domingo, 19 de agosto de 2007

La búsqueda


Rueda cerro abajo, con las manos sobre su cara para taparse la tristeza y la angustia. Casi a la mitad de la caída lo detienen unos delgados eucaliptos. No puede despojarse de su cuerpo, mientras no se libere de su cobardía. Quisiera volver a intentarlo, esta vez se lanzaría de la torre más alta, aquella que observa la ciudad entera. Pero se queda impávido, con las manos sobre la cara; llora de vergüenza, de miedo, mientras las hojas se pegan a su sangre. Quiere volver a intentarlo, esta vez con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo y cayendo sobre el techo de una casa, en un segundo piso.

miércoles, 15 de agosto de 2007

El Polaco


Abre los ojos con el primer destello de luz en la fría mañana de invierno. Con el segundo se levanta y con el tercero ya se dispone en su tarea. La vida del Polaco transcurre con toda normalidad, así como la de sus vecinos y de la ciudad entera. Su silueta es compleja, angustiosa, desafiante. Toma un extraño bolso y sale a la luz por una ventana. Se lanza del segundo piso, cae en cuclillas y corre por la calle.

La mañana es fría y congelada: Un ruido seco en los tímpanos me despierta; no me deja continuar con normalidad el día. La escasa luz que entra por la ventana, es compleja, angustiosa y desafiante. Me levanto, y ya mis oídos se han congelado, no escucho más que el ruido de pasos que caminan sobre el hielo. Pienso en mi inevitable destino: La cúpula.

Al recorrer el puente sin sentir el mínimo cansancio, no duda en mirar el río y continuar en su camino. Su mano aprieta con fuerza el extraño bolso de color negro, a pesar de encontrarse en un dilema: Dos calles forman una punta de diamantes, y el tiempo se acaba. Su silueta se pierde unas cuadras más adelante por la calle de la derecha.

Encerrado en un dilema, desde dentro intento mutilarme los oídos para traspasar la cúpula. Presiento que alguien corre velozmente por los callejones de la ciudad. Es imposible. Nadie conoce la existencia de la cúpula: enorme prisión que me quita la existencia. Así que caigo al suelo sintiendo nauseas, mientras los señores siguen en la rutina habitual: confiados en sus artefactos de felicidad y defensa no sospechan los feroces pasos que se aproximan.

La inmensa cúpula se encuentra electrificada. La silueta del Polaco se ve venir a lo lejos. Sin dudar salta la reja, esta vez camina por un jardín lleno de arbustos y pedazos de escombros; no parece ser una amenaza la estrecha puerta de la cúpula. En unos segundos, saca de su bolso un chuzo, una pala, una petaca de ron y una Biblia. El ruido por un momento se detiene. Los confiados señores deambulan cómodamente pisando mi espalda. El Polaco cava un hoyo justo frente a la puerta; en él rocía un poco de ron y luego tira la Biblia. Con el chuzo rompe de un golpe la puerta. Con la pala vuelve a tapar el hoyo. Dudo en levantarme. La luz comienza a invadir el centro de la gran prisión e ilumina mi rostro.

Intento quitarme la impresión de la cara y traspasar la cúpula. Siento el frío y diviso un jardín lleno de arbustos y escombros. El Polaco Guarda sus herramientas en el extraño bolso y regresa a casa. Al salir de la cúpula me tropiezo con una reja electrificada. Mi odisea se acaba porque el miedo me supera y el frío es insoportable. Llego a casa como cualquier otro día, olvidándome de cómo pudo abrirse una puerta.

viernes, 10 de agosto de 2007

Caso Particular


No quisiera precisar las circunstancias que me llevaron a tal caso particular. Poseo un vago antecedente de ira: Una patada en plena entrepierna y una cachetada, a las afueras de una cancha. Así me lo contó mi padre hace un tiempo atrás. Ahora caigo con hematomas, rasguños, blasfemias y miradas que me reducen a la misma miseria. Tras los barrotes oxidados, mi hinchada cara expone mi humillación y el olor a mierda que remece la cárcel. No sé si sea la excepción, pero creo que los señores de olvidaron de preguntarme el nombre y dónde vivía.

domingo, 5 de agosto de 2007

Fragmento


Me mira consternado e intrigado. Me da dos opciones, la segunda más tentadora que la primera: Caminar y atravesar casi cinco comunas para llegar a mi destino. O subirme a su motocicleta de repartidor, sin la noción de cómo conducirla, y recorrer la solitaria avenida en plena madrugada. Todo esto por sentir un leve cosquilleo en la nuca, y sin explicación alguna decidí bajarme de la penúltima, si es que no la última micro que pasaba.