sábado, 31 de mayo de 2008

Caída libre


Cada miembro del comité fue lanzado por la ventana junto con sus ideas, como última medida de emergencia. En ese momento estaba yo hipnotizado por la televisión en una pequeña sala de espera, junto a un grupo numeroso de televidentes. Las imágenes de un sol caribeño, tranquilizaban a cualquiera, más aún en épocas de emergencias.

El comité lo había dispuesto así. Las paredes del edificio debían aislar a los usuarios con más grado de contaminación en sus cerebros, y ante cualquier indicio de descontrol era preciso exterminarlo, con lo que hubiese a mano. En este caso lanzarlos por la ventana era lo inmediato.

El descontrol o videncia lumínica como solían denominarlo, generaba terror en las poblaciones aledañas. Por eso fue necesario aislarlos del mundo, para no propagar el virus en el resto de los habitantes. Cada miembro del comité había cedido ante la videncia lumínica. Aquel descontrol podría provocar una revolución entera.

En cada sala del edificio había un televisor que transmitía las mismas imágenes de un sol radiante. Jamás supe en que nivel estaba, sólo miraba aquel sol caribeño que me transportaba al único lugar del mundo donde no existe el miedo. Los pacientes hipnotizados babeaban con aquellas escenas, como si en algún momento de sus vidas, tuvieran tal libertad.

Entre sedantes percibía los ruidos externos a la sala. Alarmas a la distancia, pasos apresurados y murmullos atónitos por algún suceso extraño. Nadie sabía que tan enfermos estábamos; si seríamos salvados o exterminados en cuanto los líderes desaparecieran. Pero eso ya había sucedido, justo hace unos minutos atrás. Cada miembro del comité fue tirado por la ventana desde el último piso del edificio. El virus se extendería rápidamente hasta nosotros, y seríamos lanzados como chatarra.

El hambre nos llegaba con las imágenes de enormes pedazos de carne que aparecían en la televisión; nuestros estómagos se llenaban por arte de magia. La sed a veces nos aniquilaba; de eso me empecé a dar cuenta. Nos calmaban la sed con enormes barriles de agua, pero la mía no se iba. Ni siquiera mostraban imágenes de cerveza, tan sólo un enorme sol radiante y una palmera.

Antes de esta situación compleja no era nada ni nadie. Lo último que recuerdo son voces llamándome; ni siquiera se, si fue por mi nombre. Pero no era nadie, al menos de eso nos informaron hace unas horas. Uno de aquellos tipos extraños no paraba de mirarme, quería reconocer en mí algún síntoma de videncia lumínica. Eso es absurdo, esta comodidad es un lujo. Nadie puede enfermar acá.

En aquel divagamiento cancerigeno, una mujer a mi lado izquierdo gritaba desesperada. El virus había llegado a nosotros y era necesario tirarla por la ventana. Los dolores se acrecentaban y su cara comenzó a llenarse de ampollas amarillas. Nadie se movía de sus asientos, mientras el sol caribeño presentaba la felicidad eterna en el paraíso terrenal.

La puerta se abrió. Tres hombres de casacas artificiales de color verde se abalanzaron hacia la mujer. Una luz proveniente del pasillo me encegueció, mientras una estruendosa alarma rompió mis tímpanos. Decidí correr, pero en el instante de levantarme de mi asiento y dejar el televisor atrás, un dolor inexplicable en la cadera me botaba al suelo. Sentía mi cara ardiendo. Mis manos se llenaron de verrugas amarillentas y la sed aumentó.

Busqué la salida. En el pasillo la gente corría desesperada; hombres y mujeres con casa artificiales de color verde. Nadie se percató de mi presencia. La videncia lumínica comenzaba a generar un descontrol en mí. Debía saltar por la ventana; así lo habían dispuesto los líderes mundiales.

Cuando logré abrir la ventana, el viento me golpeó la cara y casi perdí el equilibrio. No le temo a las alturas. Había llegado el momento de buscar el sol caribeño. Una mujer me divisó e intentó detenerme; era demasiado tarde. Me lanzé al vacío. Al caer al suelo, despierto con el sol radiante sobre mi cuerpo, que yace recostado sobre la arena, junto a una palmera. Quizás cuando cambie de canal, podría resolver el misterio de la plaga o tal vez la solución a tanta matanza indiscriminada. Hoy sólo me conformo con el sol y la brisa caribeña.

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