domingo, 30 de septiembre de 2007

viernes, 28 de septiembre de 2007

Sobre rieles

El sueño parece terminar por completo. En estos últimos días el cansancio se ha transformado en desvanecimiento, como si el cuerpo dejara de existir y el alma se quedara en silencio. Quizás dónde se habrá quedado dormido, pero ya es hora de despertar. Supuso desde un comienzo que el efecto no tardaría en parar cuando las cosas tomaran su rumbo habitual. Lo había sentido toda esta semana. Sus movimientos habían perdido toda coherencia, las palabras solían trabarse antes de emitir sentimiento alguno. Todo esto, que ilusoriamente se había apoderado de él, naturalmente volvía a su curso de siempre.

La solución se resumía a esperar que sus ojos se abrieran y despertar al fin del dulce sueño. La comunidad no sospechaba que los días estaban contados para él. Había conseguido un trabajo y también tenía una mujer, por eso era dulce ese sueño que se terminaba completamente. Supuso que habría un final para aquella sensación de dulzura, porque la vez que su mujer lo abandonó, se dio cuenta de que era un simple sueño. Su dolor había sido mínimo, como si su cuerpo estuviera plácidamente dormido en algún lugar. Entonces no fue amor, tan sólo una ilusión, que desapareció tras cerrar los ojos. Esta noche su figura empezaría a desvanecerse.

Llegada la noche, sintió una gran presión sobre su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, porque jamás podría soñar con aquellos niños que lo esperaban cerca de su trabajo. Él se dedicaba a plantar árboles en un parque cercano. Cada vez que llevaba un árbol pequeño para plantar, los niños del vecindario corrían a verlo, y a veces lo ayudaban con sus millones de ojos brillantes. Recordó eso, y el ruido de la locomotora que pasaba a las afueras del pueblo. Solía escuchar el sonido de su viaje y mirar el humo que se apreciaba desde el parque. Todo eso llegaba a su fin mientras caía al suelo de su casa, junto con el silencio de la calle.


Cuando despertó el ruido de la locomotora había desaparecido. Sus lágrimas se habían secado y sus movimientos estaban entumecidos por el frío. Estaba recostado en el suelo a las afueras de una estación de trenes. Sabía que el efecto no tardaría en parar y así sucedió. Se levantó torpemente y trató de recordar lo que había soñado. Tal vez una mujer, quizás un trabajo y posiblemente dinero. Todo había sido un maldito sueño. Se dio cuenta que aún vivía en la miseria y soledad eternas. No podía imaginar cómo volvería a cambiar su suerte. Por un momento parecía desanimado, pero quizás las cosas no eran tan malas como lo pensaba. En lo profundo de su corazón sentía una extraña felicidad que cambiaba el panorama de su vida.

Mientras soñaba no pudo percatarse de lo que significaba la libertada. No podía ver más allá de la rutina. Trabajaba todos los días, todo el día, y su mujer jamás lo comprendió. De ahí su extraña felicidad. Lo otro había sido un sueño, esto era la vida, y podía hacer lo que quisiera. Ahora querría saber lo que era perder completamente la cabeza, explotar la miseria. Se dirigió al interior de la estación de trenes. Al llegar a la línea, saltó a ella y comenzó a seguirla en dirección sur. Buscó la locomotora y su humo blanco. Unas cuadras más adelante, se detuvo en un punto exacto cerca de una caseta de vigilancia. Miró en ambas direcciones y esperó unos minutos. Sus lágrimas cayeron nuevamente deseando soñar algo distinto. Puso su cabeza en uno de los rieles y aguardó la venida de la locomotora. Quizás ahora podría soñar completamente con algún recuerdo feliz y sincero.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Solar - Todos están locos

Mensaje

Despertar: Tus voces son como mis pensamientos temerosos o ingenuos, que necesitan de un gran empuje a la superficie. Cuando hablas o escribes, mis ideas o pensamientos sumergidos vibran, se estremecen y ansían la luz, que haz podido contemplar, comprender y que no tienes miedo de compartir con la humanidad.

Despertar: y me pregunto quién se ha dado cuenta que la humanidad está dormida; tal vez nunca se den cuenta, pero tú y yo lo hemos hecho; por lo menos sentir que nuestros párpados se abren, y sentimos otra vida; eso es algo que pocos han tenido, y algunos han sido callados a martillazos; porque también hay mosntruos que temen, que hombres como nosotros posean inigualable poder revolucionario.

Despertar: Para llegar a ello, es necesario romper el capullo del pasado; ensayar la palabra que será nuestra forma de vida. esa palabra necesita deshechar sus malas ideas, repetidas y gastadas; para conocer la grandeza y la gloria; ser hombre y ser vida.

¿Qué es La Prisión?

"La Prisión es un sistema que encierra a individuos que desconocen cómo hacer su trabajo. La realidad está llena de seres que no saben lo que están haciendo; las personas creen en cierto profesionalismo carente de vocación y lleno de mediocridad. Somos prisioneros de la ignorancia; no sabemos cómo realizar nuestro trabajo. Y nadie sabe cómo enseñarnos"

jueves, 20 de septiembre de 2007

Iniciación


Antes de pervertir a su acompañante, recordó el ritual de iniciación que tanto gustaba contarle, como si ese antecedente marcara una diferencia entre ambos. Lo recordó nítidamente como una imagen recién grabada en la memoria. Quizás estuvo condenada desde ese momento a la perversión y soledad, ya no encontraría alguien que la librara de la vergüenza con algún tímido secreto que ella siempre descubriría. Lo supo en cuanto su acompañante tiritó de frío y sus ojos se perdieron tras la ventana…
Se termina el carnaval, y ya los hombres vuelven a sus roles habituales. Recogen experiencias y recuerdos para el año entrante, ahora sólo quedan sobras de lo que fue la gran fiesta. Pero los hombres solitarios se quedan y persiguen esas últimas sobras para sentirse libres con pequeñas escenas de juerga. Esos mismos hombres solitarios se quedan dormitando en alguna esquina, pero esperan ansiosos a que la verdadera cena comience. Borrachos por el vino, se pierden en la nubosidad del carnaval, dirigiéndose deliberadamente hasta una pobre morada.
La humilde casa recibe a los insanos y a los grupos pervertidos, que abren sus grandes bocas para tragar el aire de la desesperación que pulula en la calle. Una escuálida señora espera en la puerta la llegada de los hombres solitarios, borrachos e insanos que bien conocen el camino hasta la casa. Cinco hombres ingresan a la casa, dos de ellos dispuestos a devorarse todo lo que se ponga por delante; los otros tres aguardan la presencia de una luz prohibida, que hoy hará su debut al abrir sus piernas. Los señores se dirigen a la sala de espera, mientras el carnaval aún no termina completamente.
La escuálida señora se sienta frente a ellos con una sutil dulzura en sus labios. Observa detenidamente a los señores y elige a su victimas. De otro lugar de la casa llega una obesa mujer, sola y con una copa en la mano se sienta al lado de la señora y elige a su victima. El resto de los hombres solitarios esperan desesperados la presencia de las dos hijas. Las conocen bien, las han observado yendo al colegio y han sufrido por sus cuerpos. Si no son sus ojos, son sus labios y sus piernas. La menor de ellas ha salido, así que esperarán a la mayor de las hijas.

La fiesta privada continúa. Hombres y mujeres con sus risas estrepitosas retumban los vidrios y los empañan. Las víctimas buscan la ocasión de ser victimarios, pero ellos no son dueños de su suerte. Los tres hombres que no han sido escogidos se desesperan, su placer es incierto no como el de sus camaradas. Uno decide actuar con cautela y se dirige hacia las otras piezas de la casa. Busca a la hija mayor de la señora. La encuentra lavándose las manos en el baño. Su corazón palpita velozmente y su entrepierna tirita de frío. Intenta acorralarla en un impulso contra la pared. Forcejean durante algunos segundos, rasguñan la cortina de la tina y ella no cede. Quiere controlar el rumbo de su iniciación.

El hombre solitario obedece y se retira. Ella conoce la desesperación de los hombres, huele su miedo y también presiente sus intenciones. El hombre vuelve frustrado y se sienta. Avergonzado intenta encontrar una solución al problema. No la hay. Los dos hombres restantes comprenden la frustración y planean otra estrategia para llenar el vacío en sus estómagos. Ambos deciden confrontarla juntos, sería más fácil, uno la sujeta y el otro comete el acto de abrirle las piernas. Cuando se levantan, la escuálida señora los detiene. Aún no es tiempo, no se impacienten, ella vendrá en un momento.
Minutos más tarde la hija mayor aparece. Reconoce a sus solitarias víctimas esperándola en la sala. Entonces se dirige a ellos, los observa y luego se sienta. Su mirada parece distraída, pero más bien eso los perturba. No suele mirar a nadie tan detenidamente si se trata de sexo, más aún si se inicia en la perversión. Necesita estar un poco borracha para no sentir culpa y soledad. Bebe de la copa de cualquiera hasta que sus sentidos se encuentran a cierto nivel de percepción. Aparentar ser una mujer fácil y ebria, pero controlar totalmente la situación y a sus víctimas.

No hay erotismo en estos instantes. Esperar a que nadie quede en la sala, luego seguir con el juego y la risa. Los tres hombres solitarios con cierto nerviosismo intentan desabrocharse los pantalones. Ella los observa sin el mínimo entusiasmo, pero excitada. La iniciación comienza. El ritual queda a un lado, ya que todos carecen de erotismo, por eso no existe baile alguno ni lenguaje oculto. Tan sólo cuerpos desesperados en busca de coito. Ella se levanta en busca de más vino. Los tres hombres esperan sentados la aparición de aquella niña que saciará su placer insano.

La hija aparece, observa a sus víctimas y apaga la luz. Tan sólo un milagro y una gran mentira podrían hacerla sentir como una mujer y no como una puta. Aquella iniciación recordó, mientras pervertía a su acompañante. Ese antecedente marcó una diferencia entre ambos. Sus piernas están condenadas a abrirse cada vez que sienta miedo y soledad, porque la perversión la sigue a donde quiera que vaya.

El Coleccionista de recuerdos

En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. No sé si lo habrá sabido, parecía tranquila, así que dio por entendido que no lo sospechaba tampoco. La había citado al atardecer, quizás le gustaba apreciar los últimos rayos de sol antes de comenzar el ritual. Parecía tranquilo, no presentaba síntomas de excitación o alteración, más bien estaba intimidado. Le sonrió con dificultad, sin que ella se percatara de la extraña mueca que le produjo un nerviosismo sorpresivo. Él la esperaba siempre a la salida de su casa sin preocuparse de que alguien los viera juntos. Así que nuevamente entraron a la casa tal como hace tres meses y medio.
El ritual se realizaría en el living, quizás no con la misma libertad de antes, ahora estaban distantes y perplejos por la repentina necesidad del uno y el otro. No se miran durante varios segundos, lo que provoca un leve crecimiento de nerviosismo, así que él decide ir al baño, mientras ella aprovecha de revisar la biblioteca en busca de sus libros. Una vez en el baño se mira en el espejo y trata de recomponer su convulsivo rostro con un poco de agua. Recuerda tantos rituales en esta fría casa y ninguno de ellos le quitó el miedo de la cara. Tal vez la anterior, aquella muchacha de ojos verdes que solía hablar hacia adentro, de todas ha sido la que más extrañaba, pero después de un instante comenzó a hartarle ese silencio.
Minutos más tarde él se incorpora al ritual. Ella sentada en el sillón disimula el previo hurto de sus objetos, y así las miradas se encuentran escasamente a pesar de estar frente a frente. Tan tranquila no sospecha la convulsión que golpea el interior de su acompañante. No resiste tanta tranquilidad en ella, así que trata de pensar en otra cosa. Eludir el plan que había pretendido llevar acabo hace unos días atrás. La incertidumbre lo había desmoronado todo este tiempo, y ya su estúpida afición de coleccionar recuerdos se había convertido en su peor sufrimiento. Cajas llenas de cartas, fotografías, pasajes de buses, anillos, dibujos improvisados, se hallaban por toda la casa. También en la biblioteca habían algunos objetos que pertenecían a anteriores visitas.
El recuerdo de los ojos verdes vuelve a su cabeza, así como el remordimiento de no haber encontrado lo que buscaba. Se impacienta, siente náuseas y sus manos tiritan de impotencia. Otra vez se dirige al baño para pensar en una nueva forma de quitarse la angustia, sin embargo sale al patio por la puerta de la cocina. Ella decide esperar unos segundos más antes de marcharse, no pretende permanecer mucho tiempo en esa casa. Tan sólo ha venido a recoger unas cosas y luego a juntarse con otro. No se lo ha dicho, pero él lo sospecha. Momentos después el silencio invade el living, ella se impacienta, así que se levanta y se dirige a la puerta. No alcanza a tocar la manilla cuando escucha un feroz grito que retumba con su nombre. La soledad conduce a la locura y posteriormente a la muerte. Duda en seguir la resonancia para encontrar el origen de aquel lamento que sale de la boca de un hombre.
Ella sabe que su acompañante es un hombre obsesivo. Bastó ver sus fotografías y mensajes en las páginas de sus libros. Algo la impulsa a caminar hacia la cocina. La puerta que da al patio se encuentra abierta. El grito vino de afuera, y esa certeza le provoca un miedo inexplicable. El atardecer ya se ha ido y la noche cubre con su oscuridad el inmenso patio de la casa. Una vez afuera trata de observar el panorama para comprender las causas de aquel feroz lamento que tensiona sus nervios a niveles preocupantes. Camina lentamente hacia donde se perciben las últimas resonancias. Entonces se escucha un segundo grito al fondo de la oscuridad. Esta vez ella pretende dar la vuelta, se hace tarde y ya no puede lidiar con este tipo de locuras.
El silencio perturba la mente. Ella continúa avanzando cada vez más temblorosa. Entonces consigue divisar una sombra unos pasos más adelante. Una figura se encuentra apoyada sobre un árbol. Ella queda petrificada. Con una sorda voz pregunta al silencio sobre el acompañante. No hay respuesta. Da algunos pasos para acercarse un poco más, y en eso su pie izquierdo patea una pala que estaba tirada. Vuelve sus ojos a la sombra y el miedo la paraliza aún más, ya no puede moverse. Unos metros más allá del árbol contempla una improvisada excavación, del tamaño de un cuerpo humano. Es inexplicable como el miedo atrae desgracias. La figura apoyada en el árbol está inmóvil, entonces ella consigue perder completamente la tranquilidad y grita.
Su acompañante aparece atrás de su espalda. En unos segundos la atrapa entre sus brazos, la tira al suelo y comienza a asfixiarla. No posee un espejo para apreciar lo convulsivo de su rostro, a pesar de que siente una felicidad en el alma. Mientras aprieta su cuello, logra ver como los ojos celestes de esta muchacha comienzan a extinguirse así como sus palabras y traiciones durante tres meses y medio de vida. En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. Una vez cumplida con la tarea la arrastra hasta la fosa improvisada. Antes de sepultarla, le extrae de sus bolsillos los mensajes que le había escrito y las fotografías. Después va en busca de la pala. Al pasar por el árbol se acerca a la figura que estaba apoyada. La mira y luego comprende esta locura. Su acompañante ocupará el lugar que tenía este cadáver meses atrás: Su colección de recuerdos. Tal vez si pudiera estar viva aquella muchacha de ojos verdes su sufrimiento desaparecería, pero él es un hombre obsesivo, así que el remordimiento no se irá de su lugar.

El Polaco (dibujo)


"El polaco con el rostro ensombrado y sin cansancio, se encuentra nuevamente sobre el puente. Se detiene, contempla el rio luminoso, inhala frio; sin dudar con gesto de atleta lanza el extraño bolso al río. Ha terminado su labor, regresa caminando a casa, entra por la puerta y se acuesta en la oscuridad de siempre".

La Prisión (Capítulo I)

Lo habían invitado de varios lugares a pasar la tarde, pero él decidió quedarse en casa de su tío, ya que ahí se sentía menos aburrido. Estuvieron la tarde entera mirando televisión y comiendo galletas de chocolate. Su tío tenía dos perras; los dos gatos habían muerto hace unos meses. Sus perras lengüeteaban las migas de galletas que caían al suelo, mientras él decidía ir al baño. Ya de noche, el tío se dispone a sentarse en su sofá preferido, saca una barra de chocolate y un libro sobre Psicología animal. Cuando vuelve del baño, se sienta frente a su tío y no sabe qué hacer. Siempre que buscó una respuesta en su pariente jamás la encontró. No sabía a qué se dedicaba su tío, simplemente sabia que le gustaba el chocolate y mirar la tele, pero tampoco estaba seguro.
Minutos más tarde el teléfono comienza a sonar. Su tío contesta con voz firme, y a los pocos segundos que dura la conversación, dice: ¡Salimos en 10 minutos! Busca rápidamente su chaquetón negro sin entender nada. Las perras están comiendo las últimas galletas de chocolate que quedaban en la mesa. Su tío se pone un sombrero y toma un bastón de madera. Su enorme figura y una lesión en la pierna, le impiden moverse con soltura. Antes de salir a la calle, su tío le pide la mayor de las sonrisas cuando lleguen a su destino, lo que provocó en él un leve estremecimiento en el estomago, quizás por desconocer el motivo de esa petición. Afuera los recibe un hombre, quien los ha esperado dentro de un auto. El chofer con unos lentes inmensos, un pequeño desequilibrio motriz y una estúpida risa, parece desconocer también el lugar hacia donde se dirige el tío.
Se suben al auto. Por la enorme figura del tío, el chofer debe acomodarle el asiento de adelante. Con particular tartamudeo le pregunta si se encuentra cómodo. Todo está bien, así que comencemos el trayecto. El tío le indica que rutas seguir, mientras intenta abrir la ventanilla. El chofer le explica los trucos que tiene el auto, y como por efecto, la ventanilla posee uno, así que le recomienda girar la manilla hacia atrás muy lentamente y luego muy fuerte hacia delante. El chofer espera a que el tío consiga el objetivo; una vez logrado esto, recibe una risa estúpida como aprobación de su éxito. 15 minutos de viaje y el panorama comienza a cambiar abruptamente. Las casas desaparecen, y son reemplazadas por enormes espacios llenos de pasto seco y árboles. Los paraderos iluminados ya no cubren la altura de esta ruta; tan sólo se aprecian casetas oscuras y en su interior dos sino tres sombras fornicando libremente. Todo se resume a una línea recta de pavimento rodeada de oscuridad.
El chofer pregunta por el punto exacto de llegada. El tío le responde que unos metros más allá doble a la derecha. El estremecimiento sentido en la casa crece al no ver camino alguno a la derecha, y si lo hubiera, se encuentra muy escondido para ser visto por cualquiera. Entonces el chofer consigue dar con ese camino, y dobla lentamente a la derecha. Es un camino de tierra, tan oscuro o más como la carretera. Al fondo del camino no consigue verse absolutamente nada, tan sólo las zarzamoras que están a ambos lados. El polvo comienza a entrar por la ventanilla del tío. Intenta cerrarla, pero no recuerda los trucos del auto, más bien no conoce el procedimiento inverso para cerrar la ventanilla. El chofer le dice que no hay truco alguno para cerrarla, tan sólo ciérrela, porque sus inmensos lentes se ensucian.
Al final del camino se ven unas enormes luces. Hasta aquí no logra entender nada. Intenta buscar una respuesta lógica, quizás su tío posee una profesión que le implica salir en las noches. Pero cuál es esa profesión. Llegan al lugar donde se encuentran esos enormes focos y bajo ellos se haya un inmenso portón verde. Afuera no hay caseta, ni timbre ni guardia alguno. Tan sólo un enorme portón de color verde. Ya no sabe si mantener la sonrisa sea lo recomendable según su tío, prefería mantener el rostro fruncido, quizás la seriedad no le causaría tanto impacto. El tío le pide a su sobrino que se baje del auto y vaya a golpear el portón. Se queda impávido por unos segundos, hasta que con un grito logra reincorporarse para ejecutar la petición. Golpea tímidamente tres veces el portón, luego más fuerte hasta conseguir que alguien le hablara. Una voz ronca pide la identificación del sujeto, mientras el estremecimiento lo petrifica...

La búsqueda (dibujo)


"La búsqueda innecesaria se ha vuelto una imagen inhumana. el cuerpo no consigue arrastrar la carga de una condena, que provoca estos impulsos atléticos para sacarse la tristeza y la angustia"

martes, 4 de septiembre de 2007

Incógnito


Tres hombres sigilosamente cumplen la tarea. El Primero de ellos con particular silencio, distrae al oponente, mientras el Segundo comete el homicidio. Entonces el Segundo se vuelve humo y desaparece como por arte de magia. El Primero recibe el encuentro de la masa que impávida pretende resolver el enigma. Profieren tímidas miradas de repudio y murmullos de impotencia, pero se alejan porque no han sido víctimas, así que no es su problema. El Tercero es el peor de todos. Está en la masa, esperando que desaparezca el Primero. Si es posible, se asegura de echarlo a patadas aparentando ser héroe, todo esto para defender la tarea del grupo. Así cuando el Primero y Segundo no están, el Tercero se preocupa de calmar los ánimos, hasta conversando con los amigos de la víctima. Al fin desaparece. Una persona de la masa me dice: ¡Ese también era uno de ellos! Entonces lo miro fijamente y con voz de líder le digo: Yo también podría ser uno de ellos. El Cuarto se encarga de observar el cumplimiento exitoso de la tarea, y si es necesario eliminar a los soplones que perjudicarían la huida.

El extraño


Se levanta como si pretendiera buscar algo. Un pantalón gris, una camisa, un chaleco y un chaquetón, y quizás las estúpidas promesas de dejar los vicios. No despierta jamás, sólo se dirige con detenimiento hacia la calle, como si pretendiera buscar una solución: despertar al fin. Se enrolla la bufanda al cuello, casi estrangulándose; muerde la neblina y la aprieta con sus dientes para sentirse un poco menos infeliz.


Tantas cosas por hacer y ninguna de ellas lo saca de su extrañeza. El extraño se detiene en una esquina y se sienta en el suelo. Apoya su espalda sobre una casa, y mira como todo sigue su curso normal: los perros se alejan, los señores no tropiezan en su labor, los árboles se congelan, los aviones chocan en el cielo y caen a pedazos.


El extraño prefiere rodar por el suelo, en vez de gritar u orinarse en los pantalones. Consigue llegar a una capilla de color celeste. Se levanta como si pretendiera buscar un timbre con alguna musiquilla psicodélica. Se detiene frente a la puerta y comienza a orinarla. Luego corre para espantar el frio de sus huesos. El extraño llega hasta una plaza, se sienta en un banco y comienza a escarbar en la tierra como una ardilla malcriada. Se levanta como si pretendiera caer en el hoyo que sus uñas han construido. Se vuelve frágil marioneta de la angustia. Regresa a casa, pues lo ha dado todo y no ha recibido nada. El extraño se quita la bufanda, el chaquetón, el chaleco, la camisa y el pantalón gris. Se estira sobre la cama con la extrañeza acuestas. Se siente inseguro, ya que no sabe si mañana podrá rodar por la calle y orinar la capilla.