jueves, 12 de abril de 2007

Viejo camarada


Aferrarse a una amistad, implica llevarse a los bolsillos las manos perplejas, y la mirada atónita pegarla en un punto fijo sin retorno; balbuceando garabatos, sacadas de madre y hasta plegarias secas, que luego se traen a la cama hasta el otro día. Eso conlleva creer en la amistad tan ciega y mudamente; creer en eso, en los buenos y malos amigos, tanto que podemos obviar ese péndulo que hay sobre nosotros.

Juan, como Pedro o Diego es un amigo, para alguien o para ninguno. Para él, Juan es un amigo; pero no tan simple como decirle: mi viejo amigo. Son 17 años de amistad, y aún no entiende de ese amigo, la singular rareza de sus actos, dirigidos con decisión hacia un punto inexplicable de la vida, que es la idea de ser un todo en todo. A Juan le puede resultar extraño que su amigo sea un nada en nada, pero ser un todo en todo, nadie puede rebatirlo. Y eso es lo que tampoco concibe de Juan: nadie puede rebatirlo; aunque la errata sea su constante y la opinión vacía, socarrona, sin argumentos su medio expresivo. Qué significa ser un todo en todo, que a la vez sí es un nada en nada, aunque nadie se atreva a decirlo.

Juan se levanta y cree que el mundo gira entorno suyo. Toma su bicicleta, recorre las calles de un pueblucho, y ahí lo conocen todos. La señora del bazar; los traficantes de bicarbonato y los de coca también; el señor pastor que ilumina el camino de Juan, con sus ostentosos lentes de contacto azules; todos. Hasta en las afueras del pueblucho, cercado por millones de antenas con ojos rojos en sus puntas; los militares lo saludan. Juan recorre la plaza de armas, ahuyentando a unas palomas moribundas y qué tienen que ver ellas se pregunta; vuelan, más bien se arrastran. Baja por la calle principal del centro y llega al barrio. Así suceden las cosas: Juan se impone al más débil, o quizás al que piensa distinto. Basta verlo patalear, y más aún su cabeza estallar cuando alguien lo contradice. Antes solía golpear a los más indefensos; hoy sólo se conforma con maldecir al cielo, y a veces retirarse sobre su bici, sin emitir ruido alguno..

Lo han visto pedaleando su bicicleta, junto al ciclista popular: El Chano, por las avenidas y callejones de las poblaciones militares. El Chano es uno de sus buenos amigos, así como también aquellos vecinos que firmemente saludan a los camaradas del ciclismo. Gentes correctas en sus casas cercadas, sintiéndose seguros mientras en cada esquina de la cuadra, una torre de vigilancia, asoma a un hombre, sus vinoculares y su metralleta. Juan lo mira con orgullo, pedaleando sin manos en el manubrio, y junto al Chano, espera con ansias la hora del saludo…

1 comentario:

Zarjemaoga dijo...

aún sigo viendo al hombre trás el fierro, cabalgando mimetizado en el movimiento de su carro cargado de recuerdos por las calles allende la muerte, en tu viejo camarada. el hombre de Chile.