
Rueda cerro abajo, con las manos sobre su cara para taparse la tristeza y la angustia. Casi a la mitad de la caída lo detienen unos delgados eucaliptos. No puede despojarse de su cuerpo, mientras no se libere de su cobardía. Quisiera volver a intentarlo, esta vez se lanzaría de la torre más alta, aquella que observa la ciudad entera. Pero se queda impávido, con las manos sobre la cara; llora de vergüenza, de miedo, mientras las hojas se pegan a su sangre. Quiere volver a intentarlo, esta vez con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo y cayendo sobre el techo de una casa, en un segundo piso.


