
Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto. Ese instante casi mitológico, pero más bien supersticioso, se le había presentado como una imagen estancada en el retroproyector de los ojos. Como si todos los demás segundos hubieran seguido su orden cronológico uno tras otro, pero un segundo congelado provocó todo el pánico. El Brujo buscaba la mirada de algún transeúnte para aprisionarlo a la intriga y luego al desprecio de un ser diferente, y así demostrar que su palabra valía más que una moneda. Los harapos del brujo provocaban esa impresión, pero su boca desdentada en cambio generaba compasión y compromiso con el ser humano. Un compromiso de postal como todos saben. Él conocía a la gente que tímidamente miraba de reojo para pretender lazarle una moneda, o bien escuchar lo que tenía que decir el pobre payaso. Los conocía como la palma de su mano, por eso controlaba sus destinos.
El brujo milagrosamente comenzó a retroceder el tiempo: “muerte…domingo…abro los ojos…sangre…me lo anunciaron”. El brillo celeste de sus ojos fijos envolvía a la gente que quería huir de sus garras. Un hombre no quería mirarlo y escucharlo; lo hizo y el sudor bajó por su cabeza; sintió pánico. Caminó con paso acelerado, se subió a su auto. Cuando quiso llamar a sus hijos, el celular saltó por la ventana junto a su oreja y cuerpo; se arrastró por el suelo, su auto se volcó y atropelló a seis personas. Todos murieron. El brujo se lo había advertido, pero todos se rieron. Una mujer lo miró de pies a cabeza, caminó unos metros y saludó a un hombre que la esperaba. Cinco minutos más tarde la sorprendió su marido; dos días después la sepultó en el patio. El brujo se lo había advertido, pero todos rieron.
El zumbido de su voz parecía entrar en sus oídos. Pero cómo saber si no es un loco o enfermo. Y qué hacer cuando sea revelado el destino. Si mañana muere, no podría hacer nada. Mejor no mirarlo y escucharlo. El brujo cerró los ojos y dio una voltereta en el aire como un mago pirotécnico. Una vez en el suelo comenzó a contar una fábula campesina acerca de dos hombres y el diablo. Un árbol se incendió, los hombres corrieron y la gente habló décadas de satanismo. Piensa: el diablo existe. Y por qué no, si por alguna razón los cristianos tienen pánico. Se sienten solos, no ha venido su cristo. No quiere mirarlo, ni despreciarlo o sino su destino sería revelado y la sangre correría por sus sienes. El brujo guarda silencio, mientras la gente aprovecha este momento para volver a su rutina sin faltarle el respeto. El brujo abre los ojos, y su brillo celeste lo aprisiona a la inquietud y el miedo. Su voz es clara, así que inicia un nuevo cuento: “Me advirtieron que caería con sangre un día domingo y moriría en el momento”. Se distrajo un instante y el brujo había desaparecido. Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto.
El brujo milagrosamente comenzó a retroceder el tiempo: “muerte…domingo…abro los ojos…sangre…me lo anunciaron”. El brillo celeste de sus ojos fijos envolvía a la gente que quería huir de sus garras. Un hombre no quería mirarlo y escucharlo; lo hizo y el sudor bajó por su cabeza; sintió pánico. Caminó con paso acelerado, se subió a su auto. Cuando quiso llamar a sus hijos, el celular saltó por la ventana junto a su oreja y cuerpo; se arrastró por el suelo, su auto se volcó y atropelló a seis personas. Todos murieron. El brujo se lo había advertido, pero todos se rieron. Una mujer lo miró de pies a cabeza, caminó unos metros y saludó a un hombre que la esperaba. Cinco minutos más tarde la sorprendió su marido; dos días después la sepultó en el patio. El brujo se lo había advertido, pero todos rieron.
El zumbido de su voz parecía entrar en sus oídos. Pero cómo saber si no es un loco o enfermo. Y qué hacer cuando sea revelado el destino. Si mañana muere, no podría hacer nada. Mejor no mirarlo y escucharlo. El brujo cerró los ojos y dio una voltereta en el aire como un mago pirotécnico. Una vez en el suelo comenzó a contar una fábula campesina acerca de dos hombres y el diablo. Un árbol se incendió, los hombres corrieron y la gente habló décadas de satanismo. Piensa: el diablo existe. Y por qué no, si por alguna razón los cristianos tienen pánico. Se sienten solos, no ha venido su cristo. No quiere mirarlo, ni despreciarlo o sino su destino sería revelado y la sangre correría por sus sienes. El brujo guarda silencio, mientras la gente aprovecha este momento para volver a su rutina sin faltarle el respeto. El brujo abre los ojos, y su brillo celeste lo aprisiona a la inquietud y el miedo. Su voz es clara, así que inicia un nuevo cuento: “Me advirtieron que caería con sangre un día domingo y moriría en el momento”. Se distrajo un instante y el brujo había desaparecido. Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto.
2 comentarios:
bueno, me gusto
igual el final podria ser mas pawuer
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