martes, 5 de febrero de 2008

La corporación


Cruzó un largo pasillo mal iluminado en el 3º piso, con la idea fija en su cabeza desde hace unos días. Al llegar hasta el final de éste, se encontró con una puerta estrecha, la cual abrió con cuidado para dirigirse hacia el interior de un cuarto pequeño:

- Quiero renunciar – Dijo en forma seca y directa.
- Me temo, que no hay forma alguna – Le respondió la voz de un hombre calvo sentado en una diminuta silla en el centro del cuarto.

Cuando sus ojos se reflejaron en los lentes del funcionario ahí sentando, comprendió la expresión que tendría su rostro al escuchar esa respuesta tajante. Mientras caminaba por el pasillo, recordó los detalles de la bienvenida que le dio la corporación, y al momento de entrar por esa puerta, supuso que la despedida no sería lo mismo. El funcionario así se lo expresó; no se les permitía a los clientes abandonar lo que tiempo atrás habían prometido resguardar. Por eso no dudaría jamás en las respuestas que debía entregar a todos los que se dirigieran a esa recóndita oficina en el 3º piso. El cuarto se hallaba semioscuro y tan sólo poseía como decoración en un rincón, un botellón con agua. En esa desolada habitación ni en ninguna otra del edificio, había forma alguna de renunciar con vehemencia, obviando las deudas y delitos que quizás estaba en su contra. Era imposible escapar de los planes de una corporación tan poderosa como aquella.

- No se puede renunciar – reiteró el funcionario sin expresar duda alguna.
- Quiero renunciar
- No hay forma alguna; no está dentro de nuestros planes que ud renuncie.
- ¿Por qué no puedo renunciar? – Preguntó inquieto el sujeto.
- Porque nosotros hemos invertido en ud; nos debería mucho dinero y no queremos arruinarle la vida.


La idea de renunciar a los servicios de la corporación había consumido su existencia. Siempre supuso que no lo soltarían tan fácil como hablar con un imbécil de lentes y luego llegar casa sin contrato encima. Pensaba en la forma de deshabilitar ese contrato de alguna forma; pesaba sobre sus espaldas la ingenuidad que poseía del mundo, qué mal habría en firmar un documento que ofrecía su bienestar. Siempre te muestran la mejor cara, y luego te arruinan la vida. Tan sólo quería terminar la conversación con el funcionario a cargo de esa oficina para salir por la puerta e idear un plan urgente de salvación. Mientras pensaba en todo esto, el funcionario le había quitado la mirada de encima y se disponía a levantarse de su silla para buscar un poco de agua. Llevaba horas esperando la llegada de un hombre con agallas para separarse de la compañía.

- ¿Necesita algo más? – Preguntó el funcionario, mientras caminaba hasta el botellón de agua.
- Quiero renunciar - Insistió
- Ya le dije que eso no es posible.
- Debe existir una forma de anular el contrato, quizás firmar otro documento, ir a otra oficina o hablar con alguien más.
- No es posible su petición, señor. Ahora si me disculpa debo beber un poco de agua.
- Antes debe responderme, sí existe una salida. Sería capaz de cualquier cosa por obtenerla

El funcionario con una sonrisa en los labios, miró al techo por un par de segundos. Luego tomó un vaso de plumavit, abrió una pequeña llave azul del botellón y lo llenó con agua. Bebió hasta el fondo. Lo hizo tres veces más sin ningún apuro.

- Ya que insiste tanto; existe una salida – dijo acomodándose el pantalón y los lentes.
- ¿Cuál es? – Preguntó ansioso el sujeto.
- Antes quiero saber algo
- ¿Qué cosa?

En esos momentos no se escuchaba ningún ruido, ni siquiera el sonido de ambas respiraciones, Era un silencio desesperante, que se prolongó un poco más con la mirada enigmática del funcionario. Esta conversación jamás debió suceder. Sus roles habían traspaso cualquier compromiso capitalista; ahora eran dos hombres jugando a los misterios. El funcionario tras segundos de mutismo y con la mirada fija en su cliente, preguntó:

- ¿Qué estaría dispuesto a hacer para recuperar su libertad?
- No sé a qué se refiere concretamente- Manifestó con distancia
- Me refiero, ¿Estaría dispuesto a matar para desafiliarse de esta compañía?

No supo cual fue su respuesta. No supo si lo dijo o lo pensó. No supo tampoco si alguien más escuchaba esta conversación. Quizás había una conspiración en su contra. Tal vez todo esto había sido planeado; las deudas, los delitos, el edificio, el pasillo, el funcionario, la silla, el botellón con agua. La corporación estaba al tanto de todo, de lo que pensaba hacer si no podía renunciar, de lo que era capaz y de lo que no también. No podía matar a nadie. Eso era condenarse. Y ¿ya no lo estaba con la firma de ese contrato? ¿Qué diferencia había? Pero jamás había matado a alguien. ¿Esa era la salida que le ofrecía? ¿Qué clase de compañía te ofrece como salida matar a una persona? Sólo la mafia. Y ¿Estas compañías no lo eran? Lo habían hecho firmar un contrato del cual no podía renunciar, y para obtener la salida, debía matar a una persona, o quizás a más. Eso es la mafia.

- Le ofrezco una generosa salida- pronunció el funcionario, mientras volvía a sentarse en la silla.
- ¿A quién debo matar?
- Tranquilo, aún no entremos en detalles, tan sólo quiero que charlemos.

No podía seguir con este extraño dialogo. Necesitaba saber cuanto antes de que se trataba la generosa salida, y si realmente era generosa esa posibilidad. Los clientes solían concurrir al 3º piso para manifestar sus reclamos, pero jamás nadie atravesó ese pasillo mal iluminado y entró por esa estrecha puerta, para hablar con un hombre calvo de lentes y corbata. Este caso era distinto; nadie podía renunciar a la inmensa entrega de servicios que significaba la corporación. Su vida había cambiado en cuanto firmó un contrato de cuatro hojas. La corporación prometió arreglar su situación en el menor tiempo posible. Por eso cuando los problemas resurgieron y no había señas de funcionarios por el sector, la idea de renunciar vino directamente a su cabeza. Pero la salida no estaba permitida a ningún cliente, el funcionario bien lo sabía.

- Ud es un caso especial, por eso consideraré su petición. Pero no se apresure, para obtenerla deberá hacer lo siguiente.

El funcionario conocía cada una de sus palabras, sabía a lo que tenía que llegar. Por eso no dudaría en explicar los procedimientos que el cliente debía realizar para conseguir su renuncia. Ansioso de escuchar lo que el funcionario iba a ofrecerle como salida, había olvidado por completo los momentos que vivió siendo prisionero de la corporación. No quiso recordarlo o bien ya se sentía fuera de todo esto, al darse cuenta que estaba dispuesto a matar si fuese necesario. Pero presentía algo raro en el funcionario. Lo venía sintiendo desde que entró en el edificio; como si todo estuviera preparado para no dejarle ir. Eran profesionales, no esperaba menos de ellos. El funcionario sonaba convincente; tal vez la desesperación del sujeto por liberarse de la corporación lo hacía todo más fácil.

- Deberá hacer algo por los dos- Dijo el funcionario con un tono irreconocible.
- ¿Qué hay de la corporación?
- La corporación no permite renuncias, no está permitido
- Entonces, ¿Qué debo hacer por ud?

Jamás nadie había querido renunciar en esta compañía. El terror que generaban sus estrategias era demasiado grande como para salir por la puerta sin mirar atrás. Eso bien lo sabía el funcionario. Quizás eso lo motivó a entregarle una mínima posibilidad de salvación, sin obviar el truco que siempre hay detrás de las grandes compañías. Entonces sin dudar, el funcionario le entregó la siguiente oferta:

-Deberá asumir los cargos de un asesinato.

No supo entender esa petición. Se quedó inmóvil y pensativo unos segundos, mientras el funcionario lo miraba atento, estudiando detenidamente la preocupación de su cliente. Era difícil adivinar el truco que había detrás de esa descomunal petición ¿A quién debía asesinar? O bien ¿A quién asesinó y por qué razón? No pudo suponer qué era peor, si asumir un delito que no cometió o cometer el delito en cuestión. O Bien, permanecer amarrado a la corporación con deudas inexistentes o huir como prófugo de un asesinato, que pudo no cometer. No sabía si era una solución o si la vida se le complicaba más, tan sólo quería saber cuál era el truco detrás de esto

- Yo no he matado a nadie – Dijo casi sin voz
- Lo sé, pero si ud asume esos cargos, quedará libre.
- Pero de asumir algo así, quedaría preso. No es eso peor qué haber contratado sus servicios.
- Eso no sucederá; tan sólo tiene que firmar un documento y luego dejar sus huellas digitales en el arma. El resto déjemelo a mí.
- Al menos puedo saber quién es el verdadero asesino.
- De asumir los delitos, ud lo sería. De no hacerlo, ud quedaría sin renuncia.
- ¿Y cómo morirá la víctima?- preguntó con vierto escepticismo el cliente
- Ya está muerta, le disparaste un tiro en la cabeza.

El funcionario se levantó nuevamente de la silla y salió de la habitación dejando atrás a su cliente. Antes de salir le había dicho que bebiera un poco de agua del botellón, que no era tan mala después de todo. Una vez que estuvo solo, el cliente se dirigió hacia la única ventana que había para observar el entorno del edificio; jamás había podido ver la cuidad desde un 3º piso, ahora era el momento. Las cortinas rojas de la ventana, daban esa impresión semioscura de la oficina que había presenciado desde un comienzo; así que las abrió de par en par para iluminar la habitación y sentirse más seguro. Desde ahí no podía verse mucho; tan sólo un estacionamiento vacío y unos pequeños ciruelos. El resto del paisaje eran sólo techos y terrenos deshabitados. En ese transcurso de tiempo, el funcionario subió hasta la azotea del edificio por las escaleras de emergencia. Sin perder la calma se dirigió hasta un bulto que había tapado con un plástico azul. Tan sólo quería cerciorarse de que todo estaba en orden y de que el cadáver no se había ido a ningún lado. El funcionario con la misma tranquilidad de siempre, tomó un maletín que se encontraba justo al lado del bulto. Lo abrió y en el interior aún estaba los documentos requeridos por la corporación. El revolver lo había guardado antes de que supiera lo que había sucedido. El cliente esperó impaciente los 30 minutos que se demoró en llegar el funcionario. Cuando éste entró por la puerta, no se percató que la oficina estaba más iluminada; tan sólo se sentó en su silla habitual y puso el maletín sobre sus muslos. El cliente se encontraba sentado en el suelo, y cuando observó el maletín se levantó al instante.

- Aquí tengo su salida, señor. – Dijo el funcionario mirando fijamente a su cliente.
- ¿Qué debo hacer? – Preguntó incrédulo el sujeto.
- Dentro de este maletín, se encuentra el arma del crimen y la confesión posterior del asesino.

El cliente sin entender demasiado, se atrevió a preguntar:

- ¿Cuál es el truco?, me parece demasiado fácil este asunto.
- No hay truco alguno; ud firma la confesión y luego deja sus huellas en el arma. Yo me haré cargo del resto.

El sujeto no quiso entender a esa altura lo que estaba sucediendo entre ellos dos. Parecía en shock, pero la simple idea de obtener la renuncia despejaba su mente de cualquier engaño. Jamás sabría a quién había asesinado ni por qué; no quiso leer el documento, tan sólo tomó el revolver y le apuntó al funcionario como si realmente fuera asesinarlo. Pero sólo dejó sus huellas que lo implicarían en un delito que no cometió. Quizás esto era un juego para meterle miedo. Pero no quiso elaborar teorías ni resolver el misterio; no tenía agallas para jugar al detective, para él era un crimen perfecto. Al salir, el funcionario sonrió, parecía aliviado de una carga que llevaba hace horas. Jamás pensó que alguien accedería a tales peticiones, ni por más que quisiera renunciar a la corporación. Ni siquiera tuvo tiempo de conseguir otra oficina para hacer más creíble el asunto, pero la desesperación del sujeto, lo había hecho todo más fácil. El cliente cuando caminaba por el pasillo quiso repentinamente observar la cuidad desde un 4º piso; era el edificio más grande del centro y quería ver por última vez antes de huir del país, el paisaje completo. Subió por las escaleras de emergencia hasta la azotea; sintió el aire fresco de una falsa libertad. Pudo ver la ciudad entera con sus pequeñas tiendas y sus millones de clientes, condenándose día a día con numerosos contratos y compras. Tal vez no era el único infeliz que buscaba una renuncia en todos estos pomposos edificios. Absorto en estas ideas, no se percató del cadáver que yacía cubierto con un plástico azul desde el mediodía. Sólo se dio cuenta cuando el funcionario, con el rostro compulsivo, le apuntaba con el revolver desde la entrada. En un momento de distracción vio el bulto tirado en el suelo, la sangre ya se había secado.

- No debió subir hasta acá, señor. Ahora su salida se ha complicado.

El cliente no pudo comprender a tiempo, lo lejos que llegarían las estrategias de la corporación para no permitirle la huida. En los ojos del funcionario vio el terror y la masacre de toda esta situación; claro está que la víctima en el suelo había pasado por lo mismo horas antes. Un cliente más en busca de una renuncia o quizás algo peor; pero eso nunca nadie lo sabría, sin testigos, parecía un crimen perfecto.

- Tan sólo vine a renunciar
- Me temo, que no hay forma alguna – Volvió a reiterar como la primera vez.
- Prometo que no diré nada, y me largaré del país.
- Yo sé que ud no dirá nada. Lo lamento mucho, señor. Pero hasta aquí llegaron sus asuntos con esta corporación. Al menos ya no sufrirá más.

Podría haberse anulado ese contrato antes de que todo esto sucediera. Pero eso no era posible. Tuvo que seguir el procedimiento. Dirigirse al edificio, subir al 3º piso, caminar por el pasillo, hablar con ese funcionario y esperar una solución que no existía. Todo había sido un fraude. Firmó un documento que jamás consistió en una confesión; era el documento de otro cliente, el de la víctima que yacía en el suelo. Jamás podrá saber de que se trataba, no quiso leerlo, tan sólo firmó porque estaba desesperado. Tan sólo volvió a mirar el estacionamiento de reojo; había un auto, al menos alguien podría escuchar el tiro. El funcionario sin dudar, presionó el gatillo del revolver por segunda vez en el día. Ahora su vida se complicaba más. Debía justificar dos cuerpos en la azotea; no perdió la calma, sabía que alguien tarde o temprano llegaría a su oficina para renunciar. Tan sólo debía esperarlo, tal como le enseñaron lo superiores de la corporación.

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