrienta, cuando comenzara Hey Joe mataríamos a cuanto guardia se nos cruzara por delante. Cuando terminaba de sonar aquella canción, el gran feje nos miraba atónito desde el suelo; tuve que extirparle el universo de su corazón para luego emprender la huída hacia el bosque eterno.
Cuando cargaba el universo entre mis brazos, recibí una bala en el vientre y caí al suelo. Al abrir los ojos había mucho silencio en el auto, el lado A había concluido hace unos minutos. Aceleraste tan rápido para perderlos de vista, que olvidaste la música y ahora viajábamos en silencio. Nadie sospecha que hemos asesinado a nuestro manager. Sigamos el rumbo que nos muestran las estrellas; dejemos que nuestros miedos se pierdan por un instante y entreguémonos al universo que llevamos con nosotros. Ellos han recuperado el rastro hace unos minutos, los puedo sentir desde cerca, mientras me desvanezco ensangrentado. Por fin me miras con una sonrisa, nada malo va a suceder, somos un dúo, nadie volverá a quitarnos nuestro universo. La carretera se muestra vacía y a esta velocidad la oscuridad de la llanura se muestra congelada. Debemos adentrarnos hacia el bosque, tarde o temprano nos atraparan y nos llenaran los dientes de balas sangrientas. Escucho que se acercan. Al fin doblas, y vuelvo a mirarte de reojo por última vez; nuestro éxito ha llegado a su fin, pierdes el control y te vas por los aires junto con la carrocería completa, luego me desvanezco y cierro los ojos.
Nos han atrapado. Nos esperan a la salida de este bosque impenetrable por los miedos; cuando abro mis ojos, no te encuentro en ningún rincón de esta oscuridad, ni bajo la tierra húmeda, ni sobre las copas de los árboles. Tal vez inscrito en las estrellas o quizás vagando por las nubes de la trascendencia. Moribundo decido salir hacia la carretera; se que nos esperan, pero somos un dúo, ahora que te has ido debo dar la cara por el éxito que un día tuvimos. Antes de salir, me introduzco el universo por la boca para que llegue a mi corazón, y así no nos quiten la grandeza. Doce sombras y tres autos nos esperan con las encendidas; traen consigo armas de fuego y afiladas navajas. Este es el fin de nuestra era de rockanroll.

sábado, 14 de junio de 2008

El traidor


Anoté lo que sigue, mientras me disponía partir por el universo: “el mundo se acabó cuando estas decisiones tomaron fuerza y sepultaron las últimas esperanzas. La farsa y el festín concluyeron cuando las conspiraciones idiomáticas traspasaron el orbe y desterraron nuestra lengua”

I. Las barreras se rompen

Destruí el mundo con mis manos de rayo, mientras la lluvia inundaba las avenidas. Me volví de trueno desde el cielo hacia la profundidad de la tierra, y se acabó el llanto que emergía de os huesos. Todos sucumbieron en cuanto el fuego sepultó las grandes ciudades; se desprendieron los techos y la multitud palideció en silencio. Todo se volvió caos.

II. Letargo televisivo

Desperté al interior de un supermercado vacío. Las luces se encendieron, mientras el agua inundaba las salidas traseras. Mis manos de rayo se convirtieron en imanes que atraían los más extraños productos desde las vitrinas. Perdí el rumbo de mis ideas destructivas; me encontraba absorbido por mis íntimos placeres televisivos. No había forma de volver atrás.

III. La traición

He traicionado a mis palabras. Aquellas que me enseñaron a vivir en el distanciamiento y la inseguridad. Será el fin. Debí seguir el camino que me había trazado desde las ruinas de mis desamores, hacia la cúspide de la descarnada soledad en la expresión de un llanto novelesco. La desviación de ese rumbo me pisa los talones, y unas vez más caigo de cara sobre piedras; la traición me sepultará sin principios ni gloria, sólo seré un empedernido deshabitado en busca de la felicidad y el amor inexistentes.

Lo siguiente se desprende de ciertas memorias: “Tuve que matar para sobrevivir. El egoísmo fue la causa de aquellas tácticas de supervivencia; un miedo incontrolable al fracaso o quizás a la pérdida de la identidad. Tuve que ocultar mis tesoros bajo tierra, por temor a la traición de otros. Ese egoísmo me separó del mundo; el egocentrismo terminó por entregarme la determinación de los actos destructivos. Tuve que matar a mis líderes y a mis súbditos, porque el poder nos enceguece de una manera terrorífica”



Texto incompleto - 2008

sábado, 31 de mayo de 2008

La muerte del héroe se aproxima...

Caída libre


Cada miembro del comité fue lanzado por la ventana junto con sus ideas, como última medida de emergencia. En ese momento estaba yo hipnotizado por la televisión en una pequeña sala de espera, junto a un grupo numeroso de televidentes. Las imágenes de un sol caribeño, tranquilizaban a cualquiera, más aún en épocas de emergencias.

El comité lo había dispuesto así. Las paredes del edificio debían aislar a los usuarios con más grado de contaminación en sus cerebros, y ante cualquier indicio de descontrol era preciso exterminarlo, con lo que hubiese a mano. En este caso lanzarlos por la ventana era lo inmediato.

El descontrol o videncia lumínica como solían denominarlo, generaba terror en las poblaciones aledañas. Por eso fue necesario aislarlos del mundo, para no propagar el virus en el resto de los habitantes. Cada miembro del comité había cedido ante la videncia lumínica. Aquel descontrol podría provocar una revolución entera.

En cada sala del edificio había un televisor que transmitía las mismas imágenes de un sol radiante. Jamás supe en que nivel estaba, sólo miraba aquel sol caribeño que me transportaba al único lugar del mundo donde no existe el miedo. Los pacientes hipnotizados babeaban con aquellas escenas, como si en algún momento de sus vidas, tuvieran tal libertad.

Entre sedantes percibía los ruidos externos a la sala. Alarmas a la distancia, pasos apresurados y murmullos atónitos por algún suceso extraño. Nadie sabía que tan enfermos estábamos; si seríamos salvados o exterminados en cuanto los líderes desaparecieran. Pero eso ya había sucedido, justo hace unos minutos atrás. Cada miembro del comité fue tirado por la ventana desde el último piso del edificio. El virus se extendería rápidamente hasta nosotros, y seríamos lanzados como chatarra.

El hambre nos llegaba con las imágenes de enormes pedazos de carne que aparecían en la televisión; nuestros estómagos se llenaban por arte de magia. La sed a veces nos aniquilaba; de eso me empecé a dar cuenta. Nos calmaban la sed con enormes barriles de agua, pero la mía no se iba. Ni siquiera mostraban imágenes de cerveza, tan sólo un enorme sol radiante y una palmera.

Antes de esta situación compleja no era nada ni nadie. Lo último que recuerdo son voces llamándome; ni siquiera se, si fue por mi nombre. Pero no era nadie, al menos de eso nos informaron hace unas horas. Uno de aquellos tipos extraños no paraba de mirarme, quería reconocer en mí algún síntoma de videncia lumínica. Eso es absurdo, esta comodidad es un lujo. Nadie puede enfermar acá.

En aquel divagamiento cancerigeno, una mujer a mi lado izquierdo gritaba desesperada. El virus había llegado a nosotros y era necesario tirarla por la ventana. Los dolores se acrecentaban y su cara comenzó a llenarse de ampollas amarillas. Nadie se movía de sus asientos, mientras el sol caribeño presentaba la felicidad eterna en el paraíso terrenal.

La puerta se abrió. Tres hombres de casacas artificiales de color verde se abalanzaron hacia la mujer. Una luz proveniente del pasillo me encegueció, mientras una estruendosa alarma rompió mis tímpanos. Decidí correr, pero en el instante de levantarme de mi asiento y dejar el televisor atrás, un dolor inexplicable en la cadera me botaba al suelo. Sentía mi cara ardiendo. Mis manos se llenaron de verrugas amarillentas y la sed aumentó.

Busqué la salida. En el pasillo la gente corría desesperada; hombres y mujeres con casa artificiales de color verde. Nadie se percató de mi presencia. La videncia lumínica comenzaba a generar un descontrol en mí. Debía saltar por la ventana; así lo habían dispuesto los líderes mundiales.

Cuando logré abrir la ventana, el viento me golpeó la cara y casi perdí el equilibrio. No le temo a las alturas. Había llegado el momento de buscar el sol caribeño. Una mujer me divisó e intentó detenerme; era demasiado tarde. Me lanzé al vacío. Al caer al suelo, despierto con el sol radiante sobre mi cuerpo, que yace recostado sobre la arena, junto a una palmera. Quizás cuando cambie de canal, podría resolver el misterio de la plaga o tal vez la solución a tanta matanza indiscriminada. Hoy sólo me conformo con el sol y la brisa caribeña.

domingo, 27 de abril de 2008

The Pereiras (por Felipe Alegría)


Rodrigo Bourguet Barriga era un joven beatlemaníaco nacido entre los cerros allá en San Bernardo. Felipe Alegría Urrutia era un mozalbete rockabilly y por el glorioso San Miguel iba caminando. A Rodrigo le gustaba crear mundos con sus bellos e intensos escritos y prosas. A Felipe le encantaba meter ruido con su guitarra escandalosa. Rodrigo se daba cuenta que con música todo se le esclarecía. Felipe en tanto, deambulaba sin rumbo en cuanto grupo podía. Rodrigo entraba a estudiar pedagogía porque le gustaba la docencia. Felipe hacía lo mismo, pero por condecendencia. Rodrigo le mostraba sus maravillosas poesías. Felipe le otorgaba alucinantes melodías. Rodrigo descubría el inimaginable poder de una canción. Felipe a escribir convertía en su pasión. Rodrigo, años después, le proponía componer las mejores canciones. Felipe incrédulo, barajaba otras opciones. Rodrigo machacaba los acordes de una raza estrafalaria. Felipe convencido por tocarla ya sangraba. Así es como se juntaron estos cabros y pongo como advertencia. Que desde entonces los pereiras, componer canciones tienen como competencia.