martes, 13 de marzo de 2007

En busca de los sueños y la memoria.



El peor error que Chave podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil; que el sediento gigante de infancia se arrastre y lo destroce dormido, porque no hay más que soñar. Sería un error permitirlo. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, ya no es el ingenuo miedo que solía sentir encaramado a la pandereta porque no habría más higueras que subir. Ahora es una hipótesis, que madruga para hacerlo sentir dentro de un pez que nada contra la corriente; parecerlo viejo, mecánico, lineal, funcional, inconstante varón rampante. Chave una vez quiso ser príncipe de las palabras, infante morador de las tinieblas; quiso ser alguien que su madre no comprendiera. Soñó. Se volvió de piedra y luego cayó. A lo lejos alcanza un ritmo, pero es complejo: de alzar la voz para escapar, congeniar los dedos con la mano, repetir el movimiento y la postura, olvidar que otros viven sin entusiasmo, provocar un tumulto de ideas y conservar la memoria intacta, a lo lejos alcanzar ese ritmo es complejo. De alcanzar un sueño, el gigante volvería sediento y como aquella serpiente malvada, destruiría el viaje emprendido por el pequeño príncipe. Sería un error quedarse dormido. Por eso Chave piensa en aquella mujer que se olvidó de esta tierra y que tampoco pudo escapar, dormida yace dentro de un gran pez; piensa, pero no lo recuerda. Chave no recuerda la vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, la fuerza casi mágica para derrotar al miedo ingenuo de las higueras, la inocencia del juego para convertirse en hombre despierto hasta que llegara la hora. De volverse inútil. El peor error que podría cometer, sería dejar que la memoria se volviera frágil, y aceptar la vida porque no hay más. Chave escucha la canción, mientras escribe en un papel: mis sueños se han perdido, así como no poseo memoria intacta, tampoco puedo escapar.

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