miércoles, 4 de abril de 2007

Ojo Rojo del Universo


Abrir los ojos sin tenerlos cerrados. Como si fueran dos extremidades infinitas, y romper el cielo, por falta de afecto o quizás miedo.

Sin buscar encontré algo: mis ojos rojos frente al espejo. Y quién lo diría, tú aquí apoderándote del olor a cama recién tendida; y quizás mañana yo no sepa deshacerme del tuyo.
Vuelvo a mirarte, para distraerme o no mirar tantas cosas que hay en esta pieza. Puntos fijos sin retorno, ideas locas sobre el universo, pero tú no eres parte de eso, así que vuelvo a mirarte. Lo veo claramente: “el frío es malo”, por eso nos entramos; caíste, abrazaste con ímpetu la almohada y ahí estás.

Invierno: día domingo después de lluvia; nadie en la plaza. Volamos, caemos, volamos nos sentamos: “el frío es malo” me dices. Se me congelan los huesos, mientras te hablo estupideces y tú siempre tan viva a pesar de este frío maldito. Todo esto parece un montaje; una escenografía para un cuento sobre teorías y malos amores. La luz de un foco reflejada en una posa de agua, se hunde. Los perros congestionados por la jaqueca y el hambre; no es un lugar para hablar de estas ideas.

¡Nos observan! Alcanzo a escuchar mientras miro mi casa desde la banca; anhelo mi cama o simplemente la idea de estar abrigado, protegido por un techo. En fin, te creo. Nos observan desde lo alto del cerro. Pienso: El ojo rojo del universo; Nogales a eso de las seis; recorrido de invierno, desde el liceo hasta la barraca; sí, me observaban.

¿Quiénes? Desconozco. Sólo se que nos observan. Volamos, caemos, nos sentamos, cada vez más perplejos y sumidos en el silencio. Cada palabra nuestra debe estar perfectamente pronunciada y dar con el significado exacto que nuestro cerebro requiere expresar en un momento preciso. La conversación se vuelve un tanto mecánica. Me enfurece saber que nos observan, pero me alivia saberlo, porque ellos desconocen esta situación: Sólo nos observan, y nosotros lo sabemos.


¡Nos escuchan!, pero no leen nuestras mentes. Y qué importa, si del universo ellos no tienen idea. Observan y escuchan, por necesidad. ¿De qué? Desconozco. Entonces, cuando maldije con los ojos llenos de lágrimas ¿me escucharon?; sentado a mitad de la cuadra ¿me divisaron?; descalzo y con el pelo corto ¿me ignoraron?; orinando en un árbol y escupiendo al suelo ¿me censuraron?; volviendo tarde a casa ¿me despreciaron?

Gracias a ti, se que nos observan, nos escuchan, pero que no leen nuestras mentes. Lo sé porque no se están riendo de mí ahora. Si tú supieras, porque ellos deberían reírse de mí; más bien si tú supieras lo que imagino cuando te veo. Pero el frío es malo, y mi habla se vuelve forzosamente una lápida congelada, y me callo. Mis ojos rojos me delatan, a pesar de que no los abro ni siquiera los cierro. Me delatan porque me observas, me escuchas y crees saber lo que pienso. Así que corremos, nos escondemos, pero no nos besamos. Si tan sólo pudiera abrir los ojos sin tenerlos cerrados, como dos extremidades infinitas, y así atravesar los tuyos, por falta de afecto o quizás miedo; no me callaría lo que siento cuando te miro.

No hay comentarios: