El peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil después de haber atravesado los siglos; dejar que el sediento gigante de infancia volviera para arrastrarse y destrozarlo dormido, porque no habría más que soñar. Sería un error permitirlo. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, ya no es el ingenuo miedo que solía sentir encaramado a la pandereta porque no habría más higueras que subir. Ahora es una hipótesis, que madruga para evitar sentirse dentro de un pez que nada contra la corriente; evitar sentirse viejo, mecánico, lineal, funcional, inconstante varón rampante. Para ello permanece despierto con las ideas que aprendió siendo príncipe de las palabras, infante morador de las tinieblas del conocimiento cósmico de la trascendencia; ese alguien que su madre no comprendió nunca. En ese momento soñó por vez primera. En el intento se volvió de piedra y luego cayó. A lo lejos alcanzó un ritmo certero, pero fue complejo: Quiso alzar la voz para escapar; quiso congeniar los dedos con la mano, para repetir el movimiento y la postura, y así olvidar que otros viven sin entusiasmo, provocar un tumulto de ideas y conservar la memoria intacta, a lo lejos alcanzar ese ritmo era complejo. No desistió, buscó la forma de evadir el olvido de la genialidad, que se iba perdiendo en cada uno de sus seres. Sintió que era especial, sabía que lo lograría; el reino de las palabras melódicas era su destino, y así alcanzaría la trascendencia de la humanidad. De perder la magia del sueño, los rastros oníricos del mítico trayecto a la gloria, el gigante volvería sediento y como aquella serpiente malvada, destruiría el viaje emprendido por el pequeño príncipe de planetas lejanos. Sería un error quedarse dormido. Por eso piensa en aquella mujer que se olvidó de esta tierra y que tampoco pudo escapar, dormida yace dentro de un gran pez, muerta junto al agua. Su memoria se volvió frágil después de haber contado los sueños que le quedaban, mientras el sediento gigante se aproximaba al desenlace inevitable. En la vida nadie te enseña a soñar, a traspasar la realidad inmediata de la masa, para luego convertirse en dueño de nuestras peripecias artísticas. Al recordar esa figura femenina de infancia, recuerda también la vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, la fuerza casi mágica para derrotar al miedo ingenuo de las higueras, la inocencia del juego para convertirse en hombre despierto hasta que llegara la hora. De volverse príncipe de las palabras. Bien supo desde siempre que los sueños le permitirían alguna vez iniciar el viaje anhelado, desde los juegos y rituales, hasta la coronación en la cima de los árboles. Por eso buscaba las alturas de la pandereta, de las higueras; y por eso desafiaba a los gigantes. La vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, quería superar el ingenuo miedo de las alturas; entonces cayó sobre la tierra con los pies extendidos y fue en busca de la superación y la victoria. Ahora sabe que el peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil, después de haber atravesado siglos de mágicos viajes por las estrellas. Aceptar la vida porque no hay más que soñar. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, el resto son historias de sueños pasajeros y viajes sin retorno.

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