
Me mira consternado e intrigado. Me da dos opciones, la segunda más tentadora que la primera: Caminar y atravesar casi cinco comunas para llegar a mi destino. O subirme a su motocicleta de repartidor, sin la noción de cómo conducirla, y recorrer la solitaria avenida en plena madrugada. Todo esto por sentir un leve cosquilleo en la nuca, y sin explicación alguna decidí bajarme de la penúltima, si es que no la última micro que pasaba.
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