
La muerte del héroe se aproxima. Camina por el jardín de una casa abandonada, lleno de flores secas y pedazos de escombros. Sin dudar golpea secamente la puerta. El héroe se encuentra recostado sobre el catre, con sólo un par de frazadas. El humo de un cigarro mal apagado se extingue, tal como las ilusiones de grandeza. La escasa luz que entra por una venta y atraviesa unas cortinas rasguñadas, es absorbida por un chaquetón negro colgado en una silla. El héroe no escucha el llamado de la muerte. quizás ya no escuche nada más que un ruido constante en lo profundo de sus tímpanos. La muerte golpea nuevamente, esta vez con apuro; hay trámites que hacer, no tiene todo el día. Menos para venir a la casa de un desposeído y hacer el ridículo tocando la puerta. Se impacienta, así que grita por la ventana: ¡Despierta!, ¡Despierta miserable! Su voz es ronca, como la de un rufián o mafioso de la cuadra…

