sábado, 27 de octubre de 2007

Get up and dance like it Jhonny juanito


Juan Dímas Castro bailó por última vez, a pies descalzos y totalmente borracho, el jueves pasado en pleno centro de la ciudad. Luego tomó un taxi y se dirigió a su casa, donde permaneció en silencio hasta el día de su muerte. Escuchó durante tres días un viejo disco de Jhonny Cash, mientras su cuerpo se desvanecía, así como sus sueños de rockanroll, evaporados en pequeños festivales tras bambalinas. Ahora sólo queda el recuerdo del mítico “Jhonny juanito” en la memoria colectiva de las personas; Aquella enigmática figura que solía romper los esquemas musicales con sus desafinadas tonadas en armónica, y los aullidos bluseros, que sin pensarlo excitaron a más de alguna chica que lo miraba. Jhonny pasó sus últimas horas en silencio, acostado sobre un viejo catre, escuchando los discos de Cash, que tantos recuerdos traía a la memoria, sin duda los que marcaron su desconocida carrera.
La vez que la gente supo de Jhonny juanito, lo vieron bailando descalzo y sin polera, un domingo por la tarde en el centro de un parque. Se encontraba saltando con el pelo mojado, mientras un fuego extraño quemaba muy dentro de su alma. Había perdido los sueños que tiempo atrás pretendía concretar, para así alcanzar la trascendencia que tanto anhelaba. No podía olvidarlo, aún su mente seguía en pánico por la agónica decepción del rockanroll. Sin embargo, la gente se acercaba hipnotizada, para contemplar a Jhonny juanito, desconociendo la miseria en que vivía. La multitud no podían responder a este repentino magnetismo que sentían por la extraña figura que estaba frente a ellos. De un momento a otro, Jhonny juanito comenzó a mover la cabeza velozmente en ambas direcciones, mientras tocaba una guitarra invisible con sus uñas largas. Cantaba algo intraducible, como si estuviera poseído por alguna fuerza maligna. La gente lo miraba de todas formas. No podían creer tal puesta en escena.
Si hubiera llevado puesto un terno o alguna ropa estrafalaria, y sus manos hubieran sostenido algún instrumento estrambótico, de seguro el magnetismo habría crecido transformándose en una inminente “Jhonnymanía”; pero la multitud no podía catalogar tamaño espectáculo, tan sólo se dejaban llevar atónitos por el impacto. La gente alrededor de Jhonny Juanito, no soportó verse en esa situación tan descontrolada, así que perplejos algunos optaron por alejarse y no mirar lo que habían dejado atrás; quizás la última manifestación espontánea del rock, o tal vez un simple ciudadano harto de la realidad, que buscaba la manera de encontrarse en el mundo. Jhonny juanito, recordaba en pleno éxtasis la primera vez que bailó, con zapatos de charol y una chaqueta blanca, hace un par de año en cierto festival de la zona. Lo recordaba porque esos años marcaron sus orígenes, y el inicio del viaje sonoro a través de la memoria colectiva, de un muchacho que lloró tras bambalinas al perder la fe en la música, debido a la miserable existencia que lo condenaba.
Juan Dímas Castro bailó por primera vez, con zapatos de charol lustrados y una chaqueta blanca, hace un par de años cuando imitó a Elvis en un pequeño festival a un par de cuadras de su casa. Con el pelo engominado y las caderas alocadas, quiso conquistar a la audiencia y así ganar la trascendencia, que cada día ansiaba. Pero el jurado, conformado en su mayoría por mujeres cuarentonas, prefería a los artistas italianos con sus baladas anticuadas, así que la derrota no fue gran sorpresa. La decepción no fue tan grande, así que siguió bailando, pero con Presley sabía que no ganaría. Entonces, optó por el legendario Jhonny Cash, y aquel country que disfrutaba en las viejas tardes libres, cuando se encerraba en su pieza. También sabía que no contaba con caderas alocadas, así que buscó alguna cualidad para resaltar en su personificación y así conseguir la gloria. Cambió su camisa blanca por una negra, y la sonrisa seductora por unas gafas oscuras. Ya no cantaría acerca del amor y la traición, esta vez lo haría para describir los sucesos que lo llevaron a prisión.
En la siguiente versión del festival, las nuevas tendencias musicales imperaban en sus concursantes, pero Jhonny llegaba a romper esquemas. Entusiasmado y un poco nervioso, se sube al escenario con sus gafas oscuras y la actitud de rufián. Con la guitarra de palo enganchada con un elástico al cuello, improvisó algunas notas musicales que parecían ser de “Cocaine Blues”. Con el nerviosismo acuestas fijó su vista en el público y la pasión quemó sus dedos que golpeaban las cuerdas; comenzó a sangrar, pero la adrenalina secó sus heridas. Tocó de principio a fin la canción; recibió tres aplausos y nuevamente perdió en último lugar. La decepción del rockandroll esta vez cayó hondo en él, mientras su existencia tendía a desaparecer con el sudor tras bambalinas, como si perteneciera a un sueño. Se sentó sobre la tierra, sacó un cigarrillo y lo fumó con la mirada enterrada en el suelo.
Pensó en correr y esconderse para siempre, pues no es fácil vivir con esta necesidad que surge de muy dentro, para convertirse en una vociferante respuesta al mundo o bien en una tímida escapatoria ante la vida. Tan sólo siguió el curso de sus miedos, regresó a casa en silencio y se acostó. Durante tres días fumó cigarrillos sueltos, y bebió roncola. Tiempo después en un parque inició su adicción a la cocaína, con los sueños por el suelo y la garganta desgastada. “No me educaron para ser un rockstar”, pensaba mientras caía profundamente en el alcohol y las drogas. Tan sólo podía preciar como la trascendencia se alejaba cada vez más, y como sus manos se desgastaban, se hacían viejas. Tras concurrir varios días al parque, su suerte cambió de la noche a la mañana. Nadie supo muy bien que lo motivó a seguir bailando un par de años más; tal vez había conseguido sacarse la rabia por un instante y olvidar la decepción en el mundo.
Cuentan, ciertos fans de Jhonny, que una tarde tirado en el pasto, una robusta figura se acercó a él y lo miró desde arriba. Parecía un rostro familiar, pero en ese momento Jhonny juanito, comenzaba a bajar desde las alturas, mientras la paranoia se apoderaba de su mente, y quizás pudo haberlo imaginado. La extraña sombra se detuvo ante el muchacho; y éste empezó a patearlo levemente. Entonces aquella figura con voz ronca le dijo: “Get up and dance like it Jhonny juanito”. Sin entender nada, Jhonny se levantó y se quitó la decepción de la cara. Jamás supo lo que significaba aquella oración misteriosa ni a quien correspondía esa robusta sombra, tal vez había alucinado, pero desde ese día sus piernas no pararon de moverse eléctricamente. Cuando dejó la cocaína, jamás pudo dejar el alcohol. Borracho concurría al parque, se sentaba un par de minutos en el prado y luego comenzaba a bailar.
Cada vez que lo hacía, recordaba la mítica frase que le permitió levantarse y continuar con la fiebre del rockanroll. Por esa razón, la vez que la gente supo de “Jhonny juanito”, Juan Dímas Castro bailaba con un extraño fuego en el alma que hipnotizaba a cualquiera, mientras sus palmas marcaban el ritmo de sus pasos y su desafinada voz repetía la oración que había escuchado tiempo atrás:”Get up and dance like it Jhonny juanito”. La multitud jamás olvidó aquel espectáculo, a pesar de que algunos nunca supieron los detalles de la muerte de su ídolo. La trascendencia llegó al fin, cuando la gente empezó a difundir su leyenda. Las historias variaron de boca en boca, pero todas afirmaban la grandeza de Jhonny juanito, que se levantó y bailó por décadas. Las cinco personas que estaban en el funeral, ansiaron de corazón que Juan Dímas Castro se levantara y bailara por última vez frente a sus ojos. Para que así, sus vidas tuvieran algún sentido. Quizás cuando nacería otro Jhonny juanito, otro sujeto con tal espontáneo fuego rockanrollero. Ellos bien lo saben. Eso no sucederá jamás, porque nadie más trascenderá en nuestras vidas, como lo hacían los grandes artistas del rockanroll en décadas pasadas.

lunes, 15 de octubre de 2007

Morrissey - Boxers

La impredecible derrota..."Knockout"


El héroe da un golpe certero en la quijada del rival y éste cae al suelo en un aparente “Knockout”. La conmoción se apodera de la audiencia expectante, mientras abre los ojos para mirar el cuerpo tendido de su oponente en el cuadrilátero. La inminente victoria es una impredecible derrota por Knockout. El héroe cierra los ojos con el ácido del sudor que cae desde la cabeza, y espera a que el simulacro se detenga para que las garras de lo evidente lo dejen en ridículo frente al público de esta noche. Las luces se posan sobre el rival recostado en siesta, que tras 6 segundos de expectación se levanta y vuelve a la batalla. El héroe es un pésimo actor, así que se posiciona nuevamente en actitud de lucha, a pesar de que debe caer en el tercer round según el grito ronco que lo amanzana desde la tribuna. El golpe certero más bien es un boleto de ida hacia la apariencia de la victoria, es decir, la impredecible derrota que la audiencia comentará en sus crónicas. La quijada del oponente se incorpora al espectáculo con una sonrisa de celuloide americano, ensangrentada y falsa. El héroe impávido ya no recuerda en que round va la pelea, tan sólo espera el tercero, cuando sus ojos enormes deban caer al suelo, para que el mafioso de la cuadra cobre su boleto a la victoria en una maldita pelea arreglada.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Violeta Parra- Qué dirá el santo padre

El Brujo


Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto. Ese instante casi mitológico, pero más bien supersticioso, se le había presentado como una imagen estancada en el retroproyector de los ojos. Como si todos los demás segundos hubieran seguido su orden cronológico uno tras otro, pero un segundo congelado provocó todo el pánico. El Brujo buscaba la mirada de algún transeúnte para aprisionarlo a la intriga y luego al desprecio de un ser diferente, y así demostrar que su palabra valía más que una moneda. Los harapos del brujo provocaban esa impresión, pero su boca desdentada en cambio generaba compasión y compromiso con el ser humano. Un compromiso de postal como todos saben. Él conocía a la gente que tímidamente miraba de reojo para pretender lazarle una moneda, o bien escuchar lo que tenía que decir el pobre payaso. Los conocía como la palma de su mano, por eso controlaba sus destinos.
El brujo milagrosamente comenzó a retroceder el tiempo: “muerte…domingo…abro los ojos…sangre…me lo anunciaron”. El brillo celeste de sus ojos fijos envolvía a la gente que quería huir de sus garras. Un hombre no quería mirarlo y escucharlo; lo hizo y el sudor bajó por su cabeza; sintió pánico. Caminó con paso acelerado, se subió a su auto. Cuando quiso llamar a sus hijos, el celular saltó por la ventana junto a su oreja y cuerpo; se arrastró por el suelo, su auto se volcó y atropelló a seis personas. Todos murieron. El brujo se lo había advertido, pero todos se rieron. Una mujer lo miró de pies a cabeza, caminó unos metros y saludó a un hombre que la esperaba. Cinco minutos más tarde la sorprendió su marido; dos días después la sepultó en el patio. El brujo se lo había advertido, pero todos rieron.
El zumbido de su voz parecía entrar en sus oídos. Pero cómo saber si no es un loco o enfermo. Y qué hacer cuando sea revelado el destino. Si mañana muere, no podría hacer nada. Mejor no mirarlo y escucharlo. El brujo cerró los ojos y dio una voltereta en el aire como un mago pirotécnico. Una vez en el suelo comenzó a contar una fábula campesina acerca de dos hombres y el diablo. Un árbol se incendió, los hombres corrieron y la gente habló décadas de satanismo. Piensa: el diablo existe. Y por qué no, si por alguna razón los cristianos tienen pánico. Se sienten solos, no ha venido su cristo. No quiere mirarlo, ni despreciarlo o sino su destino sería revelado y la sangre correría por sus sienes. El brujo guarda silencio, mientras la gente aprovecha este momento para volver a su rutina sin faltarle el respeto. El brujo abre los ojos, y su brillo celeste lo aprisiona a la inquietud y el miedo. Su voz es clara, así que inicia un nuevo cuento: “Me advirtieron que caería con sangre un día domingo y moriría en el momento”. Se distrajo un instante y el brujo había desaparecido. Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto.

lunes, 8 de octubre de 2007

La Prisión (Capítulo III - El misterio del perro Trueno)

Dudó en atravesar el oscuro camino que une la reja de madera y la casa iluminada con una sola ampolleta de 75 watts. La urgencia de la visita le provocaba pasar por alto esa duda para llegar hasta donde su viejo camarada. Un extraño miedo se apoderaba de él al recordar que aquél camino era vigilado por el famoso perro Trueno, que debe su fama a las innumerables víctimas que han caído en sus colmillos. Por eso duda, porque Trueno podría estar escondido en cualquier rincón de la propiedad esperando atacar nuevamente. Con mucho sudor camina en dirección a la casa.
Su enorme figura podría salvarlo de una feroz mordida, pero su paso lento no le permitiría llegar con vida a su destino. Intenta descubrir los ojos brillantes del canino y así ganar su confianza con algún gesto amigable, pero sólo hay oscuridad. Metros más allá grita para que su camarada salga a su encuentro. El nerviosismo crece al no ver respuesta. Así que vuelva a gritar. El viejo camarada abre la puerta de su casa y sale a buscar a su amigo, que con el rostro más tranquila se acerca lentamente. Entonces sus nervios vuelven a paralizarse cuando el camarada grita ¡Trueno! ¡Retírate!, impávido se da cuenta que el famoso perro venía sigilosamente siguiendo sus pasos sin provocar ruido alguno. Los ojos brillantes se pierden en la oscuridad tras el grito de su amo, mientras los hombres se saludan nerviosamente…
Con el miedo acuestas intenta abrir la puerta. Con una vieja técnica fuerza la cerradura, mientras el ruido del formón y el martillo no parecen despertar a las dos perras adormecidas con diazepán. Una vez adentro de la casa con una pequeña linterna comienza a buscar lo que salvaría su vida de la miseria. Si tan sólo supiera con certeza dónde se encuentran esos registros, su suerte cambiaria. El nerviosismo crece, tanto así que choca con un enorme sofá cayendo secamente al suelo. Por unos momentos pensó en ir al médico, este desequilibrio motriz lo estaba hartando, por poco y todo se viene abajo. El dueño de esta casa no tardará en llegar así que manos a la obra. Al ingresar en una de las habitaciones, registró los cajones de todos los muebles que encontró sin hallar los malditos documentos. La desesperación crece y el tiempo se acaba. Busca a oscuras en los lugares menos pensados, hasta que por fin dan con los documentos en una caja bajo la cama. Duda si realmente sean los documentos que busca, ya que pensaba demorarse horas antes de encontrarlos en una simple caja. Con la linterna hojea las principales planas y se cerciora de que se tratan de los famosos documentos verdes, que implicarían a los más grandes nombres de la ciudad en el problema. Una vez que los obtiene consigue salir por la puerta para iniciar el retorno a su guarida. Con el rostro fruncido para expresar seriedad, se echa a correr por las calles del barrio vecino…
Desde la ventana observa a Truena que está recostado cerca de la casa. Su amigo lo tranquiliza diciéndole que el animal ya lo ha reconocido, que no lo morderá sino lo incita. Los viejos camaradas charlaron por varios minutos acerca de la manera para ocultar su participación en el problema. Mientras conversa, disfruta de una barra de chocolate que su viejo camarada le obsequió, entonces recuerda que su sobrino vendría hoy de visita, así que inmediatamente intenta levantarse para coger el teléfono y pedir un taxi. No alcanza a realzar este movimiento cuando el teléfono comienza a sonar y rápidamente es contestado por el viejo camarada. Con el rostro complejo le extiende la llamada al tío que con preocupación se levanta y contesta, mientras trata de buscar la forma de comunicarse con su sobrino.
Sabía que su tío no estaría en casa, siempre tenía algo que hacer, así que decidió esperarlo afuera. Prendió un cigarrillo de marca extraña que había comprado a mitad de precio. Una vez que acabó de fumarse el cigarrillo intentó saltar la reja de la casa. Le parecía extraño que las dos perras de su tío no salieran al encuentro, éstas ladraban con cualquier ruido. No alcanzó a llegar a la puerta cuando un auto se detuvo frente a la casa. Le provocó cierto nerviosismo este suceso, así que se ocultó tras unos arbustos que había en el jardín. Eran cuatro hombres con sombreros extraños e inmensos abrigos grises, que misteriosamente observaban la casa. Uno de ellos se bajó del auto. Llevaba puestos unos lentes de sol y tenía un bizarro bigote. Era el chofer del auto. Se acercó a la reja para verificar si se encontraba abierta, entonces parecía dispuesto a saltarla. Los otros tres hombres miraban inquietos desde el auto, mientras encendían la radio. Aunque pareciera extraño, los tres hombres deleitaban con la musiquilla que emitía a esa hora la radio. El chofer se devolvió al auto y emprendieron la marcha.
Corrió velozmente hasta su casa evitando presentar exaltación alguna. Al entrar a su guarida con cautela, encendió la luz y sacó los documentos verdes que había extraído hace pocos minutos. Comenzó a leerlos pese a que estaban escritos en un lenguaje extraño, casi matemático. En ellos apreciaba nombres implicados con el mayo de los detalles. Junto a los nombres se apuntaban cifras, firmas borrosas, timbres y más cifras. Entusiasmado con estos documentos de veinte hojas pensó en una decisión coherente. Denunciar a los implicados o bien sobornarlos para obtener algún beneficio al respecto. Ante estas opciones el estremecimiento crecía en su estomago, ya que las posibilidades de denuncia o soborno eran mínimas, más bien se inclinaba por la muerte o la tortura. Todo esto porque lamentablemente desconocía con quiénes estaba lidiando, a pesar de que sabía con certeza de que se trataba de un asunto grande…
Una voz temblorosa pregunta por el tío. El viejo camarada supone la identidad del sujeto y teme lo peor, así que le entrega el teléfono a su amigo con esa expresión en la cara. Mientras el tío responde al llamado, su camarada sale de la casa para jugar con su perro Trueno, que lo recibe moviendo la cola y con una mirada de servidumbre. El tío con voz ronca pregunta por la identidad del sujeto. Es su sobrino que suponía encontrarlo donde su viejo amigo. El tío reconoce cierto nerviosismo en su sobrino, así que le pregunta el motivo de la llamada. Le cuenta todo lo sucedido y de donde está llamando. Piensa en actuar rápido, son muchas cosas en tan poco tiempo. Al colgar el teléfono, mira por la ventana a Trueno y su viejo camarada. Si tan sólo pudiera explicarle a su sobrino lo que sucede, las cosas no serían del todo complicadas o al menos tendría a alguien en quien confiarle su secreto.
El tío da cuenta del problema a su camarada quien lo abraza dándole su apoyo. El perro con desconfianza observa al visitante que se aleja, como si presintiera el resultado de los siguientes acontecimientos. El viejo camarada piensa que tal vez lo mejor sea ocultar a Trueno mientras no se aclare el problema. Los cuatro misteriosos hombres se dirigen a la casa del viejo dueño del perro para salvar sus pellejos. El sobrino espera sentado en el sofá, la venida de su tío. Tranquilamente saca una barra de chocolate y se la come lentamente. Hasta aquí los detalles no importan, tan sólo el resultado de los siguientes acontecimientos.

domingo, 7 de octubre de 2007

Bob Dylan - Mr Tambourine man

El amor del héroe...Tiempo fuera


La historia ha dado tantos amores como héroes. Quizás ella sea la batalla que más le ha costado mantener en ritmo durante su vida. Mientras el pequeño hombre del corbatín negro da un respiro, el héroe aprovecha de buscar en la sorda audiencia a su amada. Las luces del escenario juegan con las sombras de la multitud y un foco consigue iluminarla. El hecho fortuito parece un momento de gloria, pero más bien es el instante en que el desfigurado rostro busca el puño más fuerte del adversario y luego la muerte. Estos segundos eternos permiten absorber de la mirada de su amada el último aliento para obtener la victoria. Tan sólo bastaría generar la derecha más precisa de la noche y apuntar en la quijada del rival el golpe certero. Y luego, la llevaría tan lejos como pudiera, donde su cara cortada no sea signo de vergüenza y donde pueda conocer la felicidad y el amor ansiados. Si tan sólo fuera su día de suerte, los ojos de su amada no se quebrarían en llanto. Fin del tiempo fuera, devuelta a la batalla diaria de la vida.

sábado, 6 de octubre de 2007

Los Ángeles Negros- Y volveré

La Prisión (Capítulo II - En busca del prisionero)

Cuatro misteriosos hombres recorren en un auto gris las calles de un barrio aledaño a la prisión. Como depredadores esperan sigilosamente a su víctima en una esquina, a dos cuadras de su guarida. El prisionero toma su chaquetón negro y sale por la puerta de atrás de su casa. Es de noche y parece no sospechar nada. Al salir de la casa, los cuatro misteriosos hombres lo divisan y comienzan a seguirlo. El prisionero se percata de esta situación y se echa a correr por las calles del barrio.
El auto acelera, unos metros más adelante consiguen alcanzar al individuo. Dos hombres con extraños sombreros se bajan del auto para capturar a su presa, que hábilmente parece escabullirse. El prisionero se mete por unos callejones, dobla hacia la derecha para buscar un escondite, pero tropieza con la solera y cae al suelo. Los dos misteriosos hombres lo capturan tirado en el suelo quejándose de un dolor en la rodilla. Lo agarran por los brazos y lo llevan al auto donde los esperan los otros dos hombres en los asientos delanteros. Hacen una seña para advertir que no hay testigos a estas horas, así que lo suben a la parte de atrás del auto.
Los cuatro misteriosos hombres se dirigen entre risas a la prisión para interrogar al individuo, y dar con la solución a su problema. Tras varios minutos de viaje, la solitaria carretera genera un incómodo silencio en los pasajeros. El co-piloto intenta poner la radio, pero el conductor se lo prohíbe con un leve golpe en las manos, ya que esa maniobra podría delatar sus identidades. Los cuatro misteriosos hombres llevan sobre sus cabezas unos extraños sombreros negros y unos enormes abrigos grises. El chofer que lleva lentes de sol, concentradamente mira la carretera para no provocar un accidente. Minutos más tarde, llegan hasta una señalización de color verde que indica una camino de tierra a mano izquierda.
Doblan según la indicación por un camino oscuro, lleno de tierra y piedrecillas. Al final de este camino se ven unas enormes luces. Hasta aquí el prisionero ha permanecido en silencio, sin tratar de entender nada. Llegan al lugar donde se encuentran esos enormes focos y bajo ellos se haya una entrada. El auto se detiene frente a ella, y los hombres discuten acerca de quién irá a abrirla. El co-piloto decide bajar del auto para golpear el inmenso portón verde, mientras el chofer apaga las luces del auto. Golpea secamente dos veces y se oye una voz ronca que pide la identificación del sujeto. El co-piloto da su identificación, entonces el guardia abre una ventanilla del portón y le dice que espere unos minutos. Mientras regresa al auto, el portón se abre para que éstos puedan ingresar al recinto.
Los cuatro misteriosos hombres llevan al prisionero por una vía lateral a la prisión. Metros más allá estacionan el auto frente a dos edificios en plena construcción. El co-piloto una vez más se baja del auto y se dirige hacia donde está el guardia para que todo esté en orden, mientras los dos captores, llevan al prisionero hasta los dos edificios en construcción. El chofer decide quedarse en el auto para cerciorarse de que no haya ningún testigo en los alrededores. Los dos captores caminan hacia el interior de las construcciones para interrogar al prisionero, que parece comprender el motivo de su captura. Si tan sólo pudiera realizar una llamada, este malentendido se resolvería.
El interrogatorio comienza. Los cuatro hombres dispersos se debilitan, parece una huída fácil, pero prefiere esperar el resultado de los siguientes sucesos. Tras varios minutos de interrogación, los dos captores se impacientan, mientras el co-piloto logra comprar al guardia por unas horas más. El chofer reclinado en su asiento no parece percatarse de que alguien se acerca al auto. Todo se vuelve difuso y descontrolado. El nerviosismo crece, Los hombres ansían iniciar una tortura para obtener la información, ya que sus cabezas están en juego desde hace semanas. Un anciano descalzo se encuentra junto al vehículo preguntándose por la procedencia de éste. En ese momento el prisionero grita de dolor y miedo; el chofer se incorpora y se percata de la figura que está a su lado. El anciano sale corriendo en busca de ayuda, pero es capturado por el co-piloto.
Se dirigen hacia la sala de tortura. Los dos captores decepcionados los reciben, sin obtener ninguna respuesta. Los cuatro misteriosos hombres sudan de temor e impaciencia. Piensan en una solución inmediata antes de que se acaben sus horas. El chofer se quita los lentes, y con sus ojos turnios mira al prisionero. La hora de la verdad ha llegado, el prisionero al fin sabrá con quiénes está lidiando…