miércoles, 18 de abril de 2007

lunes, 16 de abril de 2007

Despertar

Ni siquiera puedo asociarlo a un estado de aburrimiento; porque haría todo para no sentirme así. A veces creo que es el miedo a descubrir lo que hay a través de ese espejo. No es fácil. Atravesar la idea con una sola estocada y que de ella caiga la historia completa sobre el suelo, ni siquiera sobre la tierra o el pavimento. Existen puertas para salir corriendo y ventanas para lanzarse a ese encuentro; donde el movimiento del cuerpo no se compara con el hilo que maneja el tiempo, y nos desbarata, cual piedras sobre el techo. Despertar: Ya es un paso, la noción de estar dormido, el siguiente es gritar, llorar de espanto, porque la vida se reduce a pequeños momentos, intentos locos por quitarse este sueño; el llanto se oye más fuerte, cuando te das cuenta que caes solo, te aferras a lo que sea, o acaso uno puede ser superior a ese miedo?. Elijo un camino, que debo romper a medida que lo voy recorriendo; no quiero dejar huellas de que mi espalda está hecha pedazos por el peso de la vida; la muerte ni siquiera la escucho, y divago. De eso trata, divagar, vagabundear, intuir, sentir la idea y hacerla explotar donde sea. No todo tiene una explicación científica, ni un maldito método que la encierre; es una idea que me sirve para despertar, y si veo fierros, y más fierros que la entrecruzan, prefiero seguir durmiendo.

jueves, 12 de abril de 2007

Viejo camarada


Aferrarse a una amistad, implica llevarse a los bolsillos las manos perplejas, y la mirada atónita pegarla en un punto fijo sin retorno; balbuceando garabatos, sacadas de madre y hasta plegarias secas, que luego se traen a la cama hasta el otro día. Eso conlleva creer en la amistad tan ciega y mudamente; creer en eso, en los buenos y malos amigos, tanto que podemos obviar ese péndulo que hay sobre nosotros.

Juan, como Pedro o Diego es un amigo, para alguien o para ninguno. Para él, Juan es un amigo; pero no tan simple como decirle: mi viejo amigo. Son 17 años de amistad, y aún no entiende de ese amigo, la singular rareza de sus actos, dirigidos con decisión hacia un punto inexplicable de la vida, que es la idea de ser un todo en todo. A Juan le puede resultar extraño que su amigo sea un nada en nada, pero ser un todo en todo, nadie puede rebatirlo. Y eso es lo que tampoco concibe de Juan: nadie puede rebatirlo; aunque la errata sea su constante y la opinión vacía, socarrona, sin argumentos su medio expresivo. Qué significa ser un todo en todo, que a la vez sí es un nada en nada, aunque nadie se atreva a decirlo.

Juan se levanta y cree que el mundo gira entorno suyo. Toma su bicicleta, recorre las calles de un pueblucho, y ahí lo conocen todos. La señora del bazar; los traficantes de bicarbonato y los de coca también; el señor pastor que ilumina el camino de Juan, con sus ostentosos lentes de contacto azules; todos. Hasta en las afueras del pueblucho, cercado por millones de antenas con ojos rojos en sus puntas; los militares lo saludan. Juan recorre la plaza de armas, ahuyentando a unas palomas moribundas y qué tienen que ver ellas se pregunta; vuelan, más bien se arrastran. Baja por la calle principal del centro y llega al barrio. Así suceden las cosas: Juan se impone al más débil, o quizás al que piensa distinto. Basta verlo patalear, y más aún su cabeza estallar cuando alguien lo contradice. Antes solía golpear a los más indefensos; hoy sólo se conforma con maldecir al cielo, y a veces retirarse sobre su bici, sin emitir ruido alguno..

Lo han visto pedaleando su bicicleta, junto al ciclista popular: El Chano, por las avenidas y callejones de las poblaciones militares. El Chano es uno de sus buenos amigos, así como también aquellos vecinos que firmemente saludan a los camaradas del ciclismo. Gentes correctas en sus casas cercadas, sintiéndose seguros mientras en cada esquina de la cuadra, una torre de vigilancia, asoma a un hombre, sus vinoculares y su metralleta. Juan lo mira con orgullo, pedaleando sin manos en el manubrio, y junto al Chano, espera con ansias la hora del saludo…

miércoles, 4 de abril de 2007

Valentina


Valentina es un sueño. La soñó un hombre sobre el techo hace una semana. Ahora vive en sus sueños. A veces lo despierta con un beso, cuando se queda dormido en la mesa.
Ella es una linda niña, coqueta, traviesa y muy habladora. En su propio idioma reclama cuando el hombre piensa mucho, ya que siempre llueve de abajo hacia arriba, y ella llora. Con una voz fraternal, el hombre le dice que se porte bien, que no haga rabiar a sus ideas. Ella hace caso; muy rara vez se enoja cuando le grita. Valentina quiere decirle algo, pero no se atreve; el hombre intuye, aunque jamás sabe lo que quiere esa niña. Ella quiere decirle papi, a pesar de que no sabe lo que significa. No sabe cómo ser una hija, ni hablar cómo una, se entristece. Se pregunta cómo es la vida del no-sueño; él dice que triste y a veces extraña. Ella quisiera tanto conocer el mundo con sus propios ojitos; tocar ese gato que imagina el hombre, respirar ese aire que piensa; vivir la vida que él cree que es mejor para que su hija viva. Ella quisera abrazar a su papi en una tarde de invierno, con sus brazitos rodearle el cuello, y balancearse por mucho tiempo. El hombre le dice que espere; que todo lo que hace es para ella; que ya tendrá su camita, sus muñecas y su guitarrita; que ya verá a esos animalitos que recuerda de niño; que ya escuchará esas canciones que serán suyas, así como también las palabras. Espera Valentina. Pronto serás el aire, el corazón, el cielo, de aquél hombre. Porque todo esto será tuyo, dulce niña soñada por un hombre sobre el techo...

Teoría del juego


Nos acostamos en la misma cama como nunca antes. Jugaba la sub-17 en Japón, semifinales. Ella era hija o sobrina del novio de mi tía. No recuerdo ni su edad ni su nombre; tan sólo se que me sedujo como cabra chica, como un juego, inocente no, porque suponía lo que quería. De alguna manera aprendí viendo tele, o quizás lo escuché o lo vi en otra parte. Me tomó las manos y las llevó hasta sus planos pechos; fue como tocar mi propio tórax. Me besó o tal vez pasó sus insípidos labios por mi cara; me abrazó como lo haría con un peluche y se durmió. No sentí nada. Ni el cosquilleo que uno sentía cuando Ratavari quedaba casi en pelotas. Nada.

Años después me la topé en la micro. No supe quién era ella, hasta que se me acercó y me saludó. Se ruborizó, quedó paralizada. Tartamudeó su nombre, que aún no recuerdo. Se acordó de aquella noche en la casa de su papá o tío, luego no sé que dijo. Estaba mirando un punto fijo: su enorme panza, de 5 meses, tal vez 6. y pensar que ella quiso conmigo.

Queridos hijos

Permanece callada, como esperando una palabra...

¿Se acordará de que alguna vez hubo una multitud en la casa? Y ahora, quién. Estos hijos creyeron moverse libremente, pero sus existencias se pegan como chicles a las paredes y luego se endurecen, pierden color y sabor.
Nadie se mueve en este espacio sin que el abuelo no lo sepa. Cuatro hijos, o quizás cinco, ya no lo recuerda, o no lo quiere ver de ese modo. Tal vez una hija, la preferida, que no cuenta en esta teoría. Entonces, una posible hija, que sí lo es y es la única, que no es la otra, la preferida. Dos hombres inservibles, y una mujer que es un cero a la izquierda. Bajo esa misma expresión está su hija: un cero a la izquierda.
Cuatro hijos, y cinco en estas fotografías; más nietas y nietos, en total la nada misma. Ninguno se mueve de su lugar.

¿En qué va la telenovela?
¿Y las galletas?

Tan sólo se levanta y sale al patio. Bajo el parrón se sienta, contempla, atraviesa las paredes de los cuartuchos de los hijos, de sus tíos, esos cinco o cuatro, que ahora son tres: los presenta a su público imaginario, que son las uvas, el agua de la pileta, que es él mismo y lo sabe.
Quiere demostrar que se mueve adonde desee si así lo prefiere. Por eso es el animador de este espectáculo.
Lo ve claramente: Un hombre que busca su refugio en los boliches malolientes desde los 23 años; un hombre aficionado a las bicicletas y a los parques, es lo único en que piensa; una mujer sin nada que hacer por la vida, sólo alimentarse de cahuines y no de sana comida, su hija lo mismo.

Su madre: Una posible hija, que sí lo es y es la única, que no es la otra, la preferida.

Ojo Rojo del Universo


Abrir los ojos sin tenerlos cerrados. Como si fueran dos extremidades infinitas, y romper el cielo, por falta de afecto o quizás miedo.

Sin buscar encontré algo: mis ojos rojos frente al espejo. Y quién lo diría, tú aquí apoderándote del olor a cama recién tendida; y quizás mañana yo no sepa deshacerme del tuyo.
Vuelvo a mirarte, para distraerme o no mirar tantas cosas que hay en esta pieza. Puntos fijos sin retorno, ideas locas sobre el universo, pero tú no eres parte de eso, así que vuelvo a mirarte. Lo veo claramente: “el frío es malo”, por eso nos entramos; caíste, abrazaste con ímpetu la almohada y ahí estás.

Invierno: día domingo después de lluvia; nadie en la plaza. Volamos, caemos, volamos nos sentamos: “el frío es malo” me dices. Se me congelan los huesos, mientras te hablo estupideces y tú siempre tan viva a pesar de este frío maldito. Todo esto parece un montaje; una escenografía para un cuento sobre teorías y malos amores. La luz de un foco reflejada en una posa de agua, se hunde. Los perros congestionados por la jaqueca y el hambre; no es un lugar para hablar de estas ideas.

¡Nos observan! Alcanzo a escuchar mientras miro mi casa desde la banca; anhelo mi cama o simplemente la idea de estar abrigado, protegido por un techo. En fin, te creo. Nos observan desde lo alto del cerro. Pienso: El ojo rojo del universo; Nogales a eso de las seis; recorrido de invierno, desde el liceo hasta la barraca; sí, me observaban.

¿Quiénes? Desconozco. Sólo se que nos observan. Volamos, caemos, nos sentamos, cada vez más perplejos y sumidos en el silencio. Cada palabra nuestra debe estar perfectamente pronunciada y dar con el significado exacto que nuestro cerebro requiere expresar en un momento preciso. La conversación se vuelve un tanto mecánica. Me enfurece saber que nos observan, pero me alivia saberlo, porque ellos desconocen esta situación: Sólo nos observan, y nosotros lo sabemos.


¡Nos escuchan!, pero no leen nuestras mentes. Y qué importa, si del universo ellos no tienen idea. Observan y escuchan, por necesidad. ¿De qué? Desconozco. Entonces, cuando maldije con los ojos llenos de lágrimas ¿me escucharon?; sentado a mitad de la cuadra ¿me divisaron?; descalzo y con el pelo corto ¿me ignoraron?; orinando en un árbol y escupiendo al suelo ¿me censuraron?; volviendo tarde a casa ¿me despreciaron?

Gracias a ti, se que nos observan, nos escuchan, pero que no leen nuestras mentes. Lo sé porque no se están riendo de mí ahora. Si tú supieras, porque ellos deberían reírse de mí; más bien si tú supieras lo que imagino cuando te veo. Pero el frío es malo, y mi habla se vuelve forzosamente una lápida congelada, y me callo. Mis ojos rojos me delatan, a pesar de que no los abro ni siquiera los cierro. Me delatan porque me observas, me escuchas y crees saber lo que pienso. Así que corremos, nos escondemos, pero no nos besamos. Si tan sólo pudiera abrir los ojos sin tenerlos cerrados, como dos extremidades infinitas, y así atravesar los tuyos, por falta de afecto o quizás miedo; no me callaría lo que siento cuando te miro.