lunes, 31 de diciembre de 2007

Árbol


Por estos días subirse a los árboles ya no significa ningún goce para los Malandras y los Pajenrys. Para mí sigue siendo la misma experiencia de tiempo atrás; a veces paso horas mirando el horizonte entre las ramas y las hojas y sólo bajo para comer y dormir por las noches. Desde niño descubrí el placer de las alturas, la sensación volátil de un pájaro que observa apoyado desde su nido, los seres que incursionan en su ambiente. Sentir esa particular libertad es aún mayor cuando se vive frente a un parque lleno de todo tipo de árboles.
Sin duda no todos los que nacimos con esta ventaja, natural y llamativa, concluimos en pensar los mismo acerca del goce que provocaba subirse a los árboles; para el resto de los camaradas fue tan sólo una etapa en sus vidas, una rutina viciosa y la larga aburrida. En el parque la mayor atracción era el “Árbol negro”, oscuro en sus ramas y hojas que simbolizaban una presencia misteriosa en toda su frondosidad. Sin creer demasiado en esto, permanecía sentado toda la tarde en sus ramas, y más que nada compartía esa experiencia con amigos porque inusualmente el árbol se encontraba vacío; entonces nuestros horarios de subida comenzaron a toparse diariamente.
No sé hasta que punto habrá influido la ausencia de mujeres en el desarrollo de nuestra imaginación. Habiendo tantos hombres en el barrio era raro sentirse solo en el parque; sino eran los partidos en la cancha eran las luchas insostenibles en los césped. Durante las noches los más grandes se quedaban tan sólo para conversar, otros parecían callar hasta el otro día; y esto no reflejaba el más mínimo aburrimiento, ni siquiera la ausencia de una chiquilla a la vista. Los Malandras fueron los primeros en romper con estas ingenuas suposiciones; tardes enteras solían encaramarse al árbol negro y ya las risas no eran solamente masculinas. Habían profanado nuestro espacio de goce y juego. No había forma de impedírselos, eran los Malandras, los más temibles del barrio.
A mí y a mis amigos nos llamaban los Pajenrys. Así éramos conocidos por todos los vecinos, y ninguno de nosotros se escapaba de ser reconocido como tal. Para mí fue difícil desligarme de ese nombre por mucho tiempo, ya que había días en que la necesidad de subirse a la copa de un árbol y disfrutar del viento en la cara era tan inmensa, que corría velozmente, sin la compañía de los Pajenrys, hacia el árbol negro. Las malas caras y las bromas que no entendía, de un momento a otro me convirtieron en el mayor de los Pajenrys, una especie de líder de las avecillas que pasaban la tarde encumbrados en las ramas de los árboles. Así comencé a ser excluido de todos los juegos de mis camaradas, que secretamente se reunían para disfrutar de sus rituales personales, y que según ellos, yo disfrutaba a mi manera.
Vagué solitariamente por las ramas, hasta conocer alturas inimaginables. Me di cuenta que la atracción del árbol negro era tal, que había adeptos de muchos lugares; en esa mítica soledad reconocí a varios compañeros de curso, todos buscaban al famoso árbol. Decían que a veces se podía estar horas en las ramas con el viento en la cara y que no llegaba a molestar ningún otro angustiado. Ni con ellos pude compartir, seguía excluido por mis actitudes infantiles, porque eso era lo que más les perjudicaba, que fuera un niño jugando a cosas de grandes adolescentes. No comprendí sus razones, puesto que para mí el “árbol negro” lo era todo y sentarme en sus ramas era una experiencia única, aún cuando la gente hablara de cosas incomprensibles. “Juventud prematura y degenerada”, tales palabras provocaban estupor en mí; “acto natural, pero pecado”, palabras que mi oído grababa, pero que mi cabeza no comprendía.
Y quizás pensé que en realidad ser un Pajenrys, no era lo mismo cuando se subía a un árbol común, que cuando uno se encaramaba al “árbol negro”. La oscuridad de su frondosidad siempre ocultó bien las malas enseñanzas; y la ignorancia supo sacar los peores juicios de las personas. Por estos días subirse a ese árbol ya no significa ningún goce para Malandras y Pajenrys, porque quizás perdieron la grandeza de la imaginación, y tan sólo fue una lejana época.

sábado, 15 de diciembre de 2007

miércoles, 12 de diciembre de 2007

La danza de las gallinas negras



Al caer estrepitosamente al suelo desde las ramas de su árbol preferido, comprendió que aún no era el momento para seguir el rastro de las aventuras de sus camaradas volátiles, que con un vuelo prodigioso alcanzaban las más altas ramas de los árboles sin el mínimo vértigo. Recostado en la tierra con su espalda molida y sus brazos extendidos, miró como aquellas bestias se trasladaban de rama en rama con el ritmo milenario de las acrobacias orientales y la danza de las aves. No pudo evitar sentir temor y vergüenza por aquella escena, así que se levantó con el dolor encima para retirarse del lugar, mientras las miradas de sus camaradas se apreciaban sobre la altura de sus hombros, como tratando de consolar el espíritu de un niño, para que no se rompiera en lágrimas. Decidió volver al día siguiente.
Al abrir los ojos sintió en su pecho una gran angustia. Se levantó, recogió su bolso verde y salió corriendo por la puerta sin mirar atrás. En cuanto llegó a una esquina, se sentó en el suelo para aliviar la extraña presión cardiaca de su corazón, síntoma de un inminente colapso. En el interior del bolso traía consigo una novela y unos escritos personales, que revisó unos segundos sin leerlos, tan sólo quería verificar que allí estaban todos. Una vez que la presión y la angustia bajaron, se dirigió hasta un parque cercano al cual solía ir cuando era niño. Al llegar hasta allá, caminó por el césped con la memoria un poco nublada y las manos frías; una extraña sensación le provocaba subirse a un árbol cualquiera para superar aquel repentino aburrimiento por sobre los techos de las casas. Pero no podía encaramarse tan fácil como él lo quería; en cuanto le vino la idea a la cabeza, recordó además las veces que se fracturó los brazos y las piernas cuando caía de la ramas. Así que prefirió sentarse sobre el pasto, mientras el día acababa.
Sobre la sombra de su árbol preferido se encontraba nuevamente con su disfraz, para superar la última caída. El panorama esta vez era desolado; no estaban sus camaradas, ni rastros de danza alguna en las copas de los árboles. No podía hacer mucho sin ellos, tan sólo esperar una señal de los cielos oníricos. Estaba solo, nadie podía ayudarlo a subir hacia la magnitud de las alturas. Sus camaradas le habían dado el primer empuje para que subiera rápidamente, y luego afirmarse de las primeras ramas para acostumbrase a las acrobacias. Pensó en que podía lograrlo sin esa ayuda inicial, tan sólo tendría que acomodar su disfraz de gallina negra y cresta roja, aletear unos metros hasta llegar al tronco de su árbol preferido. Intentar con los brazos extendidos alcanzar las ramas bajas, y con las patas impulsar su subida apoyandose en el tronco, y permanecer ahí sujeto con fuerza, para luego trepar hasta la anhelada cima. Tan sólo habría que intentarlo. Pero decidió quedarse ahí mismo, porque no contaba con suficiente entusiasmo y cobardía.
Volvió a casa. Sintió una gran sofocación sobre su cuerpo, como si tuviera puesta mucha ropa. Se desnudó y se echó a dormir bajo la oscuridad de su cuarto, con la idea de terminar la novela y los escritos personales. Despertó recordando las ramas, los viajes, y luego a las tres de la tarde debido al insomnio, se levantó con la misma angustia del otro día. Lo único que podía consolarlo en estos momentos era la lectura de su novela favorita “El Barón rampante”. Así que decidió salir una vez más con su bolso verde al parque para terminar la novela. Quería saber si el protagonista bajaría algún día de los árboles para asumir la condena de vivir con los pies en la tierra. Añoraba con cierto escepticismo viajar por el mundo a través de las ramas, y así conseguir la experiencia suficiente para superar los miedos. Si tan sólo conociera a alguien que lo sacara de este aburrimiento, comprendería al fin su destino.
Creyó que sería la última vez que caería al suelo. El dolor lo remeció desde dentro, como si su orgullo se rompiera en pedazos. Quería llorar de rabia, al ver que sus camaradas seguían su danza sin la mínima preocupación. Las gallinas negras con sus crestas rojas, trepaban por el tronco con la más bella coreografía, para luego saltar al aire y llegar hasta otro extremo de la escena. Algunas veces caían al suelo en sus dos patas para formar un círculo y aletear como verdaderos bailarines. Cuanta magia, con cuanto miedo a la vida, no había forma de no pertenecer a ese arte. Así nuevamente trepó a su árbol preferido a las primeras ramas, se aferró a éstas fuertemente y comenzó a subir. Cuando llegó a la mitad, quitó de su vista algunas ramas para observar a sus camaradas; estaba preparado para saltar hacia el otro extremo de la escena.
Pensó que el insomnio se debía a sus íntimos miedos que alargaban por más horas su tortura. Quería escapar de algún modo, para no enfrentarse a esa existencia enfermiza que sentía como condena. No podía seguir con este insomnio, así que trató de cerrar los ojos y dejarse llevar por la música. Escuchó unas trompetas al unísono, y unas risas a lo lejos; parecía estar soñando con un espectáculo circense. Se entusiasmó, quería descubrir más. A pesar del extraño terror que sentía con el ruido de personas y animales, decidió seguir escuchando aún más. ¡¡¡La danza de las gallinas!!! Eso fue lo último que escuchó, como un grito seco y atrayente. Despertó temprano, se duchó y salió a buscar su árbol preferido para treparlo y mirar desde la punta los techos de las casas y quizás la cruz de la catedral que se encontraba llegando a la frontera. Una vez arriba, sus párpados tendían a cerrarse a causa del cansancio que empezaba a sentir en sus brazos y piernas. Trató de permanecer despierto, pero cayó al suelo junto con su disfraz de gallina negra y se durmió profundamente.
Su árbol preferido era inmenso, frondoso y aparentaba ser una bestia negra. Cuando niño solía encaramarse toda la tarde sin preocuparse de nada, hasta que un día cayó de una de sus ramas, a causa de las piedras que sus amigos le tiraban, por habeles quitado supuestamente su guarida. Ensangrentado y mugriento tenía los brazos, mientras las piedras desaparecían para transformarse en miedos, de los cuales había querido liberarse hace mucho tiempo. Ese árbol negro era su refugio, y su esperanza de mirar la vida por sobre las cabezas. Adoraba las alturas y quería llegar a éstas superando los miedos. Otra vez lo tenía frente a él y ahora nadie lo apedrearía si razón alguna, así que caminó hasta el tronco de su árbol preferido, y buscó la forma de encaramarse por las ramas bajas; se quedó meditando por varios segundos, hasta conseguir estirar sus brazos y afirmarse de aquellas ramas. Cuando pudo alcanzar la subida, descansó unos minutos con la cara llena de alegría.
Al cerrar los ojos, se encontró tirado en el suelo con un extraño disfraz de gallina. Tomó conciencia de sus miedos y aquello era la imagen más clara de la cobardía que poseía ante la vida. Pero que más daba, si ya había conseguido su objetivo y era lo único que importaba. Al menos eso creía. Por qué ahora llevaba un maldito disfraz de gallina negra, y que pretendía obtener aleteando y cacareando en el parque. Quiso volver a sus escritos para entender lo que estaba sucediendo; tal vez era una pesadilla. Recordó: La danza de las gallinas. ¿Y dónde estaban las trompetas? ¿Y las risas? Trataba de superar un problema que parecía confuso; quería que sus camaradas observaran que podía llegar a la cima y danzar como las otras gallinas. O bien, quería llegar a la cima para superar sus miedos de infancia. Entonces abrió los ojos, extendió sus brazos hasta el árbol, se encaramó por el tronco hasta llegar a la parte más baja. Sintió vértigo, entusiasmo y luego se perdió trágicamente en la subida.
Quiso volver a sus escritos para entender toda esta parafernalia. Abrió los ojos nuevamente, sacó de su bolso verde unos papeles, comenzó a leer y su corazón sintió la anterior angustia. La danza de las gallinas, el nuevo arte de los miedos, el espectáculo de las acrobacias volátiles, la escena comienza. No quiso seguir leyendo, pues ya había comprendido su destino y era preciso despertar para concretarlo. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por la música sin pensar en que quizás él era el sueño de otro, o bien, todo era parte de la misma situación onírica. Despertó recostado sobre el suelo de una carpa gitana, junto a unas jaulas, tras bambalinas. Llevaba puesta una máscara de lana negra, que asemejaba una gallina.
Los artistas circenses habían llegado hace dos días al pueblo y traían consigo un show inigualable. “La danza de las gallinas negras”, un show con grandes acróbatas disfrazados de gallinas como símbolo del arte de los miedos. El show debía comenzar y la multitud esperaba ansiosa al sonido de trompetas y al ritmo de malabaristas. Las gallinas negras con sus crestas rojas saldrían a escena en tan sólo unos minutos y él era la estrella emergente de todo el circo. Comprendió que era el momento para alcanzar el ritmo prodigioso de las aves.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Viaje por la carne

Texto a partir de "Viajar" de Lucybell


El viaje por los poros y por la profundidad de los orgasmos, le recuerda el trayecto tímido de su mirada hacia el lóbulo de la oreja, que recorrió mientras sus manos hilarantes trataban de aniquilar entre los dedos la impaciencia con un cigarrillo. Recordó el ingenuo placer de la risa y los nervios en su vientre, cuando los suaves roces se volvían caricias constantes, y aquellas, mudas plegarias para iniciar el viaje por toda la carne. Lo recordó nítidamente mientras su cuerpo entero divagaba a la orilla del muslo de su acompañante, como cayendo en un precipicio alfombrado con detalles orientales. Temblaba de entusiasmo, no por el aire sofocado en el ambiente ni por la suavidad de la piel en la arena, sino por la sangre que alborotaba sus entrañas y provocaba en su ser la locura a través de su boca. Se inicia el viaje del pecho por la espalda, de la lengua afilada por la garganta, mientras sus risas se entrelazan olvidando el inminente regreso por la orilla de la soledad. Las piernas se expanden como dos extremidades infinitas, y la risa se vuelve lágrima, y esta última en semilla. El viaje por la sangre, le recuerda el trayecto de sus lágrimas bajo la tierra, que al regresar sus brazos recogieron lo que ha dejado en el camino como cosecha. La suavidad de la piel se le resbala como cosa espontánea, porque su carne está desgastada y a su acompañante le esperaban nuevos trayectos, en otras carnes. Si tan sólo pudiera recordar aquella existencia que los desbarató mientras su lengua afilada salía de su garganta, tal vez el regreso a la soledad no sería una tragedia.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Regreso al origen Infante

Texto a partir de "Yetosai" de Glup



Volver al lugar mítico de nuestro origen, en donde la memoria se despoja de su droga diaria para adormecer la angustia, y así poder sentir alguna vez la desnudez como cosa espontánea, jamás pervertida. Llegar a ti, como acto de magia y respirar mirando al cielo, con los pies puestos en la tierra. Aunque quisiera volver, no hay forma alguna; porque estoy atrapado en este otro lugar que es la vida. 25 minutos me bastarían para llegar hasta las ruinas de ese origen infante, que echó sus raíces en una tierra de ciruelos y almendros y que perdió su esencia con la primera bofetada de la rutina. Aunque quisiera volver a este origen, no hay forma alguna. Porque me acostumbro inevitablemente a este fuego que me cae bien y que adormece mi memoria. Me acostumbro a olvidar lo que han sido las escenas de los primeros pasos que ansiaban salir al encuentro con la música. Al olvidarlo a veces me resulta difícil reconstruir aquellos rituales del oído con las primeras melodías, que propagaron mis ideas a través del universo cósmico de la genialidad primitiva. Ahora es lo único que conservo como existencia; aquellos rituales en la desolada estación sonora de la infancia, Yetosai. Todo se condensa a ese episodio en aquel lugar de la eterna felicidad anhelada; de donde extraje las primeras agallas para iniciar este trayecto hacia la trascendencia, que se perdió cuando la famosa anestesia adormeció mis dedos y mis palabras cuando intentaba comunicarme con el lenguaje de los muertos vivientes. Por eso, no hay forma de volver a Yetosai, la estación sonora que quedó atrás; porque incuestionablemente perdimos nuestros pasos, tambaleándose atolondrados sobre los rieles humedecidos por la lluvia blanca de la nieve. Ya no quiero volver, aunque hubiera forma alguna. Tan sólo quiero recostarme sobre el césped con la memoria adormecida, y creer en el destino para soportar la pérdida de la desnudez espontánea.

martes, 20 de noviembre de 2007

domingo, 18 de noviembre de 2007

viernes, 9 de noviembre de 2007

jueves, 8 de noviembre de 2007

sábado, 27 de octubre de 2007

Get up and dance like it Jhonny juanito


Juan Dímas Castro bailó por última vez, a pies descalzos y totalmente borracho, el jueves pasado en pleno centro de la ciudad. Luego tomó un taxi y se dirigió a su casa, donde permaneció en silencio hasta el día de su muerte. Escuchó durante tres días un viejo disco de Jhonny Cash, mientras su cuerpo se desvanecía, así como sus sueños de rockanroll, evaporados en pequeños festivales tras bambalinas. Ahora sólo queda el recuerdo del mítico “Jhonny juanito” en la memoria colectiva de las personas; Aquella enigmática figura que solía romper los esquemas musicales con sus desafinadas tonadas en armónica, y los aullidos bluseros, que sin pensarlo excitaron a más de alguna chica que lo miraba. Jhonny pasó sus últimas horas en silencio, acostado sobre un viejo catre, escuchando los discos de Cash, que tantos recuerdos traía a la memoria, sin duda los que marcaron su desconocida carrera.
La vez que la gente supo de Jhonny juanito, lo vieron bailando descalzo y sin polera, un domingo por la tarde en el centro de un parque. Se encontraba saltando con el pelo mojado, mientras un fuego extraño quemaba muy dentro de su alma. Había perdido los sueños que tiempo atrás pretendía concretar, para así alcanzar la trascendencia que tanto anhelaba. No podía olvidarlo, aún su mente seguía en pánico por la agónica decepción del rockanroll. Sin embargo, la gente se acercaba hipnotizada, para contemplar a Jhonny juanito, desconociendo la miseria en que vivía. La multitud no podían responder a este repentino magnetismo que sentían por la extraña figura que estaba frente a ellos. De un momento a otro, Jhonny juanito comenzó a mover la cabeza velozmente en ambas direcciones, mientras tocaba una guitarra invisible con sus uñas largas. Cantaba algo intraducible, como si estuviera poseído por alguna fuerza maligna. La gente lo miraba de todas formas. No podían creer tal puesta en escena.
Si hubiera llevado puesto un terno o alguna ropa estrafalaria, y sus manos hubieran sostenido algún instrumento estrambótico, de seguro el magnetismo habría crecido transformándose en una inminente “Jhonnymanía”; pero la multitud no podía catalogar tamaño espectáculo, tan sólo se dejaban llevar atónitos por el impacto. La gente alrededor de Jhonny Juanito, no soportó verse en esa situación tan descontrolada, así que perplejos algunos optaron por alejarse y no mirar lo que habían dejado atrás; quizás la última manifestación espontánea del rock, o tal vez un simple ciudadano harto de la realidad, que buscaba la manera de encontrarse en el mundo. Jhonny juanito, recordaba en pleno éxtasis la primera vez que bailó, con zapatos de charol y una chaqueta blanca, hace un par de año en cierto festival de la zona. Lo recordaba porque esos años marcaron sus orígenes, y el inicio del viaje sonoro a través de la memoria colectiva, de un muchacho que lloró tras bambalinas al perder la fe en la música, debido a la miserable existencia que lo condenaba.
Juan Dímas Castro bailó por primera vez, con zapatos de charol lustrados y una chaqueta blanca, hace un par de años cuando imitó a Elvis en un pequeño festival a un par de cuadras de su casa. Con el pelo engominado y las caderas alocadas, quiso conquistar a la audiencia y así ganar la trascendencia, que cada día ansiaba. Pero el jurado, conformado en su mayoría por mujeres cuarentonas, prefería a los artistas italianos con sus baladas anticuadas, así que la derrota no fue gran sorpresa. La decepción no fue tan grande, así que siguió bailando, pero con Presley sabía que no ganaría. Entonces, optó por el legendario Jhonny Cash, y aquel country que disfrutaba en las viejas tardes libres, cuando se encerraba en su pieza. También sabía que no contaba con caderas alocadas, así que buscó alguna cualidad para resaltar en su personificación y así conseguir la gloria. Cambió su camisa blanca por una negra, y la sonrisa seductora por unas gafas oscuras. Ya no cantaría acerca del amor y la traición, esta vez lo haría para describir los sucesos que lo llevaron a prisión.
En la siguiente versión del festival, las nuevas tendencias musicales imperaban en sus concursantes, pero Jhonny llegaba a romper esquemas. Entusiasmado y un poco nervioso, se sube al escenario con sus gafas oscuras y la actitud de rufián. Con la guitarra de palo enganchada con un elástico al cuello, improvisó algunas notas musicales que parecían ser de “Cocaine Blues”. Con el nerviosismo acuestas fijó su vista en el público y la pasión quemó sus dedos que golpeaban las cuerdas; comenzó a sangrar, pero la adrenalina secó sus heridas. Tocó de principio a fin la canción; recibió tres aplausos y nuevamente perdió en último lugar. La decepción del rockandroll esta vez cayó hondo en él, mientras su existencia tendía a desaparecer con el sudor tras bambalinas, como si perteneciera a un sueño. Se sentó sobre la tierra, sacó un cigarrillo y lo fumó con la mirada enterrada en el suelo.
Pensó en correr y esconderse para siempre, pues no es fácil vivir con esta necesidad que surge de muy dentro, para convertirse en una vociferante respuesta al mundo o bien en una tímida escapatoria ante la vida. Tan sólo siguió el curso de sus miedos, regresó a casa en silencio y se acostó. Durante tres días fumó cigarrillos sueltos, y bebió roncola. Tiempo después en un parque inició su adicción a la cocaína, con los sueños por el suelo y la garganta desgastada. “No me educaron para ser un rockstar”, pensaba mientras caía profundamente en el alcohol y las drogas. Tan sólo podía preciar como la trascendencia se alejaba cada vez más, y como sus manos se desgastaban, se hacían viejas. Tras concurrir varios días al parque, su suerte cambió de la noche a la mañana. Nadie supo muy bien que lo motivó a seguir bailando un par de años más; tal vez había conseguido sacarse la rabia por un instante y olvidar la decepción en el mundo.
Cuentan, ciertos fans de Jhonny, que una tarde tirado en el pasto, una robusta figura se acercó a él y lo miró desde arriba. Parecía un rostro familiar, pero en ese momento Jhonny juanito, comenzaba a bajar desde las alturas, mientras la paranoia se apoderaba de su mente, y quizás pudo haberlo imaginado. La extraña sombra se detuvo ante el muchacho; y éste empezó a patearlo levemente. Entonces aquella figura con voz ronca le dijo: “Get up and dance like it Jhonny juanito”. Sin entender nada, Jhonny se levantó y se quitó la decepción de la cara. Jamás supo lo que significaba aquella oración misteriosa ni a quien correspondía esa robusta sombra, tal vez había alucinado, pero desde ese día sus piernas no pararon de moverse eléctricamente. Cuando dejó la cocaína, jamás pudo dejar el alcohol. Borracho concurría al parque, se sentaba un par de minutos en el prado y luego comenzaba a bailar.
Cada vez que lo hacía, recordaba la mítica frase que le permitió levantarse y continuar con la fiebre del rockanroll. Por esa razón, la vez que la gente supo de “Jhonny juanito”, Juan Dímas Castro bailaba con un extraño fuego en el alma que hipnotizaba a cualquiera, mientras sus palmas marcaban el ritmo de sus pasos y su desafinada voz repetía la oración que había escuchado tiempo atrás:”Get up and dance like it Jhonny juanito”. La multitud jamás olvidó aquel espectáculo, a pesar de que algunos nunca supieron los detalles de la muerte de su ídolo. La trascendencia llegó al fin, cuando la gente empezó a difundir su leyenda. Las historias variaron de boca en boca, pero todas afirmaban la grandeza de Jhonny juanito, que se levantó y bailó por décadas. Las cinco personas que estaban en el funeral, ansiaron de corazón que Juan Dímas Castro se levantara y bailara por última vez frente a sus ojos. Para que así, sus vidas tuvieran algún sentido. Quizás cuando nacería otro Jhonny juanito, otro sujeto con tal espontáneo fuego rockanrollero. Ellos bien lo saben. Eso no sucederá jamás, porque nadie más trascenderá en nuestras vidas, como lo hacían los grandes artistas del rockanroll en décadas pasadas.

lunes, 15 de octubre de 2007

Morrissey - Boxers

La impredecible derrota..."Knockout"


El héroe da un golpe certero en la quijada del rival y éste cae al suelo en un aparente “Knockout”. La conmoción se apodera de la audiencia expectante, mientras abre los ojos para mirar el cuerpo tendido de su oponente en el cuadrilátero. La inminente victoria es una impredecible derrota por Knockout. El héroe cierra los ojos con el ácido del sudor que cae desde la cabeza, y espera a que el simulacro se detenga para que las garras de lo evidente lo dejen en ridículo frente al público de esta noche. Las luces se posan sobre el rival recostado en siesta, que tras 6 segundos de expectación se levanta y vuelve a la batalla. El héroe es un pésimo actor, así que se posiciona nuevamente en actitud de lucha, a pesar de que debe caer en el tercer round según el grito ronco que lo amanzana desde la tribuna. El golpe certero más bien es un boleto de ida hacia la apariencia de la victoria, es decir, la impredecible derrota que la audiencia comentará en sus crónicas. La quijada del oponente se incorpora al espectáculo con una sonrisa de celuloide americano, ensangrentada y falsa. El héroe impávido ya no recuerda en que round va la pelea, tan sólo espera el tercero, cuando sus ojos enormes deban caer al suelo, para que el mafioso de la cuadra cobre su boleto a la victoria en una maldita pelea arreglada.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Violeta Parra- Qué dirá el santo padre

El Brujo


Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto. Ese instante casi mitológico, pero más bien supersticioso, se le había presentado como una imagen estancada en el retroproyector de los ojos. Como si todos los demás segundos hubieran seguido su orden cronológico uno tras otro, pero un segundo congelado provocó todo el pánico. El Brujo buscaba la mirada de algún transeúnte para aprisionarlo a la intriga y luego al desprecio de un ser diferente, y así demostrar que su palabra valía más que una moneda. Los harapos del brujo provocaban esa impresión, pero su boca desdentada en cambio generaba compasión y compromiso con el ser humano. Un compromiso de postal como todos saben. Él conocía a la gente que tímidamente miraba de reojo para pretender lazarle una moneda, o bien escuchar lo que tenía que decir el pobre payaso. Los conocía como la palma de su mano, por eso controlaba sus destinos.
El brujo milagrosamente comenzó a retroceder el tiempo: “muerte…domingo…abro los ojos…sangre…me lo anunciaron”. El brillo celeste de sus ojos fijos envolvía a la gente que quería huir de sus garras. Un hombre no quería mirarlo y escucharlo; lo hizo y el sudor bajó por su cabeza; sintió pánico. Caminó con paso acelerado, se subió a su auto. Cuando quiso llamar a sus hijos, el celular saltó por la ventana junto a su oreja y cuerpo; se arrastró por el suelo, su auto se volcó y atropelló a seis personas. Todos murieron. El brujo se lo había advertido, pero todos se rieron. Una mujer lo miró de pies a cabeza, caminó unos metros y saludó a un hombre que la esperaba. Cinco minutos más tarde la sorprendió su marido; dos días después la sepultó en el patio. El brujo se lo había advertido, pero todos rieron.
El zumbido de su voz parecía entrar en sus oídos. Pero cómo saber si no es un loco o enfermo. Y qué hacer cuando sea revelado el destino. Si mañana muere, no podría hacer nada. Mejor no mirarlo y escucharlo. El brujo cerró los ojos y dio una voltereta en el aire como un mago pirotécnico. Una vez en el suelo comenzó a contar una fábula campesina acerca de dos hombres y el diablo. Un árbol se incendió, los hombres corrieron y la gente habló décadas de satanismo. Piensa: el diablo existe. Y por qué no, si por alguna razón los cristianos tienen pánico. Se sienten solos, no ha venido su cristo. No quiere mirarlo, ni despreciarlo o sino su destino sería revelado y la sangre correría por sus sienes. El brujo guarda silencio, mientras la gente aprovecha este momento para volver a su rutina sin faltarle el respeto. El brujo abre los ojos, y su brillo celeste lo aprisiona a la inquietud y el miedo. Su voz es clara, así que inicia un nuevo cuento: “Me advirtieron que caería con sangre un día domingo y moriría en el momento”. Se distrajo un instante y el brujo había desaparecido. Lo hubiera mirado un segundo más y mañana estaría muerto.

lunes, 8 de octubre de 2007

La Prisión (Capítulo III - El misterio del perro Trueno)

Dudó en atravesar el oscuro camino que une la reja de madera y la casa iluminada con una sola ampolleta de 75 watts. La urgencia de la visita le provocaba pasar por alto esa duda para llegar hasta donde su viejo camarada. Un extraño miedo se apoderaba de él al recordar que aquél camino era vigilado por el famoso perro Trueno, que debe su fama a las innumerables víctimas que han caído en sus colmillos. Por eso duda, porque Trueno podría estar escondido en cualquier rincón de la propiedad esperando atacar nuevamente. Con mucho sudor camina en dirección a la casa.
Su enorme figura podría salvarlo de una feroz mordida, pero su paso lento no le permitiría llegar con vida a su destino. Intenta descubrir los ojos brillantes del canino y así ganar su confianza con algún gesto amigable, pero sólo hay oscuridad. Metros más allá grita para que su camarada salga a su encuentro. El nerviosismo crece al no ver respuesta. Así que vuelva a gritar. El viejo camarada abre la puerta de su casa y sale a buscar a su amigo, que con el rostro más tranquila se acerca lentamente. Entonces sus nervios vuelven a paralizarse cuando el camarada grita ¡Trueno! ¡Retírate!, impávido se da cuenta que el famoso perro venía sigilosamente siguiendo sus pasos sin provocar ruido alguno. Los ojos brillantes se pierden en la oscuridad tras el grito de su amo, mientras los hombres se saludan nerviosamente…
Con el miedo acuestas intenta abrir la puerta. Con una vieja técnica fuerza la cerradura, mientras el ruido del formón y el martillo no parecen despertar a las dos perras adormecidas con diazepán. Una vez adentro de la casa con una pequeña linterna comienza a buscar lo que salvaría su vida de la miseria. Si tan sólo supiera con certeza dónde se encuentran esos registros, su suerte cambiaria. El nerviosismo crece, tanto así que choca con un enorme sofá cayendo secamente al suelo. Por unos momentos pensó en ir al médico, este desequilibrio motriz lo estaba hartando, por poco y todo se viene abajo. El dueño de esta casa no tardará en llegar así que manos a la obra. Al ingresar en una de las habitaciones, registró los cajones de todos los muebles que encontró sin hallar los malditos documentos. La desesperación crece y el tiempo se acaba. Busca a oscuras en los lugares menos pensados, hasta que por fin dan con los documentos en una caja bajo la cama. Duda si realmente sean los documentos que busca, ya que pensaba demorarse horas antes de encontrarlos en una simple caja. Con la linterna hojea las principales planas y se cerciora de que se tratan de los famosos documentos verdes, que implicarían a los más grandes nombres de la ciudad en el problema. Una vez que los obtiene consigue salir por la puerta para iniciar el retorno a su guarida. Con el rostro fruncido para expresar seriedad, se echa a correr por las calles del barrio vecino…
Desde la ventana observa a Truena que está recostado cerca de la casa. Su amigo lo tranquiliza diciéndole que el animal ya lo ha reconocido, que no lo morderá sino lo incita. Los viejos camaradas charlaron por varios minutos acerca de la manera para ocultar su participación en el problema. Mientras conversa, disfruta de una barra de chocolate que su viejo camarada le obsequió, entonces recuerda que su sobrino vendría hoy de visita, así que inmediatamente intenta levantarse para coger el teléfono y pedir un taxi. No alcanza a realzar este movimiento cuando el teléfono comienza a sonar y rápidamente es contestado por el viejo camarada. Con el rostro complejo le extiende la llamada al tío que con preocupación se levanta y contesta, mientras trata de buscar la forma de comunicarse con su sobrino.
Sabía que su tío no estaría en casa, siempre tenía algo que hacer, así que decidió esperarlo afuera. Prendió un cigarrillo de marca extraña que había comprado a mitad de precio. Una vez que acabó de fumarse el cigarrillo intentó saltar la reja de la casa. Le parecía extraño que las dos perras de su tío no salieran al encuentro, éstas ladraban con cualquier ruido. No alcanzó a llegar a la puerta cuando un auto se detuvo frente a la casa. Le provocó cierto nerviosismo este suceso, así que se ocultó tras unos arbustos que había en el jardín. Eran cuatro hombres con sombreros extraños e inmensos abrigos grises, que misteriosamente observaban la casa. Uno de ellos se bajó del auto. Llevaba puestos unos lentes de sol y tenía un bizarro bigote. Era el chofer del auto. Se acercó a la reja para verificar si se encontraba abierta, entonces parecía dispuesto a saltarla. Los otros tres hombres miraban inquietos desde el auto, mientras encendían la radio. Aunque pareciera extraño, los tres hombres deleitaban con la musiquilla que emitía a esa hora la radio. El chofer se devolvió al auto y emprendieron la marcha.
Corrió velozmente hasta su casa evitando presentar exaltación alguna. Al entrar a su guarida con cautela, encendió la luz y sacó los documentos verdes que había extraído hace pocos minutos. Comenzó a leerlos pese a que estaban escritos en un lenguaje extraño, casi matemático. En ellos apreciaba nombres implicados con el mayo de los detalles. Junto a los nombres se apuntaban cifras, firmas borrosas, timbres y más cifras. Entusiasmado con estos documentos de veinte hojas pensó en una decisión coherente. Denunciar a los implicados o bien sobornarlos para obtener algún beneficio al respecto. Ante estas opciones el estremecimiento crecía en su estomago, ya que las posibilidades de denuncia o soborno eran mínimas, más bien se inclinaba por la muerte o la tortura. Todo esto porque lamentablemente desconocía con quiénes estaba lidiando, a pesar de que sabía con certeza de que se trataba de un asunto grande…
Una voz temblorosa pregunta por el tío. El viejo camarada supone la identidad del sujeto y teme lo peor, así que le entrega el teléfono a su amigo con esa expresión en la cara. Mientras el tío responde al llamado, su camarada sale de la casa para jugar con su perro Trueno, que lo recibe moviendo la cola y con una mirada de servidumbre. El tío con voz ronca pregunta por la identidad del sujeto. Es su sobrino que suponía encontrarlo donde su viejo amigo. El tío reconoce cierto nerviosismo en su sobrino, así que le pregunta el motivo de la llamada. Le cuenta todo lo sucedido y de donde está llamando. Piensa en actuar rápido, son muchas cosas en tan poco tiempo. Al colgar el teléfono, mira por la ventana a Trueno y su viejo camarada. Si tan sólo pudiera explicarle a su sobrino lo que sucede, las cosas no serían del todo complicadas o al menos tendría a alguien en quien confiarle su secreto.
El tío da cuenta del problema a su camarada quien lo abraza dándole su apoyo. El perro con desconfianza observa al visitante que se aleja, como si presintiera el resultado de los siguientes acontecimientos. El viejo camarada piensa que tal vez lo mejor sea ocultar a Trueno mientras no se aclare el problema. Los cuatro misteriosos hombres se dirigen a la casa del viejo dueño del perro para salvar sus pellejos. El sobrino espera sentado en el sofá, la venida de su tío. Tranquilamente saca una barra de chocolate y se la come lentamente. Hasta aquí los detalles no importan, tan sólo el resultado de los siguientes acontecimientos.

domingo, 7 de octubre de 2007

Bob Dylan - Mr Tambourine man

El amor del héroe...Tiempo fuera


La historia ha dado tantos amores como héroes. Quizás ella sea la batalla que más le ha costado mantener en ritmo durante su vida. Mientras el pequeño hombre del corbatín negro da un respiro, el héroe aprovecha de buscar en la sorda audiencia a su amada. Las luces del escenario juegan con las sombras de la multitud y un foco consigue iluminarla. El hecho fortuito parece un momento de gloria, pero más bien es el instante en que el desfigurado rostro busca el puño más fuerte del adversario y luego la muerte. Estos segundos eternos permiten absorber de la mirada de su amada el último aliento para obtener la victoria. Tan sólo bastaría generar la derecha más precisa de la noche y apuntar en la quijada del rival el golpe certero. Y luego, la llevaría tan lejos como pudiera, donde su cara cortada no sea signo de vergüenza y donde pueda conocer la felicidad y el amor ansiados. Si tan sólo fuera su día de suerte, los ojos de su amada no se quebrarían en llanto. Fin del tiempo fuera, devuelta a la batalla diaria de la vida.

sábado, 6 de octubre de 2007

Los Ángeles Negros- Y volveré

La Prisión (Capítulo II - En busca del prisionero)

Cuatro misteriosos hombres recorren en un auto gris las calles de un barrio aledaño a la prisión. Como depredadores esperan sigilosamente a su víctima en una esquina, a dos cuadras de su guarida. El prisionero toma su chaquetón negro y sale por la puerta de atrás de su casa. Es de noche y parece no sospechar nada. Al salir de la casa, los cuatro misteriosos hombres lo divisan y comienzan a seguirlo. El prisionero se percata de esta situación y se echa a correr por las calles del barrio.
El auto acelera, unos metros más adelante consiguen alcanzar al individuo. Dos hombres con extraños sombreros se bajan del auto para capturar a su presa, que hábilmente parece escabullirse. El prisionero se mete por unos callejones, dobla hacia la derecha para buscar un escondite, pero tropieza con la solera y cae al suelo. Los dos misteriosos hombres lo capturan tirado en el suelo quejándose de un dolor en la rodilla. Lo agarran por los brazos y lo llevan al auto donde los esperan los otros dos hombres en los asientos delanteros. Hacen una seña para advertir que no hay testigos a estas horas, así que lo suben a la parte de atrás del auto.
Los cuatro misteriosos hombres se dirigen entre risas a la prisión para interrogar al individuo, y dar con la solución a su problema. Tras varios minutos de viaje, la solitaria carretera genera un incómodo silencio en los pasajeros. El co-piloto intenta poner la radio, pero el conductor se lo prohíbe con un leve golpe en las manos, ya que esa maniobra podría delatar sus identidades. Los cuatro misteriosos hombres llevan sobre sus cabezas unos extraños sombreros negros y unos enormes abrigos grises. El chofer que lleva lentes de sol, concentradamente mira la carretera para no provocar un accidente. Minutos más tarde, llegan hasta una señalización de color verde que indica una camino de tierra a mano izquierda.
Doblan según la indicación por un camino oscuro, lleno de tierra y piedrecillas. Al final de este camino se ven unas enormes luces. Hasta aquí el prisionero ha permanecido en silencio, sin tratar de entender nada. Llegan al lugar donde se encuentran esos enormes focos y bajo ellos se haya una entrada. El auto se detiene frente a ella, y los hombres discuten acerca de quién irá a abrirla. El co-piloto decide bajar del auto para golpear el inmenso portón verde, mientras el chofer apaga las luces del auto. Golpea secamente dos veces y se oye una voz ronca que pide la identificación del sujeto. El co-piloto da su identificación, entonces el guardia abre una ventanilla del portón y le dice que espere unos minutos. Mientras regresa al auto, el portón se abre para que éstos puedan ingresar al recinto.
Los cuatro misteriosos hombres llevan al prisionero por una vía lateral a la prisión. Metros más allá estacionan el auto frente a dos edificios en plena construcción. El co-piloto una vez más se baja del auto y se dirige hacia donde está el guardia para que todo esté en orden, mientras los dos captores, llevan al prisionero hasta los dos edificios en construcción. El chofer decide quedarse en el auto para cerciorarse de que no haya ningún testigo en los alrededores. Los dos captores caminan hacia el interior de las construcciones para interrogar al prisionero, que parece comprender el motivo de su captura. Si tan sólo pudiera realizar una llamada, este malentendido se resolvería.
El interrogatorio comienza. Los cuatro hombres dispersos se debilitan, parece una huída fácil, pero prefiere esperar el resultado de los siguientes sucesos. Tras varios minutos de interrogación, los dos captores se impacientan, mientras el co-piloto logra comprar al guardia por unas horas más. El chofer reclinado en su asiento no parece percatarse de que alguien se acerca al auto. Todo se vuelve difuso y descontrolado. El nerviosismo crece, Los hombres ansían iniciar una tortura para obtener la información, ya que sus cabezas están en juego desde hace semanas. Un anciano descalzo se encuentra junto al vehículo preguntándose por la procedencia de éste. En ese momento el prisionero grita de dolor y miedo; el chofer se incorpora y se percata de la figura que está a su lado. El anciano sale corriendo en busca de ayuda, pero es capturado por el co-piloto.
Se dirigen hacia la sala de tortura. Los dos captores decepcionados los reciben, sin obtener ninguna respuesta. Los cuatro misteriosos hombres sudan de temor e impaciencia. Piensan en una solución inmediata antes de que se acaben sus horas. El chofer se quita los lentes, y con sus ojos turnios mira al prisionero. La hora de la verdad ha llegado, el prisionero al fin sabrá con quiénes está lidiando…

domingo, 30 de septiembre de 2007

viernes, 28 de septiembre de 2007

Sobre rieles

El sueño parece terminar por completo. En estos últimos días el cansancio se ha transformado en desvanecimiento, como si el cuerpo dejara de existir y el alma se quedara en silencio. Quizás dónde se habrá quedado dormido, pero ya es hora de despertar. Supuso desde un comienzo que el efecto no tardaría en parar cuando las cosas tomaran su rumbo habitual. Lo había sentido toda esta semana. Sus movimientos habían perdido toda coherencia, las palabras solían trabarse antes de emitir sentimiento alguno. Todo esto, que ilusoriamente se había apoderado de él, naturalmente volvía a su curso de siempre.

La solución se resumía a esperar que sus ojos se abrieran y despertar al fin del dulce sueño. La comunidad no sospechaba que los días estaban contados para él. Había conseguido un trabajo y también tenía una mujer, por eso era dulce ese sueño que se terminaba completamente. Supuso que habría un final para aquella sensación de dulzura, porque la vez que su mujer lo abandonó, se dio cuenta de que era un simple sueño. Su dolor había sido mínimo, como si su cuerpo estuviera plácidamente dormido en algún lugar. Entonces no fue amor, tan sólo una ilusión, que desapareció tras cerrar los ojos. Esta noche su figura empezaría a desvanecerse.

Llegada la noche, sintió una gran presión sobre su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, porque jamás podría soñar con aquellos niños que lo esperaban cerca de su trabajo. Él se dedicaba a plantar árboles en un parque cercano. Cada vez que llevaba un árbol pequeño para plantar, los niños del vecindario corrían a verlo, y a veces lo ayudaban con sus millones de ojos brillantes. Recordó eso, y el ruido de la locomotora que pasaba a las afueras del pueblo. Solía escuchar el sonido de su viaje y mirar el humo que se apreciaba desde el parque. Todo eso llegaba a su fin mientras caía al suelo de su casa, junto con el silencio de la calle.


Cuando despertó el ruido de la locomotora había desaparecido. Sus lágrimas se habían secado y sus movimientos estaban entumecidos por el frío. Estaba recostado en el suelo a las afueras de una estación de trenes. Sabía que el efecto no tardaría en parar y así sucedió. Se levantó torpemente y trató de recordar lo que había soñado. Tal vez una mujer, quizás un trabajo y posiblemente dinero. Todo había sido un maldito sueño. Se dio cuenta que aún vivía en la miseria y soledad eternas. No podía imaginar cómo volvería a cambiar su suerte. Por un momento parecía desanimado, pero quizás las cosas no eran tan malas como lo pensaba. En lo profundo de su corazón sentía una extraña felicidad que cambiaba el panorama de su vida.

Mientras soñaba no pudo percatarse de lo que significaba la libertada. No podía ver más allá de la rutina. Trabajaba todos los días, todo el día, y su mujer jamás lo comprendió. De ahí su extraña felicidad. Lo otro había sido un sueño, esto era la vida, y podía hacer lo que quisiera. Ahora querría saber lo que era perder completamente la cabeza, explotar la miseria. Se dirigió al interior de la estación de trenes. Al llegar a la línea, saltó a ella y comenzó a seguirla en dirección sur. Buscó la locomotora y su humo blanco. Unas cuadras más adelante, se detuvo en un punto exacto cerca de una caseta de vigilancia. Miró en ambas direcciones y esperó unos minutos. Sus lágrimas cayeron nuevamente deseando soñar algo distinto. Puso su cabeza en uno de los rieles y aguardó la venida de la locomotora. Quizás ahora podría soñar completamente con algún recuerdo feliz y sincero.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Solar - Todos están locos

Mensaje

Despertar: Tus voces son como mis pensamientos temerosos o ingenuos, que necesitan de un gran empuje a la superficie. Cuando hablas o escribes, mis ideas o pensamientos sumergidos vibran, se estremecen y ansían la luz, que haz podido contemplar, comprender y que no tienes miedo de compartir con la humanidad.

Despertar: y me pregunto quién se ha dado cuenta que la humanidad está dormida; tal vez nunca se den cuenta, pero tú y yo lo hemos hecho; por lo menos sentir que nuestros párpados se abren, y sentimos otra vida; eso es algo que pocos han tenido, y algunos han sido callados a martillazos; porque también hay mosntruos que temen, que hombres como nosotros posean inigualable poder revolucionario.

Despertar: Para llegar a ello, es necesario romper el capullo del pasado; ensayar la palabra que será nuestra forma de vida. esa palabra necesita deshechar sus malas ideas, repetidas y gastadas; para conocer la grandeza y la gloria; ser hombre y ser vida.

¿Qué es La Prisión?

"La Prisión es un sistema que encierra a individuos que desconocen cómo hacer su trabajo. La realidad está llena de seres que no saben lo que están haciendo; las personas creen en cierto profesionalismo carente de vocación y lleno de mediocridad. Somos prisioneros de la ignorancia; no sabemos cómo realizar nuestro trabajo. Y nadie sabe cómo enseñarnos"

jueves, 20 de septiembre de 2007

Iniciación


Antes de pervertir a su acompañante, recordó el ritual de iniciación que tanto gustaba contarle, como si ese antecedente marcara una diferencia entre ambos. Lo recordó nítidamente como una imagen recién grabada en la memoria. Quizás estuvo condenada desde ese momento a la perversión y soledad, ya no encontraría alguien que la librara de la vergüenza con algún tímido secreto que ella siempre descubriría. Lo supo en cuanto su acompañante tiritó de frío y sus ojos se perdieron tras la ventana…
Se termina el carnaval, y ya los hombres vuelven a sus roles habituales. Recogen experiencias y recuerdos para el año entrante, ahora sólo quedan sobras de lo que fue la gran fiesta. Pero los hombres solitarios se quedan y persiguen esas últimas sobras para sentirse libres con pequeñas escenas de juerga. Esos mismos hombres solitarios se quedan dormitando en alguna esquina, pero esperan ansiosos a que la verdadera cena comience. Borrachos por el vino, se pierden en la nubosidad del carnaval, dirigiéndose deliberadamente hasta una pobre morada.
La humilde casa recibe a los insanos y a los grupos pervertidos, que abren sus grandes bocas para tragar el aire de la desesperación que pulula en la calle. Una escuálida señora espera en la puerta la llegada de los hombres solitarios, borrachos e insanos que bien conocen el camino hasta la casa. Cinco hombres ingresan a la casa, dos de ellos dispuestos a devorarse todo lo que se ponga por delante; los otros tres aguardan la presencia de una luz prohibida, que hoy hará su debut al abrir sus piernas. Los señores se dirigen a la sala de espera, mientras el carnaval aún no termina completamente.
La escuálida señora se sienta frente a ellos con una sutil dulzura en sus labios. Observa detenidamente a los señores y elige a su victimas. De otro lugar de la casa llega una obesa mujer, sola y con una copa en la mano se sienta al lado de la señora y elige a su victima. El resto de los hombres solitarios esperan desesperados la presencia de las dos hijas. Las conocen bien, las han observado yendo al colegio y han sufrido por sus cuerpos. Si no son sus ojos, son sus labios y sus piernas. La menor de ellas ha salido, así que esperarán a la mayor de las hijas.

La fiesta privada continúa. Hombres y mujeres con sus risas estrepitosas retumban los vidrios y los empañan. Las víctimas buscan la ocasión de ser victimarios, pero ellos no son dueños de su suerte. Los tres hombres que no han sido escogidos se desesperan, su placer es incierto no como el de sus camaradas. Uno decide actuar con cautela y se dirige hacia las otras piezas de la casa. Busca a la hija mayor de la señora. La encuentra lavándose las manos en el baño. Su corazón palpita velozmente y su entrepierna tirita de frío. Intenta acorralarla en un impulso contra la pared. Forcejean durante algunos segundos, rasguñan la cortina de la tina y ella no cede. Quiere controlar el rumbo de su iniciación.

El hombre solitario obedece y se retira. Ella conoce la desesperación de los hombres, huele su miedo y también presiente sus intenciones. El hombre vuelve frustrado y se sienta. Avergonzado intenta encontrar una solución al problema. No la hay. Los dos hombres restantes comprenden la frustración y planean otra estrategia para llenar el vacío en sus estómagos. Ambos deciden confrontarla juntos, sería más fácil, uno la sujeta y el otro comete el acto de abrirle las piernas. Cuando se levantan, la escuálida señora los detiene. Aún no es tiempo, no se impacienten, ella vendrá en un momento.
Minutos más tarde la hija mayor aparece. Reconoce a sus solitarias víctimas esperándola en la sala. Entonces se dirige a ellos, los observa y luego se sienta. Su mirada parece distraída, pero más bien eso los perturba. No suele mirar a nadie tan detenidamente si se trata de sexo, más aún si se inicia en la perversión. Necesita estar un poco borracha para no sentir culpa y soledad. Bebe de la copa de cualquiera hasta que sus sentidos se encuentran a cierto nivel de percepción. Aparentar ser una mujer fácil y ebria, pero controlar totalmente la situación y a sus víctimas.

No hay erotismo en estos instantes. Esperar a que nadie quede en la sala, luego seguir con el juego y la risa. Los tres hombres solitarios con cierto nerviosismo intentan desabrocharse los pantalones. Ella los observa sin el mínimo entusiasmo, pero excitada. La iniciación comienza. El ritual queda a un lado, ya que todos carecen de erotismo, por eso no existe baile alguno ni lenguaje oculto. Tan sólo cuerpos desesperados en busca de coito. Ella se levanta en busca de más vino. Los tres hombres esperan sentados la aparición de aquella niña que saciará su placer insano.

La hija aparece, observa a sus víctimas y apaga la luz. Tan sólo un milagro y una gran mentira podrían hacerla sentir como una mujer y no como una puta. Aquella iniciación recordó, mientras pervertía a su acompañante. Ese antecedente marcó una diferencia entre ambos. Sus piernas están condenadas a abrirse cada vez que sienta miedo y soledad, porque la perversión la sigue a donde quiera que vaya.

El Coleccionista de recuerdos

En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. No sé si lo habrá sabido, parecía tranquila, así que dio por entendido que no lo sospechaba tampoco. La había citado al atardecer, quizás le gustaba apreciar los últimos rayos de sol antes de comenzar el ritual. Parecía tranquilo, no presentaba síntomas de excitación o alteración, más bien estaba intimidado. Le sonrió con dificultad, sin que ella se percatara de la extraña mueca que le produjo un nerviosismo sorpresivo. Él la esperaba siempre a la salida de su casa sin preocuparse de que alguien los viera juntos. Así que nuevamente entraron a la casa tal como hace tres meses y medio.
El ritual se realizaría en el living, quizás no con la misma libertad de antes, ahora estaban distantes y perplejos por la repentina necesidad del uno y el otro. No se miran durante varios segundos, lo que provoca un leve crecimiento de nerviosismo, así que él decide ir al baño, mientras ella aprovecha de revisar la biblioteca en busca de sus libros. Una vez en el baño se mira en el espejo y trata de recomponer su convulsivo rostro con un poco de agua. Recuerda tantos rituales en esta fría casa y ninguno de ellos le quitó el miedo de la cara. Tal vez la anterior, aquella muchacha de ojos verdes que solía hablar hacia adentro, de todas ha sido la que más extrañaba, pero después de un instante comenzó a hartarle ese silencio.
Minutos más tarde él se incorpora al ritual. Ella sentada en el sillón disimula el previo hurto de sus objetos, y así las miradas se encuentran escasamente a pesar de estar frente a frente. Tan tranquila no sospecha la convulsión que golpea el interior de su acompañante. No resiste tanta tranquilidad en ella, así que trata de pensar en otra cosa. Eludir el plan que había pretendido llevar acabo hace unos días atrás. La incertidumbre lo había desmoronado todo este tiempo, y ya su estúpida afición de coleccionar recuerdos se había convertido en su peor sufrimiento. Cajas llenas de cartas, fotografías, pasajes de buses, anillos, dibujos improvisados, se hallaban por toda la casa. También en la biblioteca habían algunos objetos que pertenecían a anteriores visitas.
El recuerdo de los ojos verdes vuelve a su cabeza, así como el remordimiento de no haber encontrado lo que buscaba. Se impacienta, siente náuseas y sus manos tiritan de impotencia. Otra vez se dirige al baño para pensar en una nueva forma de quitarse la angustia, sin embargo sale al patio por la puerta de la cocina. Ella decide esperar unos segundos más antes de marcharse, no pretende permanecer mucho tiempo en esa casa. Tan sólo ha venido a recoger unas cosas y luego a juntarse con otro. No se lo ha dicho, pero él lo sospecha. Momentos después el silencio invade el living, ella se impacienta, así que se levanta y se dirige a la puerta. No alcanza a tocar la manilla cuando escucha un feroz grito que retumba con su nombre. La soledad conduce a la locura y posteriormente a la muerte. Duda en seguir la resonancia para encontrar el origen de aquel lamento que sale de la boca de un hombre.
Ella sabe que su acompañante es un hombre obsesivo. Bastó ver sus fotografías y mensajes en las páginas de sus libros. Algo la impulsa a caminar hacia la cocina. La puerta que da al patio se encuentra abierta. El grito vino de afuera, y esa certeza le provoca un miedo inexplicable. El atardecer ya se ha ido y la noche cubre con su oscuridad el inmenso patio de la casa. Una vez afuera trata de observar el panorama para comprender las causas de aquel feroz lamento que tensiona sus nervios a niveles preocupantes. Camina lentamente hacia donde se perciben las últimas resonancias. Entonces se escucha un segundo grito al fondo de la oscuridad. Esta vez ella pretende dar la vuelta, se hace tarde y ya no puede lidiar con este tipo de locuras.
El silencio perturba la mente. Ella continúa avanzando cada vez más temblorosa. Entonces consigue divisar una sombra unos pasos más adelante. Una figura se encuentra apoyada sobre un árbol. Ella queda petrificada. Con una sorda voz pregunta al silencio sobre el acompañante. No hay respuesta. Da algunos pasos para acercarse un poco más, y en eso su pie izquierdo patea una pala que estaba tirada. Vuelve sus ojos a la sombra y el miedo la paraliza aún más, ya no puede moverse. Unos metros más allá del árbol contempla una improvisada excavación, del tamaño de un cuerpo humano. Es inexplicable como el miedo atrae desgracias. La figura apoyada en el árbol está inmóvil, entonces ella consigue perder completamente la tranquilidad y grita.
Su acompañante aparece atrás de su espalda. En unos segundos la atrapa entre sus brazos, la tira al suelo y comienza a asfixiarla. No posee un espejo para apreciar lo convulsivo de su rostro, a pesar de que siente una felicidad en el alma. Mientras aprieta su cuello, logra ver como los ojos celestes de esta muchacha comienzan a extinguirse así como sus palabras y traiciones durante tres meses y medio de vida. En ese momento se dio cuenta de que no era lo que estaba buscando. Una vez cumplida con la tarea la arrastra hasta la fosa improvisada. Antes de sepultarla, le extrae de sus bolsillos los mensajes que le había escrito y las fotografías. Después va en busca de la pala. Al pasar por el árbol se acerca a la figura que estaba apoyada. La mira y luego comprende esta locura. Su acompañante ocupará el lugar que tenía este cadáver meses atrás: Su colección de recuerdos. Tal vez si pudiera estar viva aquella muchacha de ojos verdes su sufrimiento desaparecería, pero él es un hombre obsesivo, así que el remordimiento no se irá de su lugar.

El Polaco (dibujo)


"El polaco con el rostro ensombrado y sin cansancio, se encuentra nuevamente sobre el puente. Se detiene, contempla el rio luminoso, inhala frio; sin dudar con gesto de atleta lanza el extraño bolso al río. Ha terminado su labor, regresa caminando a casa, entra por la puerta y se acuesta en la oscuridad de siempre".

La Prisión (Capítulo I)

Lo habían invitado de varios lugares a pasar la tarde, pero él decidió quedarse en casa de su tío, ya que ahí se sentía menos aburrido. Estuvieron la tarde entera mirando televisión y comiendo galletas de chocolate. Su tío tenía dos perras; los dos gatos habían muerto hace unos meses. Sus perras lengüeteaban las migas de galletas que caían al suelo, mientras él decidía ir al baño. Ya de noche, el tío se dispone a sentarse en su sofá preferido, saca una barra de chocolate y un libro sobre Psicología animal. Cuando vuelve del baño, se sienta frente a su tío y no sabe qué hacer. Siempre que buscó una respuesta en su pariente jamás la encontró. No sabía a qué se dedicaba su tío, simplemente sabia que le gustaba el chocolate y mirar la tele, pero tampoco estaba seguro.
Minutos más tarde el teléfono comienza a sonar. Su tío contesta con voz firme, y a los pocos segundos que dura la conversación, dice: ¡Salimos en 10 minutos! Busca rápidamente su chaquetón negro sin entender nada. Las perras están comiendo las últimas galletas de chocolate que quedaban en la mesa. Su tío se pone un sombrero y toma un bastón de madera. Su enorme figura y una lesión en la pierna, le impiden moverse con soltura. Antes de salir a la calle, su tío le pide la mayor de las sonrisas cuando lleguen a su destino, lo que provocó en él un leve estremecimiento en el estomago, quizás por desconocer el motivo de esa petición. Afuera los recibe un hombre, quien los ha esperado dentro de un auto. El chofer con unos lentes inmensos, un pequeño desequilibrio motriz y una estúpida risa, parece desconocer también el lugar hacia donde se dirige el tío.
Se suben al auto. Por la enorme figura del tío, el chofer debe acomodarle el asiento de adelante. Con particular tartamudeo le pregunta si se encuentra cómodo. Todo está bien, así que comencemos el trayecto. El tío le indica que rutas seguir, mientras intenta abrir la ventanilla. El chofer le explica los trucos que tiene el auto, y como por efecto, la ventanilla posee uno, así que le recomienda girar la manilla hacia atrás muy lentamente y luego muy fuerte hacia delante. El chofer espera a que el tío consiga el objetivo; una vez logrado esto, recibe una risa estúpida como aprobación de su éxito. 15 minutos de viaje y el panorama comienza a cambiar abruptamente. Las casas desaparecen, y son reemplazadas por enormes espacios llenos de pasto seco y árboles. Los paraderos iluminados ya no cubren la altura de esta ruta; tan sólo se aprecian casetas oscuras y en su interior dos sino tres sombras fornicando libremente. Todo se resume a una línea recta de pavimento rodeada de oscuridad.
El chofer pregunta por el punto exacto de llegada. El tío le responde que unos metros más allá doble a la derecha. El estremecimiento sentido en la casa crece al no ver camino alguno a la derecha, y si lo hubiera, se encuentra muy escondido para ser visto por cualquiera. Entonces el chofer consigue dar con ese camino, y dobla lentamente a la derecha. Es un camino de tierra, tan oscuro o más como la carretera. Al fondo del camino no consigue verse absolutamente nada, tan sólo las zarzamoras que están a ambos lados. El polvo comienza a entrar por la ventanilla del tío. Intenta cerrarla, pero no recuerda los trucos del auto, más bien no conoce el procedimiento inverso para cerrar la ventanilla. El chofer le dice que no hay truco alguno para cerrarla, tan sólo ciérrela, porque sus inmensos lentes se ensucian.
Al final del camino se ven unas enormes luces. Hasta aquí no logra entender nada. Intenta buscar una respuesta lógica, quizás su tío posee una profesión que le implica salir en las noches. Pero cuál es esa profesión. Llegan al lugar donde se encuentran esos enormes focos y bajo ellos se haya un inmenso portón verde. Afuera no hay caseta, ni timbre ni guardia alguno. Tan sólo un enorme portón de color verde. Ya no sabe si mantener la sonrisa sea lo recomendable según su tío, prefería mantener el rostro fruncido, quizás la seriedad no le causaría tanto impacto. El tío le pide a su sobrino que se baje del auto y vaya a golpear el portón. Se queda impávido por unos segundos, hasta que con un grito logra reincorporarse para ejecutar la petición. Golpea tímidamente tres veces el portón, luego más fuerte hasta conseguir que alguien le hablara. Una voz ronca pide la identificación del sujeto, mientras el estremecimiento lo petrifica...

La búsqueda (dibujo)


"La búsqueda innecesaria se ha vuelto una imagen inhumana. el cuerpo no consigue arrastrar la carga de una condena, que provoca estos impulsos atléticos para sacarse la tristeza y la angustia"

martes, 4 de septiembre de 2007

Incógnito


Tres hombres sigilosamente cumplen la tarea. El Primero de ellos con particular silencio, distrae al oponente, mientras el Segundo comete el homicidio. Entonces el Segundo se vuelve humo y desaparece como por arte de magia. El Primero recibe el encuentro de la masa que impávida pretende resolver el enigma. Profieren tímidas miradas de repudio y murmullos de impotencia, pero se alejan porque no han sido víctimas, así que no es su problema. El Tercero es el peor de todos. Está en la masa, esperando que desaparezca el Primero. Si es posible, se asegura de echarlo a patadas aparentando ser héroe, todo esto para defender la tarea del grupo. Así cuando el Primero y Segundo no están, el Tercero se preocupa de calmar los ánimos, hasta conversando con los amigos de la víctima. Al fin desaparece. Una persona de la masa me dice: ¡Ese también era uno de ellos! Entonces lo miro fijamente y con voz de líder le digo: Yo también podría ser uno de ellos. El Cuarto se encarga de observar el cumplimiento exitoso de la tarea, y si es necesario eliminar a los soplones que perjudicarían la huida.

El extraño


Se levanta como si pretendiera buscar algo. Un pantalón gris, una camisa, un chaleco y un chaquetón, y quizás las estúpidas promesas de dejar los vicios. No despierta jamás, sólo se dirige con detenimiento hacia la calle, como si pretendiera buscar una solución: despertar al fin. Se enrolla la bufanda al cuello, casi estrangulándose; muerde la neblina y la aprieta con sus dientes para sentirse un poco menos infeliz.


Tantas cosas por hacer y ninguna de ellas lo saca de su extrañeza. El extraño se detiene en una esquina y se sienta en el suelo. Apoya su espalda sobre una casa, y mira como todo sigue su curso normal: los perros se alejan, los señores no tropiezan en su labor, los árboles se congelan, los aviones chocan en el cielo y caen a pedazos.


El extraño prefiere rodar por el suelo, en vez de gritar u orinarse en los pantalones. Consigue llegar a una capilla de color celeste. Se levanta como si pretendiera buscar un timbre con alguna musiquilla psicodélica. Se detiene frente a la puerta y comienza a orinarla. Luego corre para espantar el frio de sus huesos. El extraño llega hasta una plaza, se sienta en un banco y comienza a escarbar en la tierra como una ardilla malcriada. Se levanta como si pretendiera caer en el hoyo que sus uñas han construido. Se vuelve frágil marioneta de la angustia. Regresa a casa, pues lo ha dado todo y no ha recibido nada. El extraño se quita la bufanda, el chaquetón, el chaleco, la camisa y el pantalón gris. Se estira sobre la cama con la extrañeza acuestas. Se siente inseguro, ya que no sabe si mañana podrá rodar por la calle y orinar la capilla.

domingo, 19 de agosto de 2007

La búsqueda


Rueda cerro abajo, con las manos sobre su cara para taparse la tristeza y la angustia. Casi a la mitad de la caída lo detienen unos delgados eucaliptos. No puede despojarse de su cuerpo, mientras no se libere de su cobardía. Quisiera volver a intentarlo, esta vez se lanzaría de la torre más alta, aquella que observa la ciudad entera. Pero se queda impávido, con las manos sobre la cara; llora de vergüenza, de miedo, mientras las hojas se pegan a su sangre. Quiere volver a intentarlo, esta vez con los ojos abiertos, mirando hacia el cielo y cayendo sobre el techo de una casa, en un segundo piso.

miércoles, 15 de agosto de 2007

El Polaco


Abre los ojos con el primer destello de luz en la fría mañana de invierno. Con el segundo se levanta y con el tercero ya se dispone en su tarea. La vida del Polaco transcurre con toda normalidad, así como la de sus vecinos y de la ciudad entera. Su silueta es compleja, angustiosa, desafiante. Toma un extraño bolso y sale a la luz por una ventana. Se lanza del segundo piso, cae en cuclillas y corre por la calle.

La mañana es fría y congelada: Un ruido seco en los tímpanos me despierta; no me deja continuar con normalidad el día. La escasa luz que entra por la ventana, es compleja, angustiosa y desafiante. Me levanto, y ya mis oídos se han congelado, no escucho más que el ruido de pasos que caminan sobre el hielo. Pienso en mi inevitable destino: La cúpula.

Al recorrer el puente sin sentir el mínimo cansancio, no duda en mirar el río y continuar en su camino. Su mano aprieta con fuerza el extraño bolso de color negro, a pesar de encontrarse en un dilema: Dos calles forman una punta de diamantes, y el tiempo se acaba. Su silueta se pierde unas cuadras más adelante por la calle de la derecha.

Encerrado en un dilema, desde dentro intento mutilarme los oídos para traspasar la cúpula. Presiento que alguien corre velozmente por los callejones de la ciudad. Es imposible. Nadie conoce la existencia de la cúpula: enorme prisión que me quita la existencia. Así que caigo al suelo sintiendo nauseas, mientras los señores siguen en la rutina habitual: confiados en sus artefactos de felicidad y defensa no sospechan los feroces pasos que se aproximan.

La inmensa cúpula se encuentra electrificada. La silueta del Polaco se ve venir a lo lejos. Sin dudar salta la reja, esta vez camina por un jardín lleno de arbustos y pedazos de escombros; no parece ser una amenaza la estrecha puerta de la cúpula. En unos segundos, saca de su bolso un chuzo, una pala, una petaca de ron y una Biblia. El ruido por un momento se detiene. Los confiados señores deambulan cómodamente pisando mi espalda. El Polaco cava un hoyo justo frente a la puerta; en él rocía un poco de ron y luego tira la Biblia. Con el chuzo rompe de un golpe la puerta. Con la pala vuelve a tapar el hoyo. Dudo en levantarme. La luz comienza a invadir el centro de la gran prisión e ilumina mi rostro.

Intento quitarme la impresión de la cara y traspasar la cúpula. Siento el frío y diviso un jardín lleno de arbustos y escombros. El Polaco Guarda sus herramientas en el extraño bolso y regresa a casa. Al salir de la cúpula me tropiezo con una reja electrificada. Mi odisea se acaba porque el miedo me supera y el frío es insoportable. Llego a casa como cualquier otro día, olvidándome de cómo pudo abrirse una puerta.

viernes, 10 de agosto de 2007

Caso Particular


No quisiera precisar las circunstancias que me llevaron a tal caso particular. Poseo un vago antecedente de ira: Una patada en plena entrepierna y una cachetada, a las afueras de una cancha. Así me lo contó mi padre hace un tiempo atrás. Ahora caigo con hematomas, rasguños, blasfemias y miradas que me reducen a la misma miseria. Tras los barrotes oxidados, mi hinchada cara expone mi humillación y el olor a mierda que remece la cárcel. No sé si sea la excepción, pero creo que los señores de olvidaron de preguntarme el nombre y dónde vivía.

domingo, 5 de agosto de 2007

Fragmento


Me mira consternado e intrigado. Me da dos opciones, la segunda más tentadora que la primera: Caminar y atravesar casi cinco comunas para llegar a mi destino. O subirme a su motocicleta de repartidor, sin la noción de cómo conducirla, y recorrer la solitaria avenida en plena madrugada. Todo esto por sentir un leve cosquilleo en la nuca, y sin explicación alguna decidí bajarme de la penúltima, si es que no la última micro que pasaba.

viernes, 27 de julio de 2007

La Muerte del Héroe... 1º Round.


La muerte del héroe se aproxima. Camina por el jardín de una casa abandonada, lleno de flores secas y pedazos de escombros. Sin dudar golpea secamente la puerta. El héroe se encuentra recostado sobre el catre, con sólo un par de frazadas. El humo de un cigarro mal apagado se extingue, tal como las ilusiones de grandeza. La escasa luz que entra por una venta y atraviesa unas cortinas rasguñadas, es absorbida por un chaquetón negro colgado en una silla. El héroe no escucha el llamado de la muerte. quizás ya no escuche nada más que un ruido constante en lo profundo de sus tímpanos. La muerte golpea nuevamente, esta vez con apuro; hay trámites que hacer, no tiene todo el día. Menos para venir a la casa de un desposeído y hacer el ridículo tocando la puerta. Se impacienta, así que grita por la ventana: ¡Despierta!, ¡Despierta miserable! Su voz es ronca, como la de un rufián o mafioso de la cuadra…


jueves, 26 de julio de 2007

Los rostros del héroe moderno


La falta de convicción en Baudelaire es lo que configura las determinadas apariencias que representan al héroe: Flaneur, Apache, Trapero, Dandy. Esto porque el “heros” moderno no es un héroe, sino que representa héroes. “La heroicidad moderna se acredita como un drama el que el papel de héroe está disponible” (Benjamín, 116). Según Benjamín, “detrás de las máscaras que usaba, el poeta que fue Baudelaire guardaba el incógnito (…) el incógnito es la ley de su poesía”. El “flaneur” es un segregado, un desterrado que configura la imagen dudosa[1] del héroe ante la modernidad; es un vagabundo que a través de su callejeo y observación permite el conocimiento de esos hombres que en el mercado le muestran indiferencia. El “apache” representa los caracteres del individuo en su indiferencia y soledad. “El apache abjura de las virtudes y de las leyes. Rescinde de una vez por todas, el contrato social. Y así se cree separado del burgués por todo un mundo” (Benjamín, 97). Se encuentra en los arrabales de la gran ciudad y desde allí recoge la basura de la sociedad y en ésta su reproche heroico. En Baudelaire el “apache” se relaciona con los rasgos del “trapero”. El trapero le concierne la escoria tanto como al poeta. Recoge “las basuras del pasado día en la gran capital. Todo lo que la gran ciudad arrojó, todo lo que perdió, todo lo que ha despreciado, todo lo que ha pisoteado, él lo registra y recoge” (Benjamín, 97). Ante esto Benjamín se pregunta acerca de la poesía de los “apaches”: “¿Los héroes de la gran ciudad son inmundicia? ¿O no es más bien héroe el poeta que edifica su obra con esa materia? La teoría de lo moderno concede ambas cosas” (Benjamín, 1980). Lo moderno viene a completar la catástrofe del héroe, a pesar de que éste no está previsto de ello. “Le amarra seguro y para siempre en el puerto; le entrega a un eterno no hacer nada. En esta última encarnación se presenta el héroe como dandy” (Benjamín, 115). El “dandysmo” es para Baudelaire el último resplandor del heroísmo en la época de las decadencias” (Benjamín, 115). La figura del “dandy” londinense se reflejaba fisonómicamente en Baudelaire. “El rostro de un hombre elegante tiene que tener siempre algo de convulsivo y desencajado. Tales muecas podemos adjudicárselas, si nos parece bien, a un satanismo natural” (Benjamín, 116).



[1] Esta imagen “dudosa” explicaría al héroe moderno, no como héroe tradicional ni como un antihéroe, más bien, es un héroe que utiliza muchas máscaras sociales.

Héroe moderno y el principio de lo creador


Según Walter Benjamín “Baudelaire ha conformado su imagen del artista según una imagen del héroe” (Benjamín, 1980). El héroe está en relación con la imagen de ese artista que trabaja y se esfuerza por crear una obra maestra. Surge así en la obra de Baudelaire la metáfora del “luchador”, que representa al artista bajo ese duelo contra el trabajo poético. La concepción de “héroe” en Baudelaire nace del despojo de su existencia burguesa y la conquista simbólica de la calle, producto del trabajo poético bajo la “imagen de la escaramuza”. La estructura del “héroe” se manifiesta en la calle, tras la consciencia de la fragilidad que implica vivir en ella. Sobre este contexto, surge en Baudelaire “la pretensión exagerada del que produce en nombre de un principio: el creador” (Benjamín, 89). El principio del “creador” representa el trabajo como fuerza sobrenatural, exenta de condiciones objetivas laborales de la cuales los burgueses son propietarios. “La vida del bohemio ha contribuido a poner en curso una superchería de lo creador” (Benjamín, 89). ). La ausencia de las condiciones objetivas de trabajo espiritual, es lo que en Baudelaire transfigura su imagen del héroe como desposeído.

domingo, 1 de julio de 2007

Bulto

¿Por qué sembraste esa tonta idea en
ellos?
Las paredes son
testigos de la germinación y ud, se lustra los zapatos como si fuera a verlo el
mismo demonio.
¿Por qué la madre
fascista le otorga el poder a un insano, cobarde e inhumano bulto
ensombrado?
te rescato porque tengo más posibilidades de romperte los huesos y enterrarte vivo;
prefiero descubrir mi propia muerte.
la casa
deshabitada, el misterio del ratón blanco y el guarén negro. Quisimos molerlo a
palos, pero no pudimos. Ahora somos tres en un cuarto,un juego ingenuo y un
fragmento mágico. La evidencia es el sudor y el miedo.

Confesión

He perdido. Algo perdí y no puedo encontrarlo.

He perdido la idea que me llevó a esto; podría tan sólo ver imágenes audiovisuales y caer. Necesito recuperarla, porque comenzaran a caer otras cosas y eso me da miedo.

Estoy enamorado de ella

Lo se, porque no necesito decirlo. Lo encarno, y mis ojos son otros; tan visionarios. No es como me lo dijeron, es mejor aún.

Implantaron en mí, el miedo al enamoramiento, como causa del sufrimiento. Por eso sufría, porque amaba como ellos me enseñaron.

El amor está en mis huesos y a cada movimiento de mi cuerpo, se atrofian, se quiebran, porque me trasnformo en alguien que amo.

No necesito gritar de placer, más bien canto jitanjáforas copulares y pienso:
nadie
nadie
nadie
nadie
puede imaginar
nadie
puede imaginar
la idea que regresa y se queda para explotar dentro de mi.