jueves, 17 de julio de 2008

Viaje hacia el universo


Nadie sospecha que somos asesinos. Sigamos el rumbo que nos muestran las estrellas, dejemos que nuestras risas sangrientas se pierdan por un instante y entreguémonos al universo. Nos han perdido el rastro hace unos minutos; la carretera se muestra vacía y a esta velocidad la oscuridad de la llanura se muestra congelada. Debemos adentrarnos hacia el bosque, tarde o temprano recuperaran el rastro, y cuando nos atrapen, nos llenaran los dientes de balas blindadas. Doblemos bruscamente hacia el rumbo de los árboles, perdámonos en el crujir de las baratas, nadie sospecha que somos asesinos. Te he de seguir ensangrentado por el camino que nos han trazado los dioses del celuloide; generemos el suspenso necesario para que nos recuerden cuando miren al cielo. Nadie sospecha que hemos matado hace unas horas.
No debimos volarle los sesos. Ni a su hija, ni a su triste esposa, pero nos debía tanto. La mitad de nuestro cuerpo, y el universo entero. No debimos matar a tanta gente hace un momento, pero ellos se entrometieron y pagaron con sangre. Les volamos los sesos y les quitamos las entrañas, como verdaderos asesinos. Tuvimos el coraje para traspasar las puertas de aquél palacio para recuperar los que nos habían quitado hace años. Te miré de reojo y supe que alcanzaríamos nuestro anhelado universo. Allí estaban los bastardos, seguros en su fortaleza; jamás sospecharon que seríamos capaces de matarlos a todos ellos.
Cuando nos dirigíamos desde el pueblo hacia ese lugar, dudé por momentos que nuestras flaquezas sacaran fuerzas, es que nos hicieron la vida imposible hasta que desapareciéramos del mapa. Miré hacia fuera por la ventana del auto y el atardecer me hacía recuperar el ímpetu que nos motivaba hace unos días, cuando planeamos este asunto. Apretabas con fuerza el manubrio como si vislumbraras el destino que nos habían trazado los films de gángster, luego encendiste la radio para que nuestra banda sonora iluminara nuestro camino. Habías grabado ese casette hace tres días cuando planeamos recuperar nuestro universo. En ese momento nadie sospechaba que le volaríamos los sesos al gran jefe.
Hace tres días dijiste que nuestro crimen merecía una banda sonora como las películas de Tarantino. La canción que daría inicio a nuestro golpe sería Hey Joe de Jimmy Hendrix; esta sería la quinta del lado A. Esto debimos haberlo conseguido hace años, pero la determinación siempre nos faltó cuando se trató de elaborar nuestros argumentos. Nos quitaron el éxito, en cuanto supieron de nuestras estrategias de independencia cultural; ya no podían contenernos bajo su dominio totalizador y exasperante. Fue preciso correr para no caer muertos en sus mugrosas manos; el universo nos fue arrancado de nuestros corazones y perdimos el encantamiento, el show debió terminar. Nos escondimos por tres años, sin saber adonde nos habían llevado los sueños.
No debimos matar a tantos inocentes. Es mejor que doblemos hacia la oscuridad del bosque y nos ocultemos, mientras ellos nos pierden el rastro. Condúcenos hacia el encuentro con la trascendencia, olvídate que somos miserables, nosotros somos asesinos. Durante esos tres años nos volvimos asesinos. Durante ese tiempo nuestros enemigos cayeron en silencio; jamás quisiste dispararles, así que los acribillé contra el muro; nos debían el respeto que perdimos cuando no generamos éxitos. Sus caras palidecieron en cuanto se percataron que aún seguíamos vivos y estábamos dispuestos a recuperar nuestro universo. Ninguno de esos días fue igual al resto, había tantos cobardes que nos habían traicionado, que resultaba difícil encontrarlos a todos, así que nos alejamos.
Te miré de reojo cuando le disparaste a la mujer, al recordar que te habías ido. No sé que te habrá sucedido allá afuera para que volvieras tiempo después; quién te habrá hecho daño, para que descargaras tus balas contra su hija. No supe de ti hasta que apareciste moribundo, casi muerto en la entrada de nuestro refugio; traías contigo tu ropa ensangrentada, y en los bolsillos un casette virgen. Allí volvimos a planear todo, tus ideas emergieron como antes; la claridad de nuestros objetivos nos había convertido en profesionales. Recuperaste el aliento en esos tres días, pero nunca me contaste lo que te sucedió allá afuera; por eso cuando remaste a su esposa en el suelo, no supe bien si sonreír o entrar en pánico, pero estabas claro, sabías lo que estabas haciendo, pese a todo el odio acumulado desde nuestra derrota. Nos habían quitado el talento musical, y ahora nos convertían en asesinos. Tuvimos que deshacernos de nuestros instrumentos, para optar por rústicos elementos de sobrevivencia; cambiaste la guitarra por un revolver, y yo mi voz por un cuchillo.
Cuando comenzó a sonar Hey Joe desde el auto, nuestra matanza se hilaba como una de nuestras grandes composiciones. Nos habían quitado los sueños de raíz y quedamos en el aire, sin nada más que silencios entre nuestros vacíos acordes de existencia. Le disparaste a todo aquél que se interpusiera en nuestro camino a la gloria, yo mientras tanto los remataba en el suelo y la sangre se me impregnaba en la vestimenta escogida para esta ocasión; camisa blanca, corbata y traje negros emulando siempre a nuestro ídolo Tarantino. No sé si habrás perdido tus miedos en el momento de entrar al palacio, o cuando nos subimos al auto para emprender la huída; parecías preocupado por otras cosas, siempre con la mirada fija en el horizonte, viendo el desenlace final de nuestras vidas.
Doblemos entre medio de los grandes árboles y desaparezcamos de una vez por todas. Adentrémonos al encuentro con la eternidad, y que esta huída no sea símbolo de cobardía, sino el inevitable cierre de una época de aciertos e inciertos. Aquél bastardo nos llevó a la cima y luego nos robó lo que habíamos ganado con nuestro sacrificio; aún recuerdo cuando lo conocimos en un subterráneo maloliente de alguna sede oculta en la capital. Interpretábamos nuestras mejores canciones cuando detuvo el show para ofrecernos una tenue luz que salía de su pecho; nos dijo que introdujéramos nuestras garras rockanrolleras y le extirpáramos de cuajo un pequeño universo que yacía dentro de sus pulmones. Gritó éxito y fama, se nos paralizaron las entrañas y caímos en el juego; fuimos líderes de una minoría absorta de artistas inteligibles y musas conspiradoras tras bambalinas. Nos cayeron rosas y también granadas desde el público; no tuvimos miedo de enfrentar a las multitudes de la lírica de los poetas suicidas. Más tarde ellos propiciarían nuestras primeras tácticas asesinas.
La sangre de una bala me alcanzó cuando nos subimos al auto. Doblemos hacia ese obscuro bosque y busquemos un mítico río para purificar nuestras heridas; usemos el universo para inscribir nuestros nombres en las estrellas. No tenemos mucho tiempo, pierdo la respiración al igual que los últimos recuerdos de esta dolorosa travesía por la música. Todas esas canciones que hemos escuchado desde que pusiste un pie de regreso en la guarida, nos han fortificado los flácidos deseos de venganza. Durante tres días planeamos este anhelado crimen contra quiénes vivieron de nuestros huesos, jamás se lo imaginaron. Desde el profundo padecimiento te miro de reojo, y aún mantienes tu mirada fija en el horizonte sin doblar hacia la oscuridad del bosque. A lo lejos las víctimas de nuestra violencia han recuperado el rastro, han dispuesto la dolorosa venganza.
Durante esos tres años recuperé la voz, junto con el aprendizaje del cuchillo. Tú en silencio recuperaste la habilidad con la guitarra, pero ya era demasiado tarde. Cuando regresaste moribundo, prometiste recuperar nuestra felicidad; habías averiguado donde se encontraba nuestro manager, y donde ocultaba nuestro universo. Un inmenso palacio a las afueras de un pueblo, al sur de nuestra ciudad de origen. Con lo último de dinero que nos quedaba, compramos pasajes hacia el distante pueblo y allí robamos un auto de segunda mano. Casi al anochecer emprendimos el viaje hacia el universo, nada se nos había olvidado. Escribimos cartas a todo el mundo, a nuestros padres y a nuestros fans; trajiste tu revolver y el casette previamente grabado para nuestra banda sonora; mi voz y mi cuchillo. Nos estacionamos cerca del palacio, esperamos unos minutos, mientras escuchábamos cada canción del lado A. A la tercera canción reanudamos la travesía sangrienta, cuando comenzara Hey Joe mataríamos a cuanto guardia se nos cruzara por delante. Cuando terminaba de sonar aquella canción, el gran feje nos miraba atónito desde el suelo; tuve que extirparle el universo de su corazón para luego emprender la huída hacia el bosque eterno.
Cuando cargaba el universo entre mis brazos, recibí una bala en el vientre y caí al suelo. Al abrir los ojos había mucho silencio en el auto, el lado A había concluido hace unos minutos. Aceleraste tan rápido para perderlos de vista, que olvidaste la música y ahora viajábamos en silencio. Nadie sospecha que hemos asesinado a nuestro manager. Sigamos el rumbo que nos muestran las estrellas; dejemos que nuestros miedos se pierdan por un instante y entreguémonos al universo que llevamos con nosotros. Ellos han recuperado el rastro hace unos minutos, los puedo sentir desde cerca, mientras me desvanezco ensangrentado. Por fin me miras con una sonrisa, nada malo va a suceder, somos un dúo, nadie volverá a quitarnos nuestro universo. La carretera se muestra vacía y a esta velocidad la oscuridad de la llanura se muestra congelada. Debemos adentrarnos hacia el bosque, tarde o temprano nos atraparan y nos llenaran los dientes de balas sangrientas. Escucho que se acercan. Al fin doblas, y vuelvo a mirarte de reojo por última vez; nuestro éxito ha llegado a su fin, pierdes el control y te vas por los aires junto con la carrocería completa, luego me desvanezco y cierro los ojos.
Nos han atrapado. Nos esperan a la salida de este bosque impenetrable por los miedos; cuando abro mis ojos, no te encuentro en ningún rincón de esta oscuridad, ni bajo la tierra húmeda, ni sobre las copas de los árboles. Tal vez inscrito en las estrellas o quizás vagando por las nubes de la trascendencia. Moribundo decido salir hacia la carretera; se que nos esperan, pero somos un dúo, ahora que te has ido debo dar la cara por el éxito que un día tuvimos. Antes de salir, me introduzco el universo por la boca para que llegue a mi corazón, y así no nos quiten la grandeza. Doce sombras y tres autos nos esperan con las encendidas; traen consigo armas de fuego y afiladas navajas. Este es el fin de nuestra era de rockanroll.

sábado, 14 de junio de 2008

El traidor


Anoté lo que sigue, mientras me disponía partir por el universo: “el mundo se acabó cuando estas decisiones tomaron fuerza y sepultaron las últimas esperanzas. La farsa y el festín concluyeron cuando las conspiraciones idiomáticas traspasaron el orbe y desterraron nuestra lengua”

I. Las barreras se rompen

Destruí el mundo con mis manos de rayo, mientras la lluvia inundaba las avenidas. Me volví de trueno desde el cielo hacia la profundidad de la tierra, y se acabó el llanto que emergía de os huesos. Todos sucumbieron en cuanto el fuego sepultó las grandes ciudades; se desprendieron los techos y la multitud palideció en silencio. Todo se volvió caos.

II. Letargo televisivo

Desperté al interior de un supermercado vacío. Las luces se encendieron, mientras el agua inundaba las salidas traseras. Mis manos de rayo se convirtieron en imanes que atraían los más extraños productos desde las vitrinas. Perdí el rumbo de mis ideas destructivas; me encontraba absorbido por mis íntimos placeres televisivos. No había forma de volver atrás.

III. La traición

He traicionado a mis palabras. Aquellas que me enseñaron a vivir en el distanciamiento y la inseguridad. Será el fin. Debí seguir el camino que me había trazado desde las ruinas de mis desamores, hacia la cúspide de la descarnada soledad en la expresión de un llanto novelesco. La desviación de ese rumbo me pisa los talones, y unas vez más caigo de cara sobre piedras; la traición me sepultará sin principios ni gloria, sólo seré un empedernido deshabitado en busca de la felicidad y el amor inexistentes.

Lo siguiente se desprende de ciertas memorias: “Tuve que matar para sobrevivir. El egoísmo fue la causa de aquellas tácticas de supervivencia; un miedo incontrolable al fracaso o quizás a la pérdida de la identidad. Tuve que ocultar mis tesoros bajo tierra, por temor a la traición de otros. Ese egoísmo me separó del mundo; el egocentrismo terminó por entregarme la determinación de los actos destructivos. Tuve que matar a mis líderes y a mis súbditos, porque el poder nos enceguece de una manera terrorífica”



Texto incompleto - 2008

sábado, 31 de mayo de 2008

La muerte del héroe se aproxima...

Caída libre


Cada miembro del comité fue lanzado por la ventana junto con sus ideas, como última medida de emergencia. En ese momento estaba yo hipnotizado por la televisión en una pequeña sala de espera, junto a un grupo numeroso de televidentes. Las imágenes de un sol caribeño, tranquilizaban a cualquiera, más aún en épocas de emergencias.

El comité lo había dispuesto así. Las paredes del edificio debían aislar a los usuarios con más grado de contaminación en sus cerebros, y ante cualquier indicio de descontrol era preciso exterminarlo, con lo que hubiese a mano. En este caso lanzarlos por la ventana era lo inmediato.

El descontrol o videncia lumínica como solían denominarlo, generaba terror en las poblaciones aledañas. Por eso fue necesario aislarlos del mundo, para no propagar el virus en el resto de los habitantes. Cada miembro del comité había cedido ante la videncia lumínica. Aquel descontrol podría provocar una revolución entera.

En cada sala del edificio había un televisor que transmitía las mismas imágenes de un sol radiante. Jamás supe en que nivel estaba, sólo miraba aquel sol caribeño que me transportaba al único lugar del mundo donde no existe el miedo. Los pacientes hipnotizados babeaban con aquellas escenas, como si en algún momento de sus vidas, tuvieran tal libertad.

Entre sedantes percibía los ruidos externos a la sala. Alarmas a la distancia, pasos apresurados y murmullos atónitos por algún suceso extraño. Nadie sabía que tan enfermos estábamos; si seríamos salvados o exterminados en cuanto los líderes desaparecieran. Pero eso ya había sucedido, justo hace unos minutos atrás. Cada miembro del comité fue tirado por la ventana desde el último piso del edificio. El virus se extendería rápidamente hasta nosotros, y seríamos lanzados como chatarra.

El hambre nos llegaba con las imágenes de enormes pedazos de carne que aparecían en la televisión; nuestros estómagos se llenaban por arte de magia. La sed a veces nos aniquilaba; de eso me empecé a dar cuenta. Nos calmaban la sed con enormes barriles de agua, pero la mía no se iba. Ni siquiera mostraban imágenes de cerveza, tan sólo un enorme sol radiante y una palmera.

Antes de esta situación compleja no era nada ni nadie. Lo último que recuerdo son voces llamándome; ni siquiera se, si fue por mi nombre. Pero no era nadie, al menos de eso nos informaron hace unas horas. Uno de aquellos tipos extraños no paraba de mirarme, quería reconocer en mí algún síntoma de videncia lumínica. Eso es absurdo, esta comodidad es un lujo. Nadie puede enfermar acá.

En aquel divagamiento cancerigeno, una mujer a mi lado izquierdo gritaba desesperada. El virus había llegado a nosotros y era necesario tirarla por la ventana. Los dolores se acrecentaban y su cara comenzó a llenarse de ampollas amarillas. Nadie se movía de sus asientos, mientras el sol caribeño presentaba la felicidad eterna en el paraíso terrenal.

La puerta se abrió. Tres hombres de casacas artificiales de color verde se abalanzaron hacia la mujer. Una luz proveniente del pasillo me encegueció, mientras una estruendosa alarma rompió mis tímpanos. Decidí correr, pero en el instante de levantarme de mi asiento y dejar el televisor atrás, un dolor inexplicable en la cadera me botaba al suelo. Sentía mi cara ardiendo. Mis manos se llenaron de verrugas amarillentas y la sed aumentó.

Busqué la salida. En el pasillo la gente corría desesperada; hombres y mujeres con casa artificiales de color verde. Nadie se percató de mi presencia. La videncia lumínica comenzaba a generar un descontrol en mí. Debía saltar por la ventana; así lo habían dispuesto los líderes mundiales.

Cuando logré abrir la ventana, el viento me golpeó la cara y casi perdí el equilibrio. No le temo a las alturas. Había llegado el momento de buscar el sol caribeño. Una mujer me divisó e intentó detenerme; era demasiado tarde. Me lanzé al vacío. Al caer al suelo, despierto con el sol radiante sobre mi cuerpo, que yace recostado sobre la arena, junto a una palmera. Quizás cuando cambie de canal, podría resolver el misterio de la plaga o tal vez la solución a tanta matanza indiscriminada. Hoy sólo me conformo con el sol y la brisa caribeña.

domingo, 27 de abril de 2008

The Pereiras (por Felipe Alegría)


Rodrigo Bourguet Barriga era un joven beatlemaníaco nacido entre los cerros allá en San Bernardo. Felipe Alegría Urrutia era un mozalbete rockabilly y por el glorioso San Miguel iba caminando. A Rodrigo le gustaba crear mundos con sus bellos e intensos escritos y prosas. A Felipe le encantaba meter ruido con su guitarra escandalosa. Rodrigo se daba cuenta que con música todo se le esclarecía. Felipe en tanto, deambulaba sin rumbo en cuanto grupo podía. Rodrigo entraba a estudiar pedagogía porque le gustaba la docencia. Felipe hacía lo mismo, pero por condecendencia. Rodrigo le mostraba sus maravillosas poesías. Felipe le otorgaba alucinantes melodías. Rodrigo descubría el inimaginable poder de una canción. Felipe a escribir convertía en su pasión. Rodrigo, años después, le proponía componer las mejores canciones. Felipe incrédulo, barajaba otras opciones. Rodrigo machacaba los acordes de una raza estrafalaria. Felipe convencido por tocarla ya sangraba. Así es como se juntaron estos cabros y pongo como advertencia. Que desde entonces los pereiras, componer canciones tienen como competencia.

miércoles, 27 de febrero de 2008

The Pixies - hey

El guardián


Por momentos quiso dominar la técnica del vuelo, pero sus esfuerzos se vieron impedidos por la ausencia de panorámicas altas en su mente; por lo común, solía enredarse en cables de luz y en ondas magnéticas, así que optó por recurrir a sus antiguas habilidades para cumplir su tarea. En esa búsqueda interminable de aquellas ideas de historietas, comprendió la inevitable soledad a la que estaba condenado a vivir debido a su capacidad imaginativa. La tarea a la que se había entregado resultaba difícil sin esas habilidades requeridas, por eso cada vez que despertaba de esa facultad soñadora, la inmensidad de la realidad acababa por destruir sus esperanzas de salvación y libertad. Tal vez si cambiara su triste personalidad, podría cuidar a lo más débiles.
Despertó sin recordar un solo aspecto de este último sueño. Con un calor sofocante sobre las paredes de su habitación, las imágenes se desvanecieron en cuanto abrió los ojos y miró el techo. No pudo escribir ni siquiera dibujar el episodio de esa mañana; esta vez no pudo recordarlo. En otras ocasiones había conseguido revelar el enigma de unas sombras que lo amedrentaban como villanos tras unos árboles resecos; así buscaba su significado en la realidad. Se sintió desvalido y sin aire; era necesario encontrar respuestas.
Días antes, las sombras habían conseguido alterar sus habilidades; se sentía débil y lleno de cólera. Lo habían sucumbido en reiterados momentos de acción, perdiendo totalmente el control de éstos, e involucrando a inocentes. Bloquearon su capacidad visionaria y golpearon sus puntos débiles. Cuando despertó de ese sueño, corrió de inmediato a la habitación de su madre para sentirse resguardado; no quiso recordar las sombras que más tarde destruirían su tranquilidad. Esta pesadilla parecía estar consumiéndolo lentamente, y ya le era casi imposible continuar con la tarea de cuidar a su madre de las artimañas y los ataques. No supo en qué momento se convirtió en su guardián, pero desde ese momento su existencia tendría un propósito y un ideal.
Una noche, el guardián contuvo el ataque feroz de los villanos que buscaban apoderarse de sus miedos. A salvo e ileso, intentó detenerlos, pero una vez más se escabulleron tras lo árboles resecos, para planear una nueva conspiración contra su enemigo. Sentado sobre el techo, contempló su inmensa soledad; estaba en boca de todos, pero nadie comprendía los motivos de esta interminable lucha a la que se había entregado. Lo hacía porque buscaba un lugar en el mundo; si poseía estas habilidades, debía usarlas de algún modo. Tan sólo quería encontrar respuestas. Cuando abrió los ojos, pensó que jamás se quitaría de encima la condición a la cual estaba confinado. Desde el techo no pudo ver nada más que oscuridad, así lo asoció a la realidad como la pérdida de sus emociones. Solía subirse a las alturas, ya sea de una pandereta o al techo de su casa para contemplar a todos esos seres que merodeaban allá abajo. Lo habían tomado como un loco, y era el argumento predilecto de sus enemigos para atacar la pacificidad de su madre. Por eso fue preciso resguardar su solitaria presencia; al bajar de las alturas, se dirigía a la pieza de su madre, donde pasaba horas consolándola; luego salía de la casa, para romper los vidrios de las ventanas de sus enemigos.
Cuando aparecieron sus habilidades, creyó que moriría en un callejón sin salida. Sus piernas comenzaban a pesarle más de lo habitual, mientras el número de sus captores aumentaba. Las sombras con enormes navajas, ya empezaban a pisarle los talones, cuando sus pulmones se ahogaban con la desesperación. En ese instante sus habilidades aparecieron para salvarlo de un seguro ataque; cerró los ojos y emergió en otra dimensión de la mente. Los villanos habían huido, mientras la luz del sol se ocultaba tras los edificios. Así iniciaba la batalla contra sus miedos; era necesario dominar las habilidades imaginativas, controlar las imágenes y sus correspondencias. Necesitaba respuestas.
Su madre cayó al suelo, mientras sus gritos se expandían por el aire; no había mucho que hacer. Su mirada se quedó congelada en algún episodio de sus días de niñez, mientras los villanos se reían y se ocultaban tras los árboles. Desde ese día, el encierro terminó por sepultar sus esperanzas de encontrar la salida. Confinado en su pieza pretendió desarrollar una manera de olvidar aquellos sucesos que lo amarraban a esa triste realidad. Quiso evitar ese momento con un golpe certero, para destruir todas las palabras y miradas que derrumbaban la felicidad de su madre. Por eso no hubo más que revelarse ante las sombras que se convertían en enemigos; el guardián tuvo sueños para escaparse a toda costa.
Esos enemigos comenzaron a buscarlo desde temprano; interrumpieron su sueño con una enorme piedra que rompió sus ventanales. Pretendieron seguirlo, pero él se quedó en el mismo lugar el día entero. En sus sueños los villanos habían conseguido acribillarlo sobre el techo de su casa, no había escape alguno. A la mañana siguiente decidió salir en busca de respuestas, las halló en un callejón sin salida, y esta vez no pudo teletransportarse a ningún lugar. Ensangrentado, comprendió que su única habilidad consistía en imaginar este tipo de cosas que a nadie salvaban; no pudo con tanta realidad y perdió los sueños. Su madre empeoraba, y la soledad los amedrentaba cada vez más. Al mediodía, se quedó dormido sobre su realidad en letargo. Recuperó la imaginación; por momentos quiso dominar la técnica del vuelo como último recurso de existencia, pero sus esfuerzos se vieron impedidos por la pérdida de las emociones y la ausencia de panorámicas altas. No pudo imaginar nada más, y despertó en las horas siguientes. Quiso recordar ese último instante sobre el techo, mientras levitaba lentamente y sentía una extraña libertad. Tal vez era necesario afrontar la realidad de una sola vez; así podría olvidarse de estos estúpidos sueños y ser un verdadero héroe de historietas

martes, 5 de febrero de 2008

La corporación


Cruzó un largo pasillo mal iluminado en el 3º piso, con la idea fija en su cabeza desde hace unos días. Al llegar hasta el final de éste, se encontró con una puerta estrecha, la cual abrió con cuidado para dirigirse hacia el interior de un cuarto pequeño:

- Quiero renunciar – Dijo en forma seca y directa.
- Me temo, que no hay forma alguna – Le respondió la voz de un hombre calvo sentado en una diminuta silla en el centro del cuarto.

Cuando sus ojos se reflejaron en los lentes del funcionario ahí sentando, comprendió la expresión que tendría su rostro al escuchar esa respuesta tajante. Mientras caminaba por el pasillo, recordó los detalles de la bienvenida que le dio la corporación, y al momento de entrar por esa puerta, supuso que la despedida no sería lo mismo. El funcionario así se lo expresó; no se les permitía a los clientes abandonar lo que tiempo atrás habían prometido resguardar. Por eso no dudaría jamás en las respuestas que debía entregar a todos los que se dirigieran a esa recóndita oficina en el 3º piso. El cuarto se hallaba semioscuro y tan sólo poseía como decoración en un rincón, un botellón con agua. En esa desolada habitación ni en ninguna otra del edificio, había forma alguna de renunciar con vehemencia, obviando las deudas y delitos que quizás estaba en su contra. Era imposible escapar de los planes de una corporación tan poderosa como aquella.

- No se puede renunciar – reiteró el funcionario sin expresar duda alguna.
- Quiero renunciar
- No hay forma alguna; no está dentro de nuestros planes que ud renuncie.
- ¿Por qué no puedo renunciar? – Preguntó inquieto el sujeto.
- Porque nosotros hemos invertido en ud; nos debería mucho dinero y no queremos arruinarle la vida.


La idea de renunciar a los servicios de la corporación había consumido su existencia. Siempre supuso que no lo soltarían tan fácil como hablar con un imbécil de lentes y luego llegar casa sin contrato encima. Pensaba en la forma de deshabilitar ese contrato de alguna forma; pesaba sobre sus espaldas la ingenuidad que poseía del mundo, qué mal habría en firmar un documento que ofrecía su bienestar. Siempre te muestran la mejor cara, y luego te arruinan la vida. Tan sólo quería terminar la conversación con el funcionario a cargo de esa oficina para salir por la puerta e idear un plan urgente de salvación. Mientras pensaba en todo esto, el funcionario le había quitado la mirada de encima y se disponía a levantarse de su silla para buscar un poco de agua. Llevaba horas esperando la llegada de un hombre con agallas para separarse de la compañía.

- ¿Necesita algo más? – Preguntó el funcionario, mientras caminaba hasta el botellón de agua.
- Quiero renunciar - Insistió
- Ya le dije que eso no es posible.
- Debe existir una forma de anular el contrato, quizás firmar otro documento, ir a otra oficina o hablar con alguien más.
- No es posible su petición, señor. Ahora si me disculpa debo beber un poco de agua.
- Antes debe responderme, sí existe una salida. Sería capaz de cualquier cosa por obtenerla

El funcionario con una sonrisa en los labios, miró al techo por un par de segundos. Luego tomó un vaso de plumavit, abrió una pequeña llave azul del botellón y lo llenó con agua. Bebió hasta el fondo. Lo hizo tres veces más sin ningún apuro.

- Ya que insiste tanto; existe una salida – dijo acomodándose el pantalón y los lentes.
- ¿Cuál es? – Preguntó ansioso el sujeto.
- Antes quiero saber algo
- ¿Qué cosa?

En esos momentos no se escuchaba ningún ruido, ni siquiera el sonido de ambas respiraciones, Era un silencio desesperante, que se prolongó un poco más con la mirada enigmática del funcionario. Esta conversación jamás debió suceder. Sus roles habían traspaso cualquier compromiso capitalista; ahora eran dos hombres jugando a los misterios. El funcionario tras segundos de mutismo y con la mirada fija en su cliente, preguntó:

- ¿Qué estaría dispuesto a hacer para recuperar su libertad?
- No sé a qué se refiere concretamente- Manifestó con distancia
- Me refiero, ¿Estaría dispuesto a matar para desafiliarse de esta compañía?

No supo cual fue su respuesta. No supo si lo dijo o lo pensó. No supo tampoco si alguien más escuchaba esta conversación. Quizás había una conspiración en su contra. Tal vez todo esto había sido planeado; las deudas, los delitos, el edificio, el pasillo, el funcionario, la silla, el botellón con agua. La corporación estaba al tanto de todo, de lo que pensaba hacer si no podía renunciar, de lo que era capaz y de lo que no también. No podía matar a nadie. Eso era condenarse. Y ¿ya no lo estaba con la firma de ese contrato? ¿Qué diferencia había? Pero jamás había matado a alguien. ¿Esa era la salida que le ofrecía? ¿Qué clase de compañía te ofrece como salida matar a una persona? Sólo la mafia. Y ¿Estas compañías no lo eran? Lo habían hecho firmar un contrato del cual no podía renunciar, y para obtener la salida, debía matar a una persona, o quizás a más. Eso es la mafia.

- Le ofrezco una generosa salida- pronunció el funcionario, mientras volvía a sentarse en la silla.
- ¿A quién debo matar?
- Tranquilo, aún no entremos en detalles, tan sólo quiero que charlemos.

No podía seguir con este extraño dialogo. Necesitaba saber cuanto antes de que se trataba la generosa salida, y si realmente era generosa esa posibilidad. Los clientes solían concurrir al 3º piso para manifestar sus reclamos, pero jamás nadie atravesó ese pasillo mal iluminado y entró por esa estrecha puerta, para hablar con un hombre calvo de lentes y corbata. Este caso era distinto; nadie podía renunciar a la inmensa entrega de servicios que significaba la corporación. Su vida había cambiado en cuanto firmó un contrato de cuatro hojas. La corporación prometió arreglar su situación en el menor tiempo posible. Por eso cuando los problemas resurgieron y no había señas de funcionarios por el sector, la idea de renunciar vino directamente a su cabeza. Pero la salida no estaba permitida a ningún cliente, el funcionario bien lo sabía.

- Ud es un caso especial, por eso consideraré su petición. Pero no se apresure, para obtenerla deberá hacer lo siguiente.

El funcionario conocía cada una de sus palabras, sabía a lo que tenía que llegar. Por eso no dudaría en explicar los procedimientos que el cliente debía realizar para conseguir su renuncia. Ansioso de escuchar lo que el funcionario iba a ofrecerle como salida, había olvidado por completo los momentos que vivió siendo prisionero de la corporación. No quiso recordarlo o bien ya se sentía fuera de todo esto, al darse cuenta que estaba dispuesto a matar si fuese necesario. Pero presentía algo raro en el funcionario. Lo venía sintiendo desde que entró en el edificio; como si todo estuviera preparado para no dejarle ir. Eran profesionales, no esperaba menos de ellos. El funcionario sonaba convincente; tal vez la desesperación del sujeto por liberarse de la corporación lo hacía todo más fácil.

- Deberá hacer algo por los dos- Dijo el funcionario con un tono irreconocible.
- ¿Qué hay de la corporación?
- La corporación no permite renuncias, no está permitido
- Entonces, ¿Qué debo hacer por ud?

Jamás nadie había querido renunciar en esta compañía. El terror que generaban sus estrategias era demasiado grande como para salir por la puerta sin mirar atrás. Eso bien lo sabía el funcionario. Quizás eso lo motivó a entregarle una mínima posibilidad de salvación, sin obviar el truco que siempre hay detrás de las grandes compañías. Entonces sin dudar, el funcionario le entregó la siguiente oferta:

-Deberá asumir los cargos de un asesinato.

No supo entender esa petición. Se quedó inmóvil y pensativo unos segundos, mientras el funcionario lo miraba atento, estudiando detenidamente la preocupación de su cliente. Era difícil adivinar el truco que había detrás de esa descomunal petición ¿A quién debía asesinar? O bien ¿A quién asesinó y por qué razón? No pudo suponer qué era peor, si asumir un delito que no cometió o cometer el delito en cuestión. O Bien, permanecer amarrado a la corporación con deudas inexistentes o huir como prófugo de un asesinato, que pudo no cometer. No sabía si era una solución o si la vida se le complicaba más, tan sólo quería saber cuál era el truco detrás de esto

- Yo no he matado a nadie – Dijo casi sin voz
- Lo sé, pero si ud asume esos cargos, quedará libre.
- Pero de asumir algo así, quedaría preso. No es eso peor qué haber contratado sus servicios.
- Eso no sucederá; tan sólo tiene que firmar un documento y luego dejar sus huellas digitales en el arma. El resto déjemelo a mí.
- Al menos puedo saber quién es el verdadero asesino.
- De asumir los delitos, ud lo sería. De no hacerlo, ud quedaría sin renuncia.
- ¿Y cómo morirá la víctima?- preguntó con vierto escepticismo el cliente
- Ya está muerta, le disparaste un tiro en la cabeza.

El funcionario se levantó nuevamente de la silla y salió de la habitación dejando atrás a su cliente. Antes de salir le había dicho que bebiera un poco de agua del botellón, que no era tan mala después de todo. Una vez que estuvo solo, el cliente se dirigió hacia la única ventana que había para observar el entorno del edificio; jamás había podido ver la cuidad desde un 3º piso, ahora era el momento. Las cortinas rojas de la ventana, daban esa impresión semioscura de la oficina que había presenciado desde un comienzo; así que las abrió de par en par para iluminar la habitación y sentirse más seguro. Desde ahí no podía verse mucho; tan sólo un estacionamiento vacío y unos pequeños ciruelos. El resto del paisaje eran sólo techos y terrenos deshabitados. En ese transcurso de tiempo, el funcionario subió hasta la azotea del edificio por las escaleras de emergencia. Sin perder la calma se dirigió hasta un bulto que había tapado con un plástico azul. Tan sólo quería cerciorarse de que todo estaba en orden y de que el cadáver no se había ido a ningún lado. El funcionario con la misma tranquilidad de siempre, tomó un maletín que se encontraba justo al lado del bulto. Lo abrió y en el interior aún estaba los documentos requeridos por la corporación. El revolver lo había guardado antes de que supiera lo que había sucedido. El cliente esperó impaciente los 30 minutos que se demoró en llegar el funcionario. Cuando éste entró por la puerta, no se percató que la oficina estaba más iluminada; tan sólo se sentó en su silla habitual y puso el maletín sobre sus muslos. El cliente se encontraba sentado en el suelo, y cuando observó el maletín se levantó al instante.

- Aquí tengo su salida, señor. – Dijo el funcionario mirando fijamente a su cliente.
- ¿Qué debo hacer? – Preguntó incrédulo el sujeto.
- Dentro de este maletín, se encuentra el arma del crimen y la confesión posterior del asesino.

El cliente sin entender demasiado, se atrevió a preguntar:

- ¿Cuál es el truco?, me parece demasiado fácil este asunto.
- No hay truco alguno; ud firma la confesión y luego deja sus huellas en el arma. Yo me haré cargo del resto.

El sujeto no quiso entender a esa altura lo que estaba sucediendo entre ellos dos. Parecía en shock, pero la simple idea de obtener la renuncia despejaba su mente de cualquier engaño. Jamás sabría a quién había asesinado ni por qué; no quiso leer el documento, tan sólo tomó el revolver y le apuntó al funcionario como si realmente fuera asesinarlo. Pero sólo dejó sus huellas que lo implicarían en un delito que no cometió. Quizás esto era un juego para meterle miedo. Pero no quiso elaborar teorías ni resolver el misterio; no tenía agallas para jugar al detective, para él era un crimen perfecto. Al salir, el funcionario sonrió, parecía aliviado de una carga que llevaba hace horas. Jamás pensó que alguien accedería a tales peticiones, ni por más que quisiera renunciar a la corporación. Ni siquiera tuvo tiempo de conseguir otra oficina para hacer más creíble el asunto, pero la desesperación del sujeto, lo había hecho todo más fácil. El cliente cuando caminaba por el pasillo quiso repentinamente observar la cuidad desde un 4º piso; era el edificio más grande del centro y quería ver por última vez antes de huir del país, el paisaje completo. Subió por las escaleras de emergencia hasta la azotea; sintió el aire fresco de una falsa libertad. Pudo ver la ciudad entera con sus pequeñas tiendas y sus millones de clientes, condenándose día a día con numerosos contratos y compras. Tal vez no era el único infeliz que buscaba una renuncia en todos estos pomposos edificios. Absorto en estas ideas, no se percató del cadáver que yacía cubierto con un plástico azul desde el mediodía. Sólo se dio cuenta cuando el funcionario, con el rostro compulsivo, le apuntaba con el revolver desde la entrada. En un momento de distracción vio el bulto tirado en el suelo, la sangre ya se había secado.

- No debió subir hasta acá, señor. Ahora su salida se ha complicado.

El cliente no pudo comprender a tiempo, lo lejos que llegarían las estrategias de la corporación para no permitirle la huida. En los ojos del funcionario vio el terror y la masacre de toda esta situación; claro está que la víctima en el suelo había pasado por lo mismo horas antes. Un cliente más en busca de una renuncia o quizás algo peor; pero eso nunca nadie lo sabría, sin testigos, parecía un crimen perfecto.

- Tan sólo vine a renunciar
- Me temo, que no hay forma alguna – Volvió a reiterar como la primera vez.
- Prometo que no diré nada, y me largaré del país.
- Yo sé que ud no dirá nada. Lo lamento mucho, señor. Pero hasta aquí llegaron sus asuntos con esta corporación. Al menos ya no sufrirá más.

Podría haberse anulado ese contrato antes de que todo esto sucediera. Pero eso no era posible. Tuvo que seguir el procedimiento. Dirigirse al edificio, subir al 3º piso, caminar por el pasillo, hablar con ese funcionario y esperar una solución que no existía. Todo había sido un fraude. Firmó un documento que jamás consistió en una confesión; era el documento de otro cliente, el de la víctima que yacía en el suelo. Jamás podrá saber de que se trataba, no quiso leerlo, tan sólo firmó porque estaba desesperado. Tan sólo volvió a mirar el estacionamiento de reojo; había un auto, al menos alguien podría escuchar el tiro. El funcionario sin dudar, presionó el gatillo del revolver por segunda vez en el día. Ahora su vida se complicaba más. Debía justificar dos cuerpos en la azotea; no perdió la calma, sabía que alguien tarde o temprano llegaría a su oficina para renunciar. Tan sólo debía esperarlo, tal como le enseñaron lo superiores de la corporación.

sábado, 26 de enero de 2008

En busca de los sueños y la memoria

(Texto actualizado - A partir de "Una mujer (dentro de un pez)" de Santos Dumont)


El peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil después de haber atravesado los siglos; dejar que el sediento gigante de infancia volviera para arrastrarse y destrozarlo dormido, porque no habría más que soñar. Sería un error permitirlo. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, ya no es el ingenuo miedo que solía sentir encaramado a la pandereta porque no habría más higueras que subir. Ahora es una hipótesis, que madruga para evitar sentirse dentro de un pez que nada contra la corriente; evitar sentirse viejo, mecánico, lineal, funcional, inconstante varón rampante. Para ello permanece despierto con las ideas que aprendió siendo príncipe de las palabras, infante morador de las tinieblas del conocimiento cósmico de la trascendencia; ese alguien que su madre no comprendió nunca. En ese momento soñó por vez primera. En el intento se volvió de piedra y luego cayó. A lo lejos alcanzó un ritmo certero, pero fue complejo: Quiso alzar la voz para escapar; quiso congeniar los dedos con la mano, para repetir el movimiento y la postura, y así olvidar que otros viven sin entusiasmo, provocar un tumulto de ideas y conservar la memoria intacta, a lo lejos alcanzar ese ritmo era complejo. No desistió, buscó la forma de evadir el olvido de la genialidad, que se iba perdiendo en cada uno de sus seres. Sintió que era especial, sabía que lo lograría; el reino de las palabras melódicas era su destino, y así alcanzaría la trascendencia de la humanidad. De perder la magia del sueño, los rastros oníricos del mítico trayecto a la gloria, el gigante volvería sediento y como aquella serpiente malvada, destruiría el viaje emprendido por el pequeño príncipe de planetas lejanos. Sería un error quedarse dormido. Por eso piensa en aquella mujer que se olvidó de esta tierra y que tampoco pudo escapar, dormida yace dentro de un gran pez, muerta junto al agua. Su memoria se volvió frágil después de haber contado los sueños que le quedaban, mientras el sediento gigante se aproximaba al desenlace inevitable. En la vida nadie te enseña a soñar, a traspasar la realidad inmediata de la masa, para luego convertirse en dueño de nuestras peripecias artísticas. Al recordar esa figura femenina de infancia, recuerda también la vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, la fuerza casi mágica para derrotar al miedo ingenuo de las higueras, la inocencia del juego para convertirse en hombre despierto hasta que llegara la hora. De volverse príncipe de las palabras. Bien supo desde siempre que los sueños le permitirían alguna vez iniciar el viaje anhelado, desde los juegos y rituales, hasta la coronación en la cima de los árboles. Por eso buscaba las alturas de la pandereta, de las higueras; y por eso desafiaba a los gigantes. La vez que creyó sentir el roce de la trascendencia, quería superar el ingenuo miedo de las alturas; entonces cayó sobre la tierra con los pies extendidos y fue en busca de la superación y la victoria. Ahora sabe que el peor error que podría cometer, sería dejar que su memoria se volviera frágil, después de haber atravesado siglos de mágicos viajes por las estrellas. Aceptar la vida porque no hay más que soñar. La constante batalla contra ese equívoco proceder es un hecho, el resto son historias de sueños pasajeros y viajes sin retorno.

lunes, 21 de enero de 2008

La Doctrina del Shock - Naomi Klein

Bien sabe el hombre de estas eras holocáusticas, las maneras que se han utilizado para su adoctrinamiento. No las desconoce, más bien hace caso omiso. ¿Por qué? Basta mirar en qué se han convertido nuestras generaciones pensantes: En viles consumidores como estrategia de mercado libre. Algo que nuestros hijos deberían conocer y tenerle desconfianza. Sólo la información de los sucesos nos mantendrán a salvo del shock mundial que sufre la humanidad.

martes, 15 de enero de 2008

Lo que veo


(Texto escrito en casa de una lejana amiga- 2004)

Cuatro personas sentadas alrededor de una mesa; en la mesa cuatro tazas de té, una panera con cinco panes, un plato con tomate y otro con palta. De las cuatro personas que murmuran entre sí, dos mujeres, una colorina y una morena; dos hombres, uno delgado y otro gordo. Uno de los hombres, el delgado, mira a la colorina insistentemente, mientras el otro hombre, el gordo, revisa cu celular. Las cuatro personas están en la cocina de la morena, es su casa, es su mesa, es su pan, son sus tomates y paltas. Suena el teléfono de su casa, no es nadie. La colorina sonríe, el hombre delgado la mira, el hombre gordo juega Snake en cu celular. Las cuatro personas se callan, hierve la tetera; la morena sirve el agua caliente en las tazas junto a las bolsas de té, el hombre delgado se prepara un pan con tomate mientras mira a la colorina; la morena se prepara un pan con palta mientras le habla al hombre gordo. La colorina se levanta y busca un vaso, lo llena con agua fría, mientras el hombre delgado la mira de abajo hacia arriba desde su asiento. El hombre gordo deja su celular en la mesa y se hace el entendido con la morena. Pasan cinco minutos, nadie habla. El hombre gordo se levanta, quiere ir a comprar cigarrillos, la morena lo acompaña. El hombre delgado le sonríe a la colorina y se prepara otro pan con tomate; la colorina se queda mirando la panera o los dos panes que hay. El hombre delgado le toca el brazo a la colorina, ella reacciona y sonríe, el hombre delgado se ilusiona; no se hablan hasta que llega la morena y el hombre gordo. Cuatro personas alrededor de la mesa; en la mesa una panera vacía, dos platos vacíos, tres cigarrillos sueltos y un cenicero. El resto es historia repetida.

Fragmentos de viajes en micro...

(Texto escrito en micro Talagante - 2004)


…¿Será mía esa moneda?, me inquieta saberlo. No se mueve, no se va para ningún lado, se queda quieta. Se mueven todos los pasajeros de la micro, pero la moneda permanece en su sitio atraída por una fuerza magnética. Es una moneda que más da, son sólo cien pesos. Si fueran cincuenta no sería tanto; si fueran diez pesos, daría lo mismo. Pero si fueran quinientos pesos, es moneda brillaría y no se quedaría quieta. Esa moneda se queda en su lugar sin hacer ruido; los pasajeros se mueven y conversan, pero la moneda se queda callada y se queda inmóvil, a pesar del movimiento tumultuoso de la micro. Parece ser de la niña que está un asiento más adelante; se preocupa por algo que no encuentra. Su madre le dice que revise en el suelo, pero es mi moneda no suya. Estoy seguro que es su moneda, ahora empieza a llorar porque no encuentra lo que perdió de sus bolsillos. Cien pesos son una fortuna para una niña tan pequeña. ¿Será su moneda? Una muchacha de azul que está al lado mío parece consolar a la niña, ya que también busca en el suelo algún objeto perdido, no sé si sea esa moneda. No importa, son cien pesos, son mis cien pesos. La niña no se da cuenta de la moneda en el suelo y se levanta, al parecer no era su moneda, pero estoy seguro de que era de alguien más. Al bajarme de la micro tenía la sensación de haber incrementado mis finanzas en el bolsillo con esos cien pesos, pero al revisar y contar el dinero, con esa moneda tenía la misma plata que cuando salí. Lo dije, se me cayeron cien pesos, mis cien pesos…

jueves, 3 de enero de 2008

El último árbol del mundo


I
(La última esperanza)


La última esperanza de la humanidad ha sido sacrificada por el afán destructivo de la expansión terrestre. Sin darse cuenta de lo que hacían, los hombres concluyeron de forma sádica con la semilla que nos habría de salvar algún día. Ahora todo es desierto y cenizas; ramas y extremidades por toda la tierra; cuerdas y hachas para rajar y descuartizar nuestra única vía de existencia. El último árbol del mundo ha sido derribado por completo hace unas horas; para ese propósito se necesitaron herramientas de metal para traspasar el tronco con estrepitoso ruido y así sentir de forma clara la satisfacción, del inicio de una nueva era involutiva. La última esperanza de la humanidad ha sido derribada.


II
(El último recuerdo)


El último recuerdo que me había quedado de tus ojos, ha sido extirpado de raíz en una tarde de verano. Vi como los hombres con aterradora precisión clavaban sus garras a tu cuerpo, y te quitaban una a una las hojas de tu cabeza. Lentamente prepararon el plan para verte caer desplomada sobre la tierra y luego triturarte a hachazos; hicieron un gran círculo entorno a ti para arrancarte las extremidades desde todos los ángulos posibles con numerosas cuerdas. Me despojaron de tu único recuerdo aquí en la tierra, sin darse cuenta de tus sordos gritos con cada martillazo en tus raíces. Parecían confundidos con la idea de no verte jamás sobre sus espaldas; querían olvidarte de todas formas, y la sola presencia de tu recuerdo los espantaba, por eso te arrancaron tomándote el cuerpo y tirándote de las piernas. El último árbol que plantaste lo han derribado, y junto con él se han ido tus imágenes de jardinera, que con esfuerzo quisiste mantener multitudes de árboles sobre la colina. Me han quitado con brutalidad el oxigeno de tus pulmones, la savia de tu sangre, el abrazo de tus ramas. Ahora deberé cambiar la vista y buscarte en otros lugares; quizás ya es tiempo de que no seas el último árbol en el mundo.



III
(El último obstáculo)


El último obstáculo ha sido exterminado con éxito por los hombres de estas latitudes. Han cortado por la mitad el tronco para evitar complicaciones; han triturado y sepultado las ramas bajo las cenizas. El cielo se contempla borroso y vacío. Los hombres ven como se apagan las últimas llamas en pequeñas hojas sobre la tierra. El sol pega fuerte en la cara y el viento repentinamente se pierde como cosa espontáneamente. El último obstáculo ha sido derribado para proceder habitar el lugar donde crecerán los engendros y donde dormirán las culpas y las traiciones. El último árbol ha caído estrepitosamente desmembrado y aquellos hombres lo han visto como un obstáculo a sus pretensiones evolutivas. Nadie dudó de sus actos mientras la savia hervía al interior de las raíces machacadas. El último obstáculo ha sido derribado y triturado ante los ojos de nuevas generaciones que algún día habrían de salvarnos de arcaicas ideologías. Ya no hay más obstáculos que impidan la felicidad de los hombres y su inminente desaparición de la tierra.


IV
(El último pensamiento)


Lo había dudado tantas veces, y tan sólo quise comprenderlo porque era la única forma de saber que esa idea era potencialmente factible. Así que medité, lamentablemente era el único que debía saberlo y el único que comprendería en su totalidad la extraña idea. Llegué a la conclusión de que era necesario un hecho, para que todo tuviera sentido. Lo busqué en la memoria y lo hallé tan herido como había sucedido entonces. Lo analicé desde todos los puntos de vista, teológicos y filosóficos, al menos los que a mí me interesaban, o bien los que concordaban con mi idea. No puede ser de otro modo. Quise intentarlo otra vez, recordando que lo herido del hecho, correspondían a meros rasguños, de sacrificio y que no significaba un problema hacia lo que había propuesto como idea.
Entonces con la idea a punto de comprobarse, me subí al árbol. Me encaramé en sus ramas y al llegar a la punta, contemplé los techos de las casas, tal cual lo había hecho años atrás. Miré al cielo sin dudar en lo que yo creía y desde esa altura me dejé caer sobre las ramas. Si todo resultaba como yo creía, el árbol debía mostrarme el principio de los tiempos antes de la caída al suelo; como un regreso mecánico, casi fotográfico por las imágenes de nuestros antiguos muertos. Las hojas habían recogido cada pensamiento elaborado en su cima; las veces que mis antiguas muertas maldijeron al cielo, a sus estrellas y sus reflejos; las veces que mis antiguos muertos lloraron cien balas en los cráneos. La idea de un regreso al pasado, estaría comprobada de suceder como aquella vez, en la cual creí que moriría, pero extrañamente quedé colgando con una pierna atascada en las ramas. Mis ojos miraban el suelo, y un raro mareo caleidoscópico giraba en mi cabeza. La historia de mi vida me había sido revelada por aquél árbol al saltar sobre sus ramas.
Lo hice nuevamente, y cuando caía, las imágenes volvieron a pasar sobre mis ojos. Esta vez el árbol me reveló su inevitable destino; fue una breve mirada al futuro, sin mayores detalles; los hombres morirían en soledad y sin oxigeno, calcinados por el sol y comidos por cucarachas. Pero sabía que nadie creería en estas ideas; de a poco irían guardando recelo hasta confundir fruto con moneda, hoja con basura, tronco con hormigas, viento con ruido y así su final sería inevitable. Colgando con las dos piernas de la ramas, decido no volver a comprobar esta revelación, porque de alguna manera comencé a creer que sería el último en mirar los árboles por horas. El resto haría sus planes para expandirse como plaga.


V
(La última palabra)



Tus palabras yacían mudas tras tu lengua marchita y tu dentadura postiza. Entonces nadie pudo oír lo que quisiste dejarnos en la tierra, tu última palabra. De vergüenza algunos miraron para otro lado, y otros se secaron las lágrimas para escapar de su inevitable castigo, la soledad. Tus ojos se cerraron y la solitaria colina comenzó a desplomarse de tristeza, hasta convertirse en polvo y cucarachas. El último árbol que plantaste crujió fuertemente con el viento, pero nadie escucharía ni tus palabras ni los crujidos del árbol; tan sólo voltearían y seguirían su camino.
Te llevaron a un cuartucho estrecho, porque ya no soportaban tu andar impreciso bajo la sombra de los árboles y la cima de la colina; te llevaron a empujones, porque sus secretos planes no te contemplaban. Estuviste fuera y ahora me dejas como recuerdo en la tierra, aquél árbol en el cual te conviertes para existir desde el principio de los tiempos, hasta la consumación de los siglos. Me has dejado la última esperanza de la humanidad para expandirla como grito de lucha por toda la tierra, y así nos habríamos de salvar algún día. Tus ojos se han cerrado junto con los míos, que no quise abrir hasta que pasara todo esto. No quise que fueras una de mis antiguas muertas, más bien quería que fueras mi árbol preferido.
Jamás oí tus palabras en vida, ni tus consejos ni tus retos, que han llegado a mí como tradición oral a través de las generaciones. Tus historias se han multiplicado con los años; tus dolores, tus hazañas, tu silencio. Por eso al momento de abrir mis ojos cuando todo había pasado, creí en la posibilidad de que estuvieras viva y muy cerca de mis pasos. Para mí te habías convertido en ese último árbol que plantaste en el centro del mundo. Te habías convertido en rayo de sol sobre las hojas; en gotas de agua bebidas por las raíces; en ráfagas de viento entre las ramas. Tu última palabra fue ésta, que habría de revivir después de muerta para propagarse hacia la humanidad como última esperanza, pero aquí nadie te ha querido escuchar. El olvido se ha anidado en sus tímpanos y los ha cerrado por la eternidad.


VI
(Las últimas risas)


Las últimas risas quedaron dando vueltas inconclusas, en el viento que pasaba de largo, sin darse cuenta de la ausencia de las bocas que las habían emitido. La improvisada casa en el árbol había desaparecido tiempo atrás, junto con la época de los juegos y la ansiedad. Ahora sólo quedaban las risas fantasmales que cada vez más el viento las arrastraba hacia otras latitudes. En su momento la misión era simplemente subir las tablas y clavarlas sobre la rama más firme; lo más difícil fue desclavarlas, porque los hombres recelosos repentinamente se adueñaron de la felicidad de esas risas. Entonces ahora sólo el eco en el viento podrá atestiguar el instante en que la casa se transformó en guarida, para ocultarse del tiempo y del miedo a la muerte. Los hombres jamás comprendieron aquellas escenas de la casa en el árbol, quizás porque nunca tuvieron una o porque simplemente no podían entenderlo. Las últimas risas de los niños han desaparecido con el viento. Y ahora sólo queda precisar el último episodio de la historia.


VII
(El último episodio de la historia)


El último árbol del mundo ha sido cortado por los hombres de estas latitudes. La noche anterior me había sentado sobre sus ramas para conocer las últimas imágenes acerca de nuestra historia humana. Los pensamientos se me revelaron como láminas fotográficas y pude ver el principio y el final de los tiempos. Los secretos de estas latitudes se me habían presentado por primera vez de una manera casi apocalíptica. Los hombres habían ocultado sus miedos bajo tierra y no querían que fueran revelados otra vez por nadie. Por esa razón se habían quitado una enorme carga que llevaban por años, cuando la santa madre de esta tierra había muerto hace dos días. Ahora quedaba el árbol como único recuerdo de sus ojos.
Esa noche pude ver las escenas que me hicieron comprender el trágico sacrificio de la memoria. Los hombres sospechaban que sus secretos habían sido revelados, y que tarde o temprano su final llegaría. Sobre las ramas de aquél árbol había descubierto el desenlace de todas estas traiciones y culpas; habrían de acabar con sus heridas pasadas. Con el primer rayo de sol los hombres dispondrían de la estrategia necesaria para derribar el árbol que había permanecido intacto, desde que la santa madre lo plantara. A pesar de sentir que sus secretos habían sido revelados, jamás sospecharon que en cada hoja de ese árbol estaban escritos sus nombres y sus pensamientos. Se olvidaron porque sí, de su voces infantes cuando subían a las ramas para hablar en silencio acerca del miedo al tiempo.
Muchos de ellos revelaron el odio de vivir en estas latitudes, tan apartado de las grandes civilizaciones. Otros simplemente callaron por horas, para grabar sus pensamientos en las hojas más escondidas. Pero esa noche descubrí una voz que concentraba todo su dolor en una pequeña hoja negra. La inolvidable voz de aquella memoria, reflejaba en cada palabra la desesperación, la soledad y la tristeza. Sus ojos requebraban en llanto al ver la sucia tierra en que vino a nacer, y a la inevitable muerte a la cual no estaba preparada. Esa pequeña hoja me reveló la voz de la santa madre en un arrebato de locura y necesidad; había perdido la paciencia y se encaramó un día a las ramas para buscar la solución a su angustia. Sus hijos la encontraron a la mañana siguiente a la sombra del árbol con el mutismo acuestas. Desde ese día sus carnes flaquearon y su rostro envejeció. El último episodio de la historia comenzaba a extinguirse.
Con el terror sobre las manos, los hijos quisieron sepultar el recuerdo de esa locura. No podía llegar nuevamente a sus vidas. Los árboles simplemente no nos escuchaban. Olvidaron todos esos episodios de sus mentes; de aquella vez cuando su santa madre les dijo que el último árbol que había plantado en el mundo, le había revelado su inevitable tragedia. Nadie creyó en sus palabras ni en las mías. La noche anterior había comprendido que mi idea era la última palabra que había pronuncia la santa madre. Con lágrimas la primera vez había corrido en busca de ayuda, pero nadie me creyó en lo que decía. Me silenciaron, jamás ningún árbol ha guardado las palabras y pensamientos de una persona ni menos de nuestra santa madre. Entonces cuando ella murió hace dos días, la tarea ya estaba clara, derribarían el árbol para evitar que la locura volviera a sus vidas. Hoy con aterradora precisión los hombres de estas latitudes han destrozado la última esperanza de la humanidad que mi santa madre que me había entregado como obsequio; el último recuerdo y su última palabra han desaparecido por completo.