
La historia ha dado tantos amores como héroes. Quizás ella sea la batalla que más le ha costado mantener en ritmo durante su vida. Mientras el pequeño hombre del corbatín negro da un respiro, el héroe aprovecha de buscar en la sorda audiencia a su amada. Las luces del escenario juegan con las sombras de la multitud y un foco consigue iluminarla. El hecho fortuito parece un momento de gloria, pero más bien es el instante en que el desfigurado rostro busca el puño más fuerte del adversario y luego la muerte. Estos segundos eternos permiten absorber de la mirada de su amada el último aliento para obtener la victoria. Tan sólo bastaría generar la derecha más precisa de la noche y apuntar en la quijada del rival el golpe certero. Y luego, la llevaría tan lejos como pudiera, donde su cara cortada no sea signo de vergüenza y donde pueda conocer la felicidad y el amor ansiados. Si tan sólo fuera su día de suerte, los ojos de su amada no se quebrarían en llanto. Fin del tiempo fuera, devuelta a la batalla diaria de la vida.
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