martes, 4 de septiembre de 2007

El extraño


Se levanta como si pretendiera buscar algo. Un pantalón gris, una camisa, un chaleco y un chaquetón, y quizás las estúpidas promesas de dejar los vicios. No despierta jamás, sólo se dirige con detenimiento hacia la calle, como si pretendiera buscar una solución: despertar al fin. Se enrolla la bufanda al cuello, casi estrangulándose; muerde la neblina y la aprieta con sus dientes para sentirse un poco menos infeliz.


Tantas cosas por hacer y ninguna de ellas lo saca de su extrañeza. El extraño se detiene en una esquina y se sienta en el suelo. Apoya su espalda sobre una casa, y mira como todo sigue su curso normal: los perros se alejan, los señores no tropiezan en su labor, los árboles se congelan, los aviones chocan en el cielo y caen a pedazos.


El extraño prefiere rodar por el suelo, en vez de gritar u orinarse en los pantalones. Consigue llegar a una capilla de color celeste. Se levanta como si pretendiera buscar un timbre con alguna musiquilla psicodélica. Se detiene frente a la puerta y comienza a orinarla. Luego corre para espantar el frio de sus huesos. El extraño llega hasta una plaza, se sienta en un banco y comienza a escarbar en la tierra como una ardilla malcriada. Se levanta como si pretendiera caer en el hoyo que sus uñas han construido. Se vuelve frágil marioneta de la angustia. Regresa a casa, pues lo ha dado todo y no ha recibido nada. El extraño se quita la bufanda, el chaquetón, el chaleco, la camisa y el pantalón gris. Se estira sobre la cama con la extrañeza acuestas. Se siente inseguro, ya que no sabe si mañana podrá rodar por la calle y orinar la capilla.

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