El sueño parece terminar por completo. En estos últimos días el cansancio se ha transformado en desvanecimiento, como si el cuerpo dejara de existir y el alma se quedara en silencio. Quizás dónde se habrá quedado dormido, pero ya es hora de despertar. Supuso desde un comienzo que el efecto no tardaría en parar cuando las cosas tomaran su rumbo habitual. Lo había sentido toda esta semana. Sus movimientos habían perdido toda coherencia, las palabras solían trabarse antes de emitir sentimiento alguno. Todo esto, que ilusoriamente se había apoderado de él, naturalmente volvía a su curso de siempre.
La solución se resumía a esperar que sus ojos se abrieran y despertar al fin del dulce sueño. La comunidad no sospechaba que los días estaban contados para él. Había conseguido un trabajo y también tenía una mujer, por eso era dulce ese sueño que se terminaba completamente. Supuso que habría un final para aquella sensación de dulzura, porque la vez que su mujer lo abandonó, se dio cuenta de que era un simple sueño. Su dolor había sido mínimo, como si su cuerpo estuviera plácidamente dormido en algún lugar. Entonces no fue amor, tan sólo una ilusión, que desapareció tras cerrar los ojos. Esta noche su figura empezaría a desvanecerse.
Llegada la noche, sintió una gran presión sobre su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, porque jamás podría soñar con aquellos niños que lo esperaban cerca de su trabajo. Él se dedicaba a plantar árboles en un parque cercano. Cada vez que llevaba un árbol pequeño para plantar, los niños del vecindario corrían a verlo, y a veces lo ayudaban con sus millones de ojos brillantes. Recordó eso, y el ruido de la locomotora que pasaba a las afueras del pueblo. Solía escuchar el sonido de su viaje y mirar el humo que se apreciaba desde el parque. Todo eso llegaba a su fin mientras caía al suelo de su casa, junto con el silencio de la calle.
Cuando despertó el ruido de la locomotora había desaparecido. Sus lágrimas se habían secado y sus movimientos estaban entumecidos por el frío. Estaba recostado en el suelo a las afueras de una estación de trenes. Sabía que el efecto no tardaría en parar y así sucedió. Se levantó torpemente y trató de recordar lo que había soñado. Tal vez una mujer, quizás un trabajo y posiblemente dinero. Todo había sido un maldito sueño. Se dio cuenta que aún vivía en la miseria y soledad eternas. No podía imaginar cómo volvería a cambiar su suerte. Por un momento parecía desanimado, pero quizás las cosas no eran tan malas como lo pensaba. En lo profundo de su corazón sentía una extraña felicidad que cambiaba el panorama de su vida.
Mientras soñaba no pudo percatarse de lo que significaba la libertada. No podía ver más allá de la rutina. Trabajaba todos los días, todo el día, y su mujer jamás lo comprendió. De ahí su extraña felicidad. Lo otro había sido un sueño, esto era la vida, y podía hacer lo que quisiera. Ahora querría saber lo que era perder completamente la cabeza, explotar la miseria. Se dirigió al interior de la estación de trenes. Al llegar a la línea, saltó a ella y comenzó a seguirla en dirección sur. Buscó la locomotora y su humo blanco. Unas cuadras más adelante, se detuvo en un punto exacto cerca de una caseta de vigilancia. Miró en ambas direcciones y esperó unos minutos. Sus lágrimas cayeron nuevamente deseando soñar algo distinto. Puso su cabeza en uno de los rieles y aguardó la venida de la locomotora. Quizás ahora podría soñar completamente con algún recuerdo feliz y sincero.
La solución se resumía a esperar que sus ojos se abrieran y despertar al fin del dulce sueño. La comunidad no sospechaba que los días estaban contados para él. Había conseguido un trabajo y también tenía una mujer, por eso era dulce ese sueño que se terminaba completamente. Supuso que habría un final para aquella sensación de dulzura, porque la vez que su mujer lo abandonó, se dio cuenta de que era un simple sueño. Su dolor había sido mínimo, como si su cuerpo estuviera plácidamente dormido en algún lugar. Entonces no fue amor, tan sólo una ilusión, que desapareció tras cerrar los ojos. Esta noche su figura empezaría a desvanecerse.
Llegada la noche, sintió una gran presión sobre su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, porque jamás podría soñar con aquellos niños que lo esperaban cerca de su trabajo. Él se dedicaba a plantar árboles en un parque cercano. Cada vez que llevaba un árbol pequeño para plantar, los niños del vecindario corrían a verlo, y a veces lo ayudaban con sus millones de ojos brillantes. Recordó eso, y el ruido de la locomotora que pasaba a las afueras del pueblo. Solía escuchar el sonido de su viaje y mirar el humo que se apreciaba desde el parque. Todo eso llegaba a su fin mientras caía al suelo de su casa, junto con el silencio de la calle.
Cuando despertó el ruido de la locomotora había desaparecido. Sus lágrimas se habían secado y sus movimientos estaban entumecidos por el frío. Estaba recostado en el suelo a las afueras de una estación de trenes. Sabía que el efecto no tardaría en parar y así sucedió. Se levantó torpemente y trató de recordar lo que había soñado. Tal vez una mujer, quizás un trabajo y posiblemente dinero. Todo había sido un maldito sueño. Se dio cuenta que aún vivía en la miseria y soledad eternas. No podía imaginar cómo volvería a cambiar su suerte. Por un momento parecía desanimado, pero quizás las cosas no eran tan malas como lo pensaba. En lo profundo de su corazón sentía una extraña felicidad que cambiaba el panorama de su vida.
Mientras soñaba no pudo percatarse de lo que significaba la libertada. No podía ver más allá de la rutina. Trabajaba todos los días, todo el día, y su mujer jamás lo comprendió. De ahí su extraña felicidad. Lo otro había sido un sueño, esto era la vida, y podía hacer lo que quisiera. Ahora querría saber lo que era perder completamente la cabeza, explotar la miseria. Se dirigió al interior de la estación de trenes. Al llegar a la línea, saltó a ella y comenzó a seguirla en dirección sur. Buscó la locomotora y su humo blanco. Unas cuadras más adelante, se detuvo en un punto exacto cerca de una caseta de vigilancia. Miró en ambas direcciones y esperó unos minutos. Sus lágrimas cayeron nuevamente deseando soñar algo distinto. Puso su cabeza en uno de los rieles y aguardó la venida de la locomotora. Quizás ahora podría soñar completamente con algún recuerdo feliz y sincero.
2 comentarios:
me absorvió la lectura: maravilloso.
grande, bugui
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