miércoles, 15 de agosto de 2007

El Polaco


Abre los ojos con el primer destello de luz en la fría mañana de invierno. Con el segundo se levanta y con el tercero ya se dispone en su tarea. La vida del Polaco transcurre con toda normalidad, así como la de sus vecinos y de la ciudad entera. Su silueta es compleja, angustiosa, desafiante. Toma un extraño bolso y sale a la luz por una ventana. Se lanza del segundo piso, cae en cuclillas y corre por la calle.

La mañana es fría y congelada: Un ruido seco en los tímpanos me despierta; no me deja continuar con normalidad el día. La escasa luz que entra por la ventana, es compleja, angustiosa y desafiante. Me levanto, y ya mis oídos se han congelado, no escucho más que el ruido de pasos que caminan sobre el hielo. Pienso en mi inevitable destino: La cúpula.

Al recorrer el puente sin sentir el mínimo cansancio, no duda en mirar el río y continuar en su camino. Su mano aprieta con fuerza el extraño bolso de color negro, a pesar de encontrarse en un dilema: Dos calles forman una punta de diamantes, y el tiempo se acaba. Su silueta se pierde unas cuadras más adelante por la calle de la derecha.

Encerrado en un dilema, desde dentro intento mutilarme los oídos para traspasar la cúpula. Presiento que alguien corre velozmente por los callejones de la ciudad. Es imposible. Nadie conoce la existencia de la cúpula: enorme prisión que me quita la existencia. Así que caigo al suelo sintiendo nauseas, mientras los señores siguen en la rutina habitual: confiados en sus artefactos de felicidad y defensa no sospechan los feroces pasos que se aproximan.

La inmensa cúpula se encuentra electrificada. La silueta del Polaco se ve venir a lo lejos. Sin dudar salta la reja, esta vez camina por un jardín lleno de arbustos y pedazos de escombros; no parece ser una amenaza la estrecha puerta de la cúpula. En unos segundos, saca de su bolso un chuzo, una pala, una petaca de ron y una Biblia. El ruido por un momento se detiene. Los confiados señores deambulan cómodamente pisando mi espalda. El Polaco cava un hoyo justo frente a la puerta; en él rocía un poco de ron y luego tira la Biblia. Con el chuzo rompe de un golpe la puerta. Con la pala vuelve a tapar el hoyo. Dudo en levantarme. La luz comienza a invadir el centro de la gran prisión e ilumina mi rostro.

Intento quitarme la impresión de la cara y traspasar la cúpula. Siento el frío y diviso un jardín lleno de arbustos y escombros. El Polaco Guarda sus herramientas en el extraño bolso y regresa a casa. Al salir de la cúpula me tropiezo con una reja electrificada. Mi odisea se acaba porque el miedo me supera y el frío es insoportable. Llego a casa como cualquier otro día, olvidándome de cómo pudo abrirse una puerta.

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