jueves, 20 de septiembre de 2007

El Coleccionista de recuerdos

En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. No sé si lo habrá sabido, parecía tranquila, así que dio por entendido que no lo sospechaba tampoco. La había citado al atardecer, quizás le gustaba apreciar los últimos rayos de sol antes de comenzar el ritual. Parecía tranquilo, no presentaba síntomas de excitación o alteración, más bien estaba intimidado. Le sonrió con dificultad, sin que ella se percatara de la extraña mueca que le produjo un nerviosismo sorpresivo. Él la esperaba siempre a la salida de su casa sin preocuparse de que alguien los viera juntos. Así que nuevamente entraron a la casa tal como hace tres meses y medio.
El ritual se realizaría en el living, quizás no con la misma libertad de antes, ahora estaban distantes y perplejos por la repentina necesidad del uno y el otro. No se miran durante varios segundos, lo que provoca un leve crecimiento de nerviosismo, así que él decide ir al baño, mientras ella aprovecha de revisar la biblioteca en busca de sus libros. Una vez en el baño se mira en el espejo y trata de recomponer su convulsivo rostro con un poco de agua. Recuerda tantos rituales en esta fría casa y ninguno de ellos le quitó el miedo de la cara. Tal vez la anterior, aquella muchacha de ojos verdes que solía hablar hacia adentro, de todas ha sido la que más extrañaba, pero después de un instante comenzó a hartarle ese silencio.
Minutos más tarde él se incorpora al ritual. Ella sentada en el sillón disimula el previo hurto de sus objetos, y así las miradas se encuentran escasamente a pesar de estar frente a frente. Tan tranquila no sospecha la convulsión que golpea el interior de su acompañante. No resiste tanta tranquilidad en ella, así que trata de pensar en otra cosa. Eludir el plan que había pretendido llevar acabo hace unos días atrás. La incertidumbre lo había desmoronado todo este tiempo, y ya su estúpida afición de coleccionar recuerdos se había convertido en su peor sufrimiento. Cajas llenas de cartas, fotografías, pasajes de buses, anillos, dibujos improvisados, se hallaban por toda la casa. También en la biblioteca habían algunos objetos que pertenecían a anteriores visitas.
El recuerdo de los ojos verdes vuelve a su cabeza, así como el remordimiento de no haber encontrado lo que buscaba. Se impacienta, siente náuseas y sus manos tiritan de impotencia. Otra vez se dirige al baño para pensar en una nueva forma de quitarse la angustia, sin embargo sale al patio por la puerta de la cocina. Ella decide esperar unos segundos más antes de marcharse, no pretende permanecer mucho tiempo en esa casa. Tan sólo ha venido a recoger unas cosas y luego a juntarse con otro. No se lo ha dicho, pero él lo sospecha. Momentos después el silencio invade el living, ella se impacienta, así que se levanta y se dirige a la puerta. No alcanza a tocar la manilla cuando escucha un feroz grito que retumba con su nombre. La soledad conduce a la locura y posteriormente a la muerte. Duda en seguir la resonancia para encontrar el origen de aquel lamento que sale de la boca de un hombre.
Ella sabe que su acompañante es un hombre obsesivo. Bastó ver sus fotografías y mensajes en las páginas de sus libros. Algo la impulsa a caminar hacia la cocina. La puerta que da al patio se encuentra abierta. El grito vino de afuera, y esa certeza le provoca un miedo inexplicable. El atardecer ya se ha ido y la noche cubre con su oscuridad el inmenso patio de la casa. Una vez afuera trata de observar el panorama para comprender las causas de aquel feroz lamento que tensiona sus nervios a niveles preocupantes. Camina lentamente hacia donde se perciben las últimas resonancias. Entonces se escucha un segundo grito al fondo de la oscuridad. Esta vez ella pretende dar la vuelta, se hace tarde y ya no puede lidiar con este tipo de locuras.
El silencio perturba la mente. Ella continúa avanzando cada vez más temblorosa. Entonces consigue divisar una sombra unos pasos más adelante. Una figura se encuentra apoyada sobre un árbol. Ella queda petrificada. Con una sorda voz pregunta al silencio sobre el acompañante. No hay respuesta. Da algunos pasos para acercarse un poco más, y en eso su pie izquierdo patea una pala que estaba tirada. Vuelve sus ojos a la sombra y el miedo la paraliza aún más, ya no puede moverse. Unos metros más allá del árbol contempla una improvisada excavación, del tamaño de un cuerpo humano. Es inexplicable como el miedo atrae desgracias. La figura apoyada en el árbol está inmóvil, entonces ella consigue perder completamente la tranquilidad y grita.
Su acompañante aparece atrás de su espalda. En unos segundos la atrapa entre sus brazos, la tira al suelo y comienza a asfixiarla. No posee un espejo para apreciar lo convulsivo de su rostro, a pesar de que siente una felicidad en el alma. Mientras aprieta su cuello, logra ver como los ojos celestes de esta muchacha comienzan a extinguirse así como sus palabras y traiciones durante tres meses y medio de vida. En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. Una vez cumplida con la tarea la arrastra hasta la fosa improvisada. Antes de sepultarla, le extrae de sus bolsillos los mensajes que le había escrito y las fotografías. Después va en busca de la pala. Al pasar por el árbol se acerca a la figura que estaba apoyada. La mira y luego comprende esta locura. Su acompañante ocupará el lugar que tenía este cadáver meses atrás: Su colección de recuerdos. Tal vez si pudiera estar viva aquella muchacha de ojos verdes su sufrimiento desaparecería, pero él es un hombre obsesivo, así que el remordimiento no se irá de su lugar.

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