
Juan Dímas Castro bailó por última vez, a pies descalzos y totalmente borracho, el jueves pasado en pleno centro de la ciudad. Luego tomó un taxi y se dirigió a su casa, donde permaneció en silencio hasta el día de su muerte. Escuchó durante tres días un viejo disco de Jhonny Cash, mientras su cuerpo se desvanecía, así como sus sueños de rockanroll, evaporados en pequeños festivales tras bambalinas. Ahora sólo queda el recuerdo del mítico “Jhonny juanito” en la memoria colectiva de las personas; Aquella enigmática figura que solía romper los esquemas musicales con sus desafinadas tonadas en armónica, y los aullidos bluseros, que sin pensarlo excitaron a más de alguna chica que lo miraba. Jhonny pasó sus últimas horas en silencio, acostado sobre un viejo catre, escuchando los discos de Cash, que tantos recuerdos traía a la memoria, sin duda los que marcaron su desconocida carrera.
La vez que la gente supo de Jhonny juanito, lo vieron bailando descalzo y sin polera, un domingo por la tarde en el centro de un parque. Se encontraba saltando con el pelo mojado, mientras un fuego extraño quemaba muy dentro de su alma. Había perdido los sueños que tiempo atrás pretendía concretar, para así alcanzar la trascendencia que tanto anhelaba. No podía olvidarlo, aún su mente seguía en pánico por la agónica decepción del rockanroll. Sin embargo, la gente se acercaba hipnotizada, para contemplar a Jhonny juanito, desconociendo la miseria en que vivía. La multitud no podían responder a este repentino magnetismo que sentían por la extraña figura que estaba frente a ellos. De un momento a otro, Jhonny juanito comenzó a mover la cabeza velozmente en ambas direcciones, mientras tocaba una guitarra invisible con sus uñas largas. Cantaba algo intraducible, como si estuviera poseído por alguna fuerza maligna. La gente lo miraba de todas formas. No podían creer tal puesta en escena.
Si hubiera llevado puesto un terno o alguna ropa estrafalaria, y sus manos hubieran sostenido algún instrumento estrambótico, de seguro el magnetismo habría crecido transformándose en una inminente “Jhonnymanía”; pero la multitud no podía catalogar tamaño espectáculo, tan sólo se dejaban llevar atónitos por el impacto. La gente alrededor de Jhonny Juanito, no soportó verse en esa situación tan descontrolada, así que perplejos algunos optaron por alejarse y no mirar lo que habían dejado atrás; quizás la última manifestación espontánea del rock, o tal vez un simple ciudadano harto de la realidad, que buscaba la manera de encontrarse en el mundo. Jhonny juanito, recordaba en pleno éxtasis la primera vez que bailó, con zapatos de charol y una chaqueta blanca, hace un par de año en cierto festival de la zona. Lo recordaba porque esos años marcaron sus orígenes, y el inicio del viaje sonoro a través de la memoria colectiva, de un muchacho que lloró tras bambalinas al perder la fe en la música, debido a la miserable existencia que lo condenaba.
Juan Dímas Castro bailó por primera vez, con zapatos de charol lustrados y una chaqueta blanca, hace un par de años cuando imitó a Elvis en un pequeño festival a un par de cuadras de su casa. Con el pelo engominado y las caderas alocadas, quiso conquistar a la audiencia y así ganar la trascendencia, que cada día ansiaba. Pero el jurado, conformado en su mayoría por mujeres cuarentonas, prefería a los artistas italianos con sus baladas anticuadas, así que la derrota no fue gran sorpresa. La decepción no fue tan grande, así que siguió bailando, pero con Presley sabía que no ganaría. Entonces, optó por el legendario Jhonny Cash, y aquel country que disfrutaba en las viejas tardes libres, cuando se encerraba en su pieza. También sabía que no contaba con caderas alocadas, así que buscó alguna cualidad para resaltar en su personificación y así conseguir la gloria. Cambió su camisa blanca por una negra, y la sonrisa seductora por unas gafas oscuras. Ya no cantaría acerca del amor y la traición, esta vez lo haría para describir los sucesos que lo llevaron a prisión.
En la siguiente versión del festival, las nuevas tendencias musicales imperaban en sus concursantes, pero Jhonny llegaba a romper esquemas. Entusiasmado y un poco nervioso, se sube al escenario con sus gafas oscuras y la actitud de rufián. Con la guitarra de palo enganchada con un elástico al cuello, improvisó algunas notas musicales que parecían ser de “Cocaine Blues”. Con el nerviosismo acuestas fijó su vista en el público y la pasión quemó sus dedos que golpeaban las cuerdas; comenzó a sangrar, pero la adrenalina secó sus heridas. Tocó de principio a fin la canción; recibió tres aplausos y nuevamente perdió en último lugar. La decepción del rockandroll esta vez cayó hondo en él, mientras su existencia tendía a desaparecer con el sudor tras bambalinas, como si perteneciera a un sueño. Se sentó sobre la tierra, sacó un cigarrillo y lo fumó con la mirada enterrada en el suelo.
Pensó en correr y esconderse para siempre, pues no es fácil vivir con esta necesidad que surge de muy dentro, para convertirse en una vociferante respuesta al mundo o bien en una tímida escapatoria ante la vida. Tan sólo siguió el curso de sus miedos, regresó a casa en silencio y se acostó. Durante tres días fumó cigarrillos sueltos, y bebió roncola. Tiempo después en un parque inició su adicción a la cocaína, con los sueños por el suelo y la garganta desgastada. “No me educaron para ser un rockstar”, pensaba mientras caía profundamente en el alcohol y las drogas. Tan sólo podía preciar como la trascendencia se alejaba cada vez más, y como sus manos se desgastaban, se hacían viejas. Tras concurrir varios días al parque, su suerte cambió de la noche a la mañana. Nadie supo muy bien que lo motivó a seguir bailando un par de años más; tal vez había conseguido sacarse la rabia por un instante y olvidar la decepción en el mundo.
Cuentan, ciertos fans de Jhonny, que una tarde tirado en el pasto, una robusta figura se acercó a él y lo miró desde arriba. Parecía un rostro familiar, pero en ese momento Jhonny juanito, comenzaba a bajar desde las alturas, mientras la paranoia se apoderaba de su mente, y quizás pudo haberlo imaginado. La extraña sombra se detuvo ante el muchacho; y éste empezó a patearlo levemente. Entonces aquella figura con voz ronca le dijo: “Get up and dance like it Jhonny juanito”. Sin entender nada, Jhonny se levantó y se quitó la decepción de la cara. Jamás supo lo que significaba aquella oración misteriosa ni a quien correspondía esa robusta sombra, tal vez había alucinado, pero desde ese día sus piernas no pararon de moverse eléctricamente. Cuando dejó la cocaína, jamás pudo dejar el alcohol. Borracho concurría al parque, se sentaba un par de minutos en el prado y luego comenzaba a bailar.
Cada vez que lo hacía, recordaba la mítica frase que le permitió levantarse y continuar con la fiebre del rockanroll. Por esa razón, la vez que la gente supo de “Jhonny juanito”, Juan Dímas Castro bailaba con un extraño fuego en el alma que hipnotizaba a cualquiera, mientras sus palmas marcaban el ritmo de sus pasos y su desafinada voz repetía la oración que había escuchado tiempo atrás:”Get up and dance like it Jhonny juanito”. La multitud jamás olvidó aquel espectáculo, a pesar de que algunos nunca supieron los detalles de la muerte de su ídolo. La trascendencia llegó al fin, cuando la gente empezó a difundir su leyenda. Las historias variaron de boca en boca, pero todas afirmaban la grandeza de Jhonny juanito, que se levantó y bailó por décadas. Las cinco personas que estaban en el funeral, ansiaron de corazón que Juan Dímas Castro se levantara y bailara por última vez frente a sus ojos. Para que así, sus vidas tuvieran algún sentido. Quizás cuando nacería otro Jhonny juanito, otro sujeto con tal espontáneo fuego rockanrollero. Ellos bien lo saben. Eso no sucederá jamás, porque nadie más trascenderá en nuestras vidas, como lo hacían los grandes artistas del rockanroll en décadas pasadas.


