Casi todos los fin de mes llega temprano a la casa de su abuela. Hoy 31 de enero a las 3 de la tarde camina por la plaza casi vacía de gente. Se detiene en la esquina y mira para al frente donde lo espera su abuelo en la otra cuadra. Cruza la calle, con sus jeans negros, una polera blanca con un logo extraño y unos lentes oscuros. Saluda a su querido tata, mientras sus zapatillas se llenan de tierra. La abuelita está sentada en una banca, observando borrosa entre medio de la reja de madera barnizada. La besa en su blanca cabellera, y al oído le dice hola. La frecuencia del audífono es alta, así que ella responde el saludo y estira su mano huesuda con algunos moretones. Le ofrece una taza de té y unas galletas, sólo acepta las galletas. A fin de junio aceptaría con un gusto esa taza, pero estamos en enero, a las 3:20 de la tarde.
Se saca los lentes para entrar por un pasillo oscuro al living de la casa; los mismos sillones, la misma mesa de centro, las mismas fotografías. El tiempo parece haberse congelado en este espacio. En algún punto de la vida todos dejaron de moverse y se quedaron con lo que encontraron al paso. Estas fotos comprueban aquella teoría. En qué momento la risa se detuvo y qué decisión provocó esta ancha línea recta.
Se acomoda frente al televisor apagado y su figura se refleja en él. Su tata le trae el control remoto y el paquete de galletas. Una a una las va comiendo, mientras su abuela en el sillón grande permanece en silencio. Se enciende la tele, comienza la telenovela: su abuela no distingue la trama, ni las actrices ni los comerciales. Se pierde cada vez que sale a comprar a la vuelta. Permanece callada, como esperando una palabra…
Se saca los lentes para entrar por un pasillo oscuro al living de la casa; los mismos sillones, la misma mesa de centro, las mismas fotografías. El tiempo parece haberse congelado en este espacio. En algún punto de la vida todos dejaron de moverse y se quedaron con lo que encontraron al paso. Estas fotos comprueban aquella teoría. En qué momento la risa se detuvo y qué decisión provocó esta ancha línea recta.
Se acomoda frente al televisor apagado y su figura se refleja en él. Su tata le trae el control remoto y el paquete de galletas. Una a una las va comiendo, mientras su abuela en el sillón grande permanece en silencio. Se enciende la tele, comienza la telenovela: su abuela no distingue la trama, ni las actrices ni los comerciales. Se pierde cada vez que sale a comprar a la vuelta. Permanece callada, como esperando una palabra…
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