jueves, 20 de septiembre de 2007

La Prisión (Capítulo I)

Lo habían invitado de varios lugares a pasar la tarde, pero él decidió quedarse en casa de su tío, ya que ahí se sentía menos aburrido. Estuvieron la tarde entera mirando televisión y comiendo galletas de chocolate. Su tío tenía dos perras; los dos gatos habían muerto hace unos meses. Sus perras lengüeteaban las migas de galletas que caían al suelo, mientras él decidía ir al baño. Ya de noche, el tío se dispone a sentarse en su sofá preferido, saca una barra de chocolate y un libro sobre Psicología animal. Cuando vuelve del baño, se sienta frente a su tío y no sabe qué hacer. Siempre que buscó una respuesta en su pariente jamás la encontró. No sabía a qué se dedicaba su tío, simplemente sabia que le gustaba el chocolate y mirar la tele, pero tampoco estaba seguro.
Minutos más tarde el teléfono comienza a sonar. Su tío contesta con voz firme, y a los pocos segundos que dura la conversación, dice: ¡Salimos en 10 minutos! Busca rápidamente su chaquetón negro sin entender nada. Las perras están comiendo las últimas galletas de chocolate que quedaban en la mesa. Su tío se pone un sombrero y toma un bastón de madera. Su enorme figura y una lesión en la pierna, le impiden moverse con soltura. Antes de salir a la calle, su tío le pide la mayor de las sonrisas cuando lleguen a su destino, lo que provocó en él un leve estremecimiento en el estomago, quizás por desconocer el motivo de esa petición. Afuera los recibe un hombre, quien los ha esperado dentro de un auto. El chofer con unos lentes inmensos, un pequeño desequilibrio motriz y una estúpida risa, parece desconocer también el lugar hacia donde se dirige el tío.
Se suben al auto. Por la enorme figura del tío, el chofer debe acomodarle el asiento de adelante. Con particular tartamudeo le pregunta si se encuentra cómodo. Todo está bien, así que comencemos el trayecto. El tío le indica que rutas seguir, mientras intenta abrir la ventanilla. El chofer le explica los trucos que tiene el auto, y como por efecto, la ventanilla posee uno, así que le recomienda girar la manilla hacia atrás muy lentamente y luego muy fuerte hacia delante. El chofer espera a que el tío consiga el objetivo; una vez logrado esto, recibe una risa estúpida como aprobación de su éxito. 15 minutos de viaje y el panorama comienza a cambiar abruptamente. Las casas desaparecen, y son reemplazadas por enormes espacios llenos de pasto seco y árboles. Los paraderos iluminados ya no cubren la altura de esta ruta; tan sólo se aprecian casetas oscuras y en su interior dos sino tres sombras fornicando libremente. Todo se resume a una línea recta de pavimento rodeada de oscuridad.
El chofer pregunta por el punto exacto de llegada. El tío le responde que unos metros más allá doble a la derecha. El estremecimiento sentido en la casa crece al no ver camino alguno a la derecha, y si lo hubiera, se encuentra muy escondido para ser visto por cualquiera. Entonces el chofer consigue dar con ese camino, y dobla lentamente a la derecha. Es un camino de tierra, tan oscuro o más como la carretera. Al fondo del camino no consigue verse absolutamente nada, tan sólo las zarzamoras que están a ambos lados. El polvo comienza a entrar por la ventanilla del tío. Intenta cerrarla, pero no recuerda los trucos del auto, más bien no conoce el procedimiento inverso para cerrar la ventanilla. El chofer le dice que no hay truco alguno para cerrarla, tan sólo ciérrela, porque sus inmensos lentes se ensucian.
Al final del camino se ven unas enormes luces. Hasta aquí no logra entender nada. Intenta buscar una respuesta lógica, quizás su tío posee una profesión que le implica salir en las noches. Pero cuál es esa profesión. Llegan al lugar donde se encuentran esos enormes focos y bajo ellos se haya un inmenso portón verde. Afuera no hay caseta, ni timbre ni guardia alguno. Tan sólo un enorme portón de color verde. Ya no sabe si mantener la sonrisa sea lo recomendable según su tío, prefería mantener el rostro fruncido, quizás la seriedad no le causaría tanto impacto. El tío le pide a su sobrino que se baje del auto y vaya a golpear el portón. Se queda impávido por unos segundos, hasta que con un grito logra reincorporarse para ejecutar la petición. Golpea tímidamente tres veces el portón, luego más fuerte hasta conseguir que alguien le hablara. Una voz ronca pide la identificación del sujeto, mientras el estremecimiento lo petrifica...

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