sábado, 26 de enero de 2008

En busca de los sueños y la memoria

(Texto actualizado - A partir de "Una mujer (dentro de un pez)" de Santos Dumont)


El peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil después de haber atravesado los siglos; dejar que el sediento gigante de infancia volviera para arrastrarse y destrozarlo dormido, porque no habría más que soñar. Sería un error permitirlo. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, ya no es el ingenuo miedo que solía sentir encaramado a la pandereta porque no habría más higueras que subir. Ahora es una hipótesis, que madruga para evitar sentirse dentro de un pez que nada contra la corriente; evitar sentirse viejo, mecánico, lineal, funcional, inconstante varón rampante. Para ello permanece despierto con las ideas que aprendió siendo príncipe de las palabras, infante morador de las tinieblas del conocimiento cósmico de la trascendencia; ese alguien que su madre no comprendió nunca. En ese momento soñó por vez primera. En el intento se volvió de piedra y luego cayó. A lo lejos alcanzó un ritmo certero, pero fue complejo: Quiso alzar la voz para escapar; quiso congeniar los dedos con la mano, para repetir el movimiento y la postura, y así olvidar que otros viven sin entusiasmo, provocar un tumulto de ideas y conservar la memoria intacta, a lo lejos alcanzar ese ritmo era complejo. No desistió, buscó la forma de evadir el olvido de la genialidad, que se iba perdiendo en cada uno de sus seres. Sintió que era especial, sabía que lo lograría; el reino de las palabras melódicas era su destino, y así alcanzaría la trascendencia de la humanidad. De perder la magia del sueño, los rastros oníricos del mítico trayecto a la gloria, el gigante volvería sediento y como aquella serpiente malvada, destruiría el viaje emprendido por el pequeño príncipe de planetas lejanos. Sería un error quedarse dormido. Por eso piensa en aquella mujer que se olvidó de esta tierra y que tampoco pudo escapar, dormida yace dentro de un gran pez, muerta junto al agua. Su memoria se volvió frágil después de haber contado los sueños que le quedaban, mientras el sediento gigante se aproximaba al desenlace inevitable. En la vida nadie te enseña a soñar, a traspasar la realidad inmediata de la masa, para luego convertirse en dueño de nuestras peripecias artísticas. Al recordar esa figura femenina de infancia, recuerda también la vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, la fuerza casi mágica para derrotar al miedo ingenuo de las higueras, la inocencia del juego para convertirse en hombre despierto hasta que llegara la hora. De volverse príncipe de las palabras. Bien supo desde siempre que los sueños le permitirían alguna vez iniciar el viaje anhelado, desde los juegos y rituales, hasta la coronación en la cima de los árboles. Por eso buscaba las alturas de la pandereta, de las higueras; y por eso desafiaba a los gigantes. La vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, quería superar el ingenuo miedo de las alturas; entonces cayó sobre la tierra con los pies extendidos y fue en busca de la superación y la victoria. Ahora sabe que el peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil, después de haber atravesado siglos de mágicos viajes por las estrellas. Aceptar la vida porque no hay más que soñar. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, el resto son historias de sueños pasajeros y viajes sin retorno.

lunes, 21 de enero de 2008

La Doctrina del Shock - Naomi Klein

Bien sabe el hombre de estas eras holocáusticas, las maneras que se han utilizado para su adoctrinamiento. No las desconoce, más bien hace caso omiso. ¿Por qué? Basta mirar en qué se han convertido nuestras generaciones pensantes: En viles consumidores como estrategia de mercado libre. Algo que nuestros hijos deberían conocer y tenerle desconfianza. Sólo la información de los sucesos nos mantendrán a salvo del shock mundial que sufre la humanidad.

martes, 15 de enero de 2008

Lo que veo


(Texto escrito en casa de una lejana amiga- 2004)

Cuatro personas sentadas alrededor de una mesa; en la mesa cuatro tazas de té, una panera con cinco panes, un plato con tomate y otro con palta. De las cuatro personas que murmuran entre sí, dos mujeres, una colorina y una morena; dos hombres, uno delgado y otro gordo. Uno de los hombres, el delgado, mira a la colorina insistentemente, mientras el otro hombre, el gordo, revisa cu celular. Las cuatro personas están en la cocina de la morena, es su casa, es su mesa, es su pan, son sus tomates y paltas. Suena el teléfono de su casa, no es nadie. La colorina sonríe, el hombre delgado la mira, el hombre gordo juega Snake en cu celular. Las cuatro personas se callan, hierve la tetera; la morena sirve el agua caliente en las tazas junto a las bolsas de té, el hombre delgado se prepara un pan con tomate mientras mira a la colorina; la morena se prepara un pan con palta mientras le habla al hombre gordo. La colorina se levanta y busca un vaso, lo llena con agua fría, mientras el hombre delgado la mira de abajo hacia arriba desde su asiento. El hombre gordo deja su celular en la mesa y se hace el entendido con la morena. Pasan cinco minutos, nadie habla. El hombre gordo se levanta, quiere ir a comprar cigarrillos, la morena lo acompaña. El hombre delgado le sonríe a la colorina y se prepara otro pan con tomate; la colorina se queda mirando la panera o los dos panes que hay. El hombre delgado le toca el brazo a la colorina, ella reacciona y sonríe, el hombre delgado se ilusiona; no se hablan hasta que llega la morena y el hombre gordo. Cuatro personas alrededor de la mesa; en la mesa una panera vacía, dos platos vacíos, tres cigarrillos sueltos y un cenicero. El resto es historia repetida.

Fragmentos de viajes en micro...

(Texto escrito en micro Talagante - 2004)


…¿Será mía esa moneda?, me inquieta saberlo. No se mueve, no se va para ningún lado, se queda quieta. Se mueven todos los pasajeros de la micro, pero la moneda permanece en su sitio atraída por una fuerza magnética. Es una moneda que más da, son sólo cien pesos. Si fueran cincuenta no sería tanto; si fueran diez pesos, daría lo mismo. Pero si fueran quinientos pesos, es moneda brillaría y no se quedaría quieta. Esa moneda se queda en su lugar sin hacer ruido; los pasajeros se mueven y conversan, pero la moneda se queda callada y se queda inmóvil, a pesar del movimiento tumultuoso de la micro. Parece ser de la niña que está un asiento más adelante; se preocupa por algo que no encuentra. Su madre le dice que revise en el suelo, pero es mi moneda no suya. Estoy seguro que es su moneda, ahora empieza a llorar porque no encuentra lo que perdió de sus bolsillos. Cien pesos son una fortuna para una niña tan pequeña. ¿Será su moneda? Una muchacha de azul que está al lado mío parece consolar a la niña, ya que también busca en el suelo algún objeto perdido, no sé si sea esa moneda. No importa, son cien pesos, son mis cien pesos. La niña no se da cuenta de la moneda en el suelo y se levanta, al parecer no era su moneda, pero estoy seguro de que era de alguien más. Al bajarme de la micro tenía la sensación de haber incrementado mis finanzas en el bolsillo con esos cien pesos, pero al revisar y contar el dinero, con esa moneda tenía la misma plata que cuando salí. Lo dije, se me cayeron cien pesos, mis cien pesos…

jueves, 3 de enero de 2008

El último árbol del mundo


I
(La última esperanza)


La última esperanza de la humanidad ha sido sacrificada por el afán destructivo de la expansión terrestre. Sin darse cuenta de lo que hacían, los hombres concluyeron de forma sádica con la semilla que nos habría de salvar algún día. Ahora todo es desierto y cenizas; ramas y extremidades por toda la tierra; cuerdas y hachas para rajar y descuartizar nuestra única vía de existencia. El último árbol del mundo ha sido derribado por completo hace unas horas; para ese propósito se necesitaron herramientas de metal para traspasar el tronco con estrepitoso ruido y así sentir de forma clara la satisfacción, del inicio de una nueva era involutiva. La última esperanza de la humanidad ha sido derribada.


II
(El último recuerdo)


El último recuerdo que me había quedado de tus ojos, ha sido extirpado de raíz en una tarde de verano. Vi como los hombres con aterradora precisión clavaban sus garras a tu cuerpo, y te quitaban una a una las hojas de tu cabeza. Lentamente prepararon el plan para verte caer desplomada sobre la tierra y luego triturarte a hachazos; hicieron un gran círculo entorno a ti para arrancarte las extremidades desde todos los ángulos posibles con numerosas cuerdas. Me despojaron de tu único recuerdo aquí en la tierra, sin darse cuenta de tus sordos gritos con cada martillazo en tus raíces. Parecían confundidos con la idea de no verte jamás sobre sus espaldas; querían olvidarte de todas formas, y la sola presencia de tu recuerdo los espantaba, por eso te arrancaron tomándote el cuerpo y tirándote de las piernas. El último árbol que plantaste lo han derribado, y junto con él se han ido tus imágenes de jardinera, que con esfuerzo quisiste mantener multitudes de árboles sobre la colina. Me han quitado con brutalidad el oxigeno de tus pulmones, la savia de tu sangre, el abrazo de tus ramas. Ahora deberé cambiar la vista y buscarte en otros lugares; quizás ya es tiempo de que no seas el último árbol en el mundo.



III
(El último obstáculo)


El último obstáculo ha sido exterminado con éxito por los hombres de estas latitudes. Han cortado por la mitad el tronco para evitar complicaciones; han triturado y sepultado las ramas bajo las cenizas. El cielo se contempla borroso y vacío. Los hombres ven como se apagan las últimas llamas en pequeñas hojas sobre la tierra. El sol pega fuerte en la cara y el viento repentinamente se pierde como cosa espontáneamente. El último obstáculo ha sido derribado para proceder habitar el lugar donde crecerán los engendros y donde dormirán las culpas y las traiciones. El último árbol ha caído estrepitosamente desmembrado y aquellos hombres lo han visto como un obstáculo a sus pretensiones evolutivas. Nadie dudó de sus actos mientras la savia hervía al interior de las raíces machacadas. El último obstáculo ha sido derribado y triturado ante los ojos de nuevas generaciones que algún día habrían de salvarnos de arcaicas ideologías. Ya no hay más obstáculos que impidan la felicidad de los hombres y su inminente desaparición de la tierra.


IV
(El último pensamiento)


Lo había dudado tantas veces, y tan sólo quise comprenderlo porque era la única forma de saber que esa idea era potencialmente factible. Así que medité, lamentablemente era el único que debía saberlo y el único que comprendería en su totalidad la extraña idea. Llegué a la conclusión de que era necesario un hecho, para que todo tuviera sentido. Lo busqué en la memoria y lo hallé tan herido como había sucedido entonces. Lo analicé desde todos los puntos de vista, teológicos y filosóficos, al menos los que a mí me interesaban, o bien los que concordaban con mi idea. No puede ser de otro modo. Quise intentarlo otra vez, recordando que lo herido del hecho, correspondían a meros rasguños, de sacrificio y que no significaba un problema hacia lo que había propuesto como idea.
Entonces con la idea a punto de comprobarse, me subí al árbol. Me encaramé en sus ramas y al llegar a la punta, contemplé los techos de las casas, tal cual lo había hecho años atrás. Miré al cielo sin dudar en lo que yo creía y desde esa altura me dejé caer sobre las ramas. Si todo resultaba como yo creía, el árbol debía mostrarme el principio de los tiempos antes de la caída al suelo; como un regreso mecánico, casi fotográfico por las imágenes de nuestros antiguos muertos. Las hojas habían recogido cada pensamiento elaborado en su cima; las veces que mis antiguas muertas maldijeron al cielo, a sus estrellas y sus reflejos; las veces que mis antiguos muertos lloraron cien balas en los cráneos. La idea de un regreso al pasado, estaría comprobada de suceder como aquella vez, en la cual creí que moriría, pero extrañamente quedé colgando con una pierna atascada en las ramas. Mis ojos miraban el suelo, y un raro mareo caleidoscópico giraba en mi cabeza. La historia de mi vida me había sido revelada por aquél árbol al saltar sobre sus ramas.
Lo hice nuevamente, y cuando caía, las imágenes volvieron a pasar sobre mis ojos. Esta vez el árbol me reveló su inevitable destino; fue una breve mirada al futuro, sin mayores detalles; los hombres morirían en soledad y sin oxigeno, calcinados por el sol y comidos por cucarachas. Pero sabía que nadie creería en estas ideas; de a poco irían guardando recelo hasta confundir fruto con moneda, hoja con basura, tronco con hormigas, viento con ruido y así su final sería inevitable. Colgando con las dos piernas de la ramas, decido no volver a comprobar esta revelación, porque de alguna manera comencé a creer que sería el último en mirar los árboles por horas. El resto haría sus planes para expandirse como plaga.


V
(La última palabra)



Tus palabras yacían mudas tras tu lengua marchita y tu dentadura postiza. Entonces nadie pudo oír lo que quisiste dejarnos en la tierra, tu última palabra. De vergüenza algunos miraron para otro lado, y otros se secaron las lágrimas para escapar de su inevitable castigo, la soledad. Tus ojos se cerraron y la solitaria colina comenzó a desplomarse de tristeza, hasta convertirse en polvo y cucarachas. El último árbol que plantaste crujió fuertemente con el viento, pero nadie escucharía ni tus palabras ni los crujidos del árbol; tan sólo voltearían y seguirían su camino.
Te llevaron a un cuartucho estrecho, porque ya no soportaban tu andar impreciso bajo la sombra de los árboles y la cima de la colina; te llevaron a empujones, porque sus secretos planes no te contemplaban. Estuviste fuera y ahora me dejas como recuerdo en la tierra, aquél árbol en el cual te conviertes para existir desde el principio de los tiempos, hasta la consumación de los siglos. Me has dejado la última esperanza de la humanidad para expandirla como grito de lucha por toda la tierra, y así nos habríamos de salvar algún día. Tus ojos se han cerrado junto con los míos, que no quise abrir hasta que pasara todo esto. No quise que fueras una de mis antiguas muertas, más bien quería que fueras mi árbol preferido.
Jamás oí tus palabras en vida, ni tus consejos ni tus retos, que han llegado a mí como tradición oral a través de las generaciones. Tus historias se han multiplicado con los años; tus dolores, tus hazañas, tu silencio. Por eso al momento de abrir mis ojos cuando todo había pasado, creí en la posibilidad de que estuvieras viva y muy cerca de mis pasos. Para mí te habías convertido en ese último árbol que plantaste en el centro del mundo. Te habías convertido en rayo de sol sobre las hojas; en gotas de agua bebidas por las raíces; en ráfagas de viento entre las ramas. Tu última palabra fue ésta, que habría de revivir después de muerta para propagarse hacia la humanidad como última esperanza, pero aquí nadie te ha querido escuchar. El olvido se ha anidado en sus tímpanos y los ha cerrado por la eternidad.


VI
(Las últimas risas)


Las últimas risas quedaron dando vueltas inconclusas, en el viento que pasaba de largo, sin darse cuenta de la ausencia de las bocas que las habían emitido. La improvisada casa en el árbol había desaparecido tiempo atrás, junto con la época de los juegos y la ansiedad. Ahora sólo quedaban las risas fantasmales que cada vez más el viento las arrastraba hacia otras latitudes. En su momento la misión era simplemente subir las tablas y clavarlas sobre la rama más firme; lo más difícil fue desclavarlas, porque los hombres recelosos repentinamente se adueñaron de la felicidad de esas risas. Entonces ahora sólo el eco en el viento podrá atestiguar el instante en que la casa se transformó en guarida, para ocultarse del tiempo y del miedo a la muerte. Los hombres jamás comprendieron aquellas escenas de la casa en el árbol, quizás porque nunca tuvieron una o porque simplemente no podían entenderlo. Las últimas risas de los niños han desaparecido con el viento. Y ahora sólo queda precisar el último episodio de la historia.


VII
(El último episodio de la historia)


El último árbol del mundo ha sido cortado por los hombres de estas latitudes. La noche anterior me había sentado sobre sus ramas para conocer las últimas imágenes acerca de nuestra historia humana. Los pensamientos se me revelaron como láminas fotográficas y pude ver el principio y el final de los tiempos. Los secretos de estas latitudes se me habían presentado por primera vez de una manera casi apocalíptica. Los hombres habían ocultado sus miedos bajo tierra y no querían que fueran revelados otra vez por nadie. Por esa razón se habían quitado una enorme carga que llevaban por años, cuando la santa madre de esta tierra había muerto hace dos días. Ahora quedaba el árbol como único recuerdo de sus ojos.
Esa noche pude ver las escenas que me hicieron comprender el trágico sacrificio de la memoria. Los hombres sospechaban que sus secretos habían sido revelados, y que tarde o temprano su final llegaría. Sobre las ramas de aquél árbol había descubierto el desenlace de todas estas traiciones y culpas; habrían de acabar con sus heridas pasadas. Con el primer rayo de sol los hombres dispondrían de la estrategia necesaria para derribar el árbol que había permanecido intacto, desde que la santa madre lo plantara. A pesar de sentir que sus secretos habían sido revelados, jamás sospecharon que en cada hoja de ese árbol estaban escritos sus nombres y sus pensamientos. Se olvidaron porque sí, de su voces infantes cuando subían a las ramas para hablar en silencio acerca del miedo al tiempo.
Muchos de ellos revelaron el odio de vivir en estas latitudes, tan apartado de las grandes civilizaciones. Otros simplemente callaron por horas, para grabar sus pensamientos en las hojas más escondidas. Pero esa noche descubrí una voz que concentraba todo su dolor en una pequeña hoja negra. La inolvidable voz de aquella memoria, reflejaba en cada palabra la desesperación, la soledad y la tristeza. Sus ojos requebraban en llanto al ver la sucia tierra en que vino a nacer, y a la inevitable muerte a la cual no estaba preparada. Esa pequeña hoja me reveló la voz de la santa madre en un arrebato de locura y necesidad; había perdido la paciencia y se encaramó un día a las ramas para buscar la solución a su angustia. Sus hijos la encontraron a la mañana siguiente a la sombra del árbol con el mutismo acuestas. Desde ese día sus carnes flaquearon y su rostro envejeció. El último episodio de la historia comenzaba a extinguirse.
Con el terror sobre las manos, los hijos quisieron sepultar el recuerdo de esa locura. No podía llegar nuevamente a sus vidas. Los árboles simplemente no nos escuchaban. Olvidaron todos esos episodios de sus mentes; de aquella vez cuando su santa madre les dijo que el último árbol que había plantado en el mundo, le había revelado su inevitable tragedia. Nadie creyó en sus palabras ni en las mías. La noche anterior había comprendido que mi idea era la última palabra que había pronuncia la santa madre. Con lágrimas la primera vez había corrido en busca de ayuda, pero nadie me creyó en lo que decía. Me silenciaron, jamás ningún árbol ha guardado las palabras y pensamientos de una persona ni menos de nuestra santa madre. Entonces cuando ella murió hace dos días, la tarea ya estaba clara, derribarían el árbol para evitar que la locura volviera a sus vidas. Hoy con aterradora precisión los hombres de estas latitudes han destrozado la última esperanza de la humanidad que mi santa madre que me había entregado como obsequio; el último recuerdo y su última palabra han desaparecido por completo.